21 de junio de 2015
21.06.2015
Naufragios

Caída en las miserias del imperio

Las aguas de Cádiz fueron escenario de la misteriosa y simbólica desaparición del Reina Regenta

20.06.2015 | 19:44
Grabado de la revista de Navegación y Comercio.

Parecía una coma articulada, poco más que un mosquito. Una cabeza de alfiler luchando mecánicamente contra los límites de carey de los prismáticos. Era, sin duda, un hombre. Los ojos que ajustaban el cristal desde la orilla sabían interpretar las variaciones en la lejanía. Y en la primera contemplación, junto al corpachón del barco, vieron lo que, sin duda, culebreaba en alta mar bajo el hechizo de la forma mínima: un buzo, salido de la tripulación, intentado alcanzar la popa, desfigurado por la distancia, los saltos de las olas y la lluvia.

Esa imagen, captada desde el mirador de Tánger, es el último testimonio que se conserva del Reina Regenta, el barco sobre el que soplaban todas las esperanzas coloniales de la Restauración y que, después de su hundimiento, en 1893, adquiriría un estatuto de leyenda fecunda, adecentado con esa de clase de ropajes con los la imaginación suele solucionar la falta de evidencias científicas. Durante el pasado siglo, el Reina Regenta regresó una y mil veces por las costas gaditanas, convertido en copla, en fantasma, en esqueleto, en historia inmemorial junto a la lumbre.

Javier Noriega, de la empresa Nerea Arqueológica, que ha investigado el naufragio, habla, incluso, de la creencia popular sostenida hasta hace muy poco que aseguraba que en el crucero viajaba la verdadera corona de Alfonso XIII, supuestamente enviada a Marruecos en signo de honestidad diplomática. Desvaríos, rumores, fantasías que malviven en un olvido del que sólo se salvan dos o tres hechos innegociables: la visión del buzo, la tormenta, la propia caída.

Si el desastre del Reina Regenta, aunque menoscabado, tiene tanta importancia fue por sus consecuencias políticas y su número de víctimas, que lo convierten, junto al del Baleares y el Castillo de Olite, en el más desgraciado de la historia contemporánea de la navegación española. Con el crucero, se derrumbaron sobre el mar 420 personas, el pasaje al completo, además de uno de los últimos intentos desesperados de España por mantener su dominio, que en esos tiempos languidecía con esa mezcla de negación, corrupción y deterioro que acompaña a las largas sagas de aristócratas en la pérdida de sus fortunas.

El barco, un prodigio de ingeniería de la época, había sido botado en 1888, apenas una década antes de que se consumara el desastre y el país entero entrara en depresión con la emancipación de Cuba. Con su construcción, España pretendía apuntalar la moral, que empezaba a resquebrajarse y liberar en todas direcciones el fantasma de la pillería. Incluso, en la ciencia, en la que abundaban las redes clientelares y con frecuencia eran infravalorados los científicos, atrapados en una red de intermediarios que hacía, por ejemplo, que inventores como Isaac Peral, que revolucionó la artillería del submarino, pasaran casi desapercibidos. A España le crecían las malas hierbas, los incendios, los homúnculos. Y el último había sido el asesinato en Marruecos del general y gobernador de Melilla, Juan García y Margallo –bisabuelo del actual ministro de Asuntos Exteriores–, que había irritado a los bereberes con la construcción de una fortificación cerca de un osario considerado sagrado por las tribus.

Precisamente, el Reina Regenta había zarpado en Cádiz con el propósito de devolver a África a la misión diplomática marroquí que trataba, sin éxito, de pacificar el conflicto. La expedición, como señala el coronel y erudito Miguel Aragón Fontenla, tropezó con una tormenta monstruosa y a duras penas conseguiría llegar a Tánger. La prudencia recomendaba esperar para el desembarco, pero el capitán, que, al parecer, tenía prisa para poder asistir en España a la botadura del Carlos V, decidió resolverlo todo en pocas horas. Incluso, dispuso levar anclas y precipitar el regreso, con el puerto clausurado y olas de hasta 12 metros convulsionando la orilla. El embajador y las autoridades eclesiásticas lo vieron, no sin preocupación, partir desde la playa. La imagen se grabó en los prismáticos. El buzo a tientas, misteriosamente esforzado en una tarea que quizá tuvo mucho que ver con el intento de taponar alguna herida. Los informes posteriores no supieron aclarar lo sucedido. Hay quien propagó rumores sobre fallos en la construcción y el peso de las torretas de los cañones. De nuevo, hipótesis y enigma. El Reina Regenta se hundió, el fantasma sigue su curso.

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