01 de julio de 2010
01.07.2010
La tentación del cíclope

Vuvuzelas y celadas

01.07.2010 | 03:04

Últimamente tengo la impresión de que todos confabulan contra mí. Cada vez que salgo a la calle, me reciben miradas ladinas que identifico claramente como la avanzadilla de una emboscada urdida vía ´sms´ con el único propósito de despedazarme. No sé si existe orden de la Junta o Bruselas, pero alguien, no me lo podrán negar, ha repartido un manual de destrucción de Lucas Martín que exige en sus primeros pliegos la colaboración ciudadana. Los mosquitos me han elegido como víctima meliflua y predilecta, me han subido el alquiler y las páginas de los diarios no dejan de exhibir a una paraguaya de inmensos jabulanis que me recuerda siniestramente mi preferencia natural por las mujeres alunadas y, a ser posible, ojerosas. Lo único que falta, convendrán conmigo, es que Sabina saque un nuevo disco al mercado en compañía de sus amigos de Granada. Incluso usted, amable lector, puede que a estas alturas ya haya decidido convertir a Domi del Postigo en víctima colateral de mi desaire y utilizar esta página del diario como testigo privilegiado de la fortaleza intestinal de la mascota de la casa. Tengo coartada. No es simple vanidad, sino cuestión de intolerancia (acústica, supongo). Desde que empezó el Mundial, no hay partido de España (salvo uno) que no apueste colectivamente por la trepanación de mis tímpanos como complemento jubiloso a la machada. No quiero parecer ajeno a la catarsis, pero gritar en octavos de final es demasiado. ¿Qué van a hacer si se gana la copa? ¿Arrojarse de un sexto piso con la bufanda anudada a una copa de vino joven de Málaga? Imagino que en esta ciudad a veces se muere en circunstancias extrañas. Te puedes secar mientras esperas un autobús para viajar a la zona alta de Teatinos o que los políticos den marcha atrás a programas de reforma tan insensatos como el que se prevé en El Balneario. Daría la vida por comprarme una vuvuzela y soplar frente a la luna mis dichas y desdichas de contribuyente sin ángel. O mejor. Aullar a lo tántrico. Como ZP y su pena, los dos, él y yo,quién lo diría, igualmente acorralados.

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