08 de septiembre de 2019
08.09.2019
Poesía

Diez años sin Muñoz Rojas

El tiempo ya marca, con la llegada de septiembre, la primera década transcurrida desde la muerte del escritor antequerano

08.09.2019 | 05:00
El fallecido poeta antequerano José Antonio Muñoz Rojas.

El poeta rimó su epílogo en la frontera centenaria

  • Apenas faltaban diez días, una decena de hojas de almanaque, cuando la vida rimó el epílogo del antequerano José Antonio Muñoz Rojas frente a la frontera que acechaba centenaria en el horizonte inmediato. La noticia amaneció el 29 de septiembre de 2009. El poeta se había marchado en silencio por la noche. La última página de su existencia revoloteó en la inmensidad tranquilla de la finca que acerca su Antequera natal a Mollina. En la Casería del Conde, aquel juglar que respiraba campo dio sus últimos pasos con el mismo sigilo con el que encadenaba en soledad sus versos. Su adiós llegó como un espejo sobre el que se proyectaba el pulso y el rumbo que le había imprimido a su propia biografía. Todo lo que rodeó a su despedida parecía derramar la discreción con la que abrazó, sin escenificar el entusiasmo, el reconocimiento tardío. El autor de Las cosas del campo se fue con la misma coherencia con la que se enfrentó a las pompas y los fastos que le fueron tejiendo desde los sofisticados mentideros literarios. Puede, incluso, que aquel desenlace le guiñara a quienes le querían desde la certeza de que a Muñoz Rojas no le gustaba especialmente el ruido que hacen ciertos homenajes. Como no podía ser de otra forma, para el 9 de octubre se había preparado un tributo en vida como aquel que disfrutó Francisco Ayala. Además, había sido elegido autor del año en Andalucía junto a su admirado Antonio Machado. Todo estaba previsto y el poeta se fue. Echó a volar hacia la eternidad.

En la biografía de José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009) la literatura es una constante vital, un aire que sopla tenaz por mucho que a los ambientes oficiales o a la oferta editorial se asomara durante una época con intermitencia. El universo de su poesía limita al norte con la alta escritura de T. S. Eliot y al sur con las tierras de arados y sementeras que labró con maestría en la prosa que nutre 'Las cosas del campo'

Con la llegada de septiembre, el tiempo ya evoca la primera década transcurrida desde la muerte del escritor antequerano José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009). En su biografía, la literatura fue una constante vital, un aire que sopló tenaz por mucho que a los ambientes oficiales o la oferta editorial se asomara durante una época con intermitencia. El universo de su poesía limita al norte con la alta escritura de T. S. Eliot -con quien conversó en Londres cuando España ya intuía su guerra- y, al sur, con las tierras de arados y sementeras que labró con maestría en la prosa poética que nutre Las cosas del campo.

Precisamente, este tratado sobre el mundo agrícola que sintió tan cercano señala una de sus cumbres con un componente casual flotando en su gestación. Al filo del ecuador de los años 40, empezó a nacer en el cuaderno que le regaló su hermano para que dibujara -en lugar de escribirla, como realmente hizo- la belleza rural que acariciaba a su finca, la Casería del Conde. Aquella propuesta no tardó en encontrar respuesta en voces tan autorizadas como la de Dámaso Alonso, quien a vuelta de correo le escribió: «Has escrito, sencillamente, el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre».

Su escritura ya brillaba imparable tras haber tomado la salida en 1929, cuando con 20 años vio publicado Versos del retorno en la mítica Imprenta Sur, de la mano de los poetas malagueños del 27. En la misma década de los 50 en la que apareció Las cosas del campo, también se publicaron sus reconocidos poemarios Las musarañas y Cantos a Rosa. Luego, casi medio siglo después, llegaron los reconocimientos. En 1998, le fue concedido el Premio Nacional de Poesía por Objetos perdidos y, en 2002, se le otorgó el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana a toda su obra.

Dentro de aquel poeta en mayúsculas también vivía un vocacional orfebre de la literatura que cinceló otros géneros. Su desconocida versatilidad se corrobora ante títulos tan representativos como la novela de corte histórico El comendador, el libro Ensayos anglo-andaluces o las interesantes obras de teatro inéditas que le atribuía su amigo Alfonso Canales (1923-2010), quien siempre vio en José Antonio Muñoz Rojas al maestro del que aprendió a leer poesía y a beber ginebra. Ambos se habían conocido en los primeros años de la posguerra, cuando el antequerano residía en la capital malagueña, en una finca situada en las inmediaciones del Paseo de Reding que había sido bautizada como Las Zagalillas. «A lo mejor mi viejo amigo, Alfonso Canales, lleva razón cuando me dice que yo nunca debí marcharme de Málaga. Aquí, desde el 40 hasta el 52, pasé los mejores años de mi vida. Pero, si me quedo, me hubiera convertido en un mal Alfonso Canales, en un pésimo Alfonso Canales. Y él lo sabe, a él le basta su biblioteca», solía recordar Muñoz Rojas al remontarse a aquella época. En cambio, Alfonso Canales lamentaba que «José Antonio, por ser responsable, se fue a Madrid, y lo perdimos un poco para la literatura». «No se tenía que haber ido. Se decía que allí había más ambiente, pero allí se dedicó a la dura banca en el Banco Urquijo. Él solo era conocido como director del Banco Urquijo. Lo demás, los premios y homenajes, han venido después cuando era un anciano que, por lógica, debía estar muerto», rememoraba Canales con su fino sentido de la ironía.

Además, existió un Muñoz Rojas traductor del que se encuentra un punto de partida definitivo en la formación que adquirió en Cambridge durante su juventud. Poco después de su muerte, de esta faceta dio buena cuenta el libro Pararnos y mirar. Traducciones de poesía inglesa por José Antonio Muñoz Rojas, una obra en la que se palpan los conocimientos filológicos del poeta Álvaro García, a quien tanto apreciaba el antequerano. Sus páginas sitúan a Muñoz Rojas frente a la literatura de T. S. Eliot, Dylan Thomas o William Wordsworth, en experiencias que proyectan la amplitud de aquella mirada curtida de campo que atravesó todo un siglo.

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