La semana pasada esta sección se detenía en una historia que hace dos décadas era bastante desconocida: el paradero de 133 monedas de oro romanas, la mayoría de ellas localizadas durante las obras de la torre de la Catedral, y que el Cabildo regaló al rey de la época, Felipe V.

Desvelado que no se encuentran en dependencias de la Casa Real sino en el Museo Arqueológico Nacional y que no falta ninguna, hoy nos detendremos en otro rincón de Málaga que, al menos en esta sección ha estado presente hace unos días: el barrio de viviendas de la Alcazaba, que data del siglo XI y está cerrado al público.

Contábamos que en una de esas casas, reconstruidas o reinterpretadas por un conocido arquitecto, se encontraban los bustos del alcalde de Málaga Pedro Aparicio y de Pepito, el conserje de la Económica. Se trató de sendos obsequios al patrimonio municipal de un antiguo trabajador de la Alcazaba.

Pero en estas casas hay más sorpresas porque entre las antigüedades que allí se almacenan, se encuentra nada menos que los restos de una tumba fenicia.

La explicación no hay que encontrarla en que la Alcazaba albergara en tiempos remotos una necrópolis fenicia.

En realidad hay que remontarse a 1967, cuando en plena ola de excavaciones de yacimientos fenicios comienza a trabajarse en el enclave de Jardín, en Velez-Málaga, tareas que continuarán casi de forma ininterrumpida hasta 1976. La tumba en cuestión proviene de este yacimiento. En concreto se trata de la tumba número 21 de la necrópolis. Por desgracia, cuenta que los abancalamientos de los años 70 y 80 arrasaron la necrópolis, de la que sólo se conservan cuatro tumbas 'in situ', de las cerca de cien que debió de tener, aparte de la de la Alcazaba.

Fanny de Carranza, arqueóloga de la Alcazaba y jefa de sección del Patrimonio Histórico-Artístico del Ayuntamiento, explicaba hace unos días que, en un momento determinado, alguien decidió trasladar estos restos fenicios al recinto monumental, al barrio del viviendas.

Se haría, suponemos, con los medios del momento y unos requisitos de seguridad que nada tienen que ver con los de hoy, cuando el traslado habría sido imposible.

Es justo la dificultad de mover de sitio las piezas lo que impide que, en nuestros días, esta tumba no pueda ir al vecino Museo de Málaga para ser expuesta, explica la arqueóloga.

Para el traslado habría que movilizar una grúa de un tamaño catedralicio, siempre que la operación no dañara las vetustas piedras y el pavimento del palacio fortaleza y en particular del preservado y frágil barrio de viviendas, que cuenta nada menos que con el suelo extraído de sillares del Teatro Romano.

Mientras los ‘drones del transporte pesado’ no sean de fiar, suponemos que los fenicios seguirán descansando en la Alcazaba.