14 de diciembre de 2013
14.12.2013
Historias de la Costa

Marbella y el adiós del último rey de Yugoslavia

Pedro II, malhadado y entristecido monarca, optó por una finca de Marbella para despedir el que a la postre sería su penúltimo verano

14.12.2013 | 01:23
El pasado mes de mayo los restos de Pedro II fueron trasladados al mausoleo de la familia real de Oplenac, Serbia. La llegada de los restos del monarca despertó una gran expectación en el país, aunque dividió a muchas de las colonias exiliadas. Especialmente, en el entorno de Chicago, donde el propio rey había dispuesto ser enterrado en atención a los descendientes de sus compatriotas que vivían en Estados Unidos. Pedro II murió en Los Ángeles, a los 47 años, apenas un año después de su visita a la provincia. En la imagen, un momento de los oficios con el que recibió de nuevo sepultura.

Se paseó con los hombros descosidos, quién sabe si fantasmal y abismado, probablemente con la mente puesta en las condenas que a veces ruedan por la tierra. Fue una de las últimas veces en las que se enfrentó a un sol rabioso, quizá mirándolo como se mira a un amor imposible, situado entre la pesadumbre de la historia y una corona, la suya, amortajada una y otra vez por comunistas, fascistas y detractores. Un cronista alemán dijo de él que no sería en la vida más que rey y que ése, y no otro, sería su castigo. Sin duda, mucho más ligero que el que arrastraba su pueblo, Yugoslavia, aunque castigo, al fin y al cabo. El monarca más triste y lancinado del mundo, un año antes de morir, paseándose por Marbella.

Pedro II desaparecería llevándose consigo un álbum de hojas cariadas en el que también quedaría sepultado todo un sistema de gobierno. Yugoslavia ya no sería nunca más monárquica. Y no porque su último rey lo hiciera tan rematadamente mal que se acercara a la horma de la guillotina, sino por el vendaval de acontecimientos que habían sacudido a Europa. El atribulado soberano que anduvo por la Costa del Sol fue una especie de gloria bisagra, con toda la crueldad y la mala leche que conlleva estar entre unos y otros; atendió al tiempo de las conspiraciones, de los regicidios como el que le costó la vida a su padre, en Marsella, en 1934, pero también a la guerra y el ascenso de nazis y soviéticos, que no le despertaban ni la más mínima simpatía –el mariscal Tito le confiscó todos sus bienes y prohibió su entrada en el país–.

Educado a la inglesa, con cierto empacho de melancolía, el rey Pedro no fue en Marbella una más de esos príncipes destronados que le pasaban el azúcar a los Ruidejo y fumaban en el yate de Khassoggi admirando la cachaza ingrávida de las estrellas de cine. En 1969, su momento vital era otro, más propicio a la sombra de los castaños y al carraspeo intermitente de la cirrosis que acabaría por merendarle el pulso. Tenía 46 años y, aunque cortés, parecía menos propenso a las reuniones que habían marcado en décadas anteriores las estancias de su familia; de aquella foto de Alejandro de Yugoslavia y María Pía de Saboya dándose el festín en El Pinar de Torremolinos, en 1956, rodeados de autoridades, a los ensimismamientos de un rey cada vez más difuso.

En Málaga, Pedro II arrastraba un exilio de más de dos décadas; había visto seis años antes a su mujer intentar sepultarse en un tambor de somníferos. Quizá demasiada adversidad para alguien nacido por el peso de la alcurnia para saludar desde el balcón y dejarse agasajar por la efusividad de los tiros al aire y de los grandes vítores. El último rey de Yugoslavia, al que muchos saludaban en los años treinta como uno de los jóvenes más ricos de Europa, tuvo que bajarse una y otra vez del trono y del burro, hasta el punto de ponerse a trabajar. Por supuesto, no de peletero, pero sí en el tono que emplean los expresidentes y exministros de España cuando quieren darse un capricho: Pedro II hizo de consejero delegado y asesor de empresas, quiso comprarse una casa en Francia en la época en la que su mujer agonizaba en Venecia, quién sabe, si a lo Thomas Mann, bajo un cielo de dios atolondrado. Y, sobre todo, murió con un patrimonio infinitamente más encogido que el que le recibió cuando llegó al mundo.

Tito consiguió dejar al rey desnudo. Aunque no tanto como para que en su garbeo por la Costa del Sol tuviera que recurrir a otros nobles o al orfeón nacional de señoras caritativas. De hecho, nada más bajarse del avión se montó en un coche y se marchó a La Mariana para pasar una etapa de reposo. El destino no le era desconocido. Especialmente, porque no podía serlo; en la década de los sesenta no había un aristócrata venido a menos de Europa que no supiera dónde estaban Marbella y Torremolinos. Y menos aún la casa real de Yugoslavia, que se había pasado por la provincia unas décadas antes y contaba en Madrid con uno de sus máximos compinches, el exministro Lyoubicha Vichatzki, que había abandonado el país en el mismo año, 1945, que el monarca emprendió su largo exilio.

La ruina de Pedro II, que era ahijado de Jorge VII, había sido una inversión precipitada en el mundo del plástico y de las navieras. Aunque posiblemente pesara mucho más el desplome espiritual que el físico. Sin tierra, sin reino y con una estela de balas y de jaculatorias políticas casi tan larga como el siglo. El último rey de Yugoslavia regresó a la nada. Pero antes quiso pasarse por Marbella. Pesaban contra su cuerpo los humores de la guerra. Las piedras pesadas de la vida.

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