14 de junio de 2013
14.06.2013
Sol y sombra

El ´troppo vero´ de Francisco

14.06.2013 | 05:00

Cuando Velázquez concluyó en Roma el retrato de Inocencio X, el Papa exclamó al verlo: «Troppo vero». Algunos lo consideraron un reproche más que un elogio al suponer que al prelado, consciente del gesto torvo que lo adornaba, hubiera preferido algo más de embellecimiento y menos exactitud por parte del genial pintor sevillano.

El retrato era tan fiel que un día un cardenal, al rondar la habitación donde se hallaba el cuadro, acompañado de unos visitantes, echó una mirada al interior a través de la puerta entornada y pidió a quienes iban con él que bajasen el tono de la voz: «Su Santidad parece estar descansando».

El papa Francisco, con la sinceridad y la humildad que le están caracterizando, ha venido a reconocer ahora el troppo vero de la curia: la existencia de un lobby gay sospechoso de numerosos casos de corrupción. No es que le guste, pero no le cuesta admitirlo sabiendo que es verdad. La Santa Sede hasta ahora lo había negado, de la misma forma que respaldó posturas lo suficientemente homofóbicas que podrían convencer de que un grupo de presión de estas características serían lo mismo que pensamiento y navarro a cualquiera, por ejemplo, que no sepa que existe, por un lado, un clero ligado a los votos de pobreza y, por otro, pero compartiendo carril, una banca vaticana asociada al escándalo desde la década de los ochenta con Paul Marcinkus, presidente entonces del famoso Istituto per le Opere di Religioni. Seguro que a más de uno le suenan los nombres de Roberto Calvi y el Banco Ambrosiano, Michele Sindona y la logia masónica P2. Los que no lo recuerden por la historia lo pillarán por El Padrino III y la recreación que el cine hizo del crimen inspirándose en aquel turbio asunto.

Está bien que el Papa Francisco asuma para empezar el troppo vero de la piel corrupta vaticana. Aunque sea forzado por las circunstancias y a regañadientes, como Inocencio X ante el fiel retrato de Velázquez. Para emprender una reforma y acabar con los males que aquejan a la curia, lo primero es admitirlos. Y, luego, como dice el propio Papa, ya se verá lo que se puede hacer.

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