20 de octubre de 2017
20.10.2017
Tribuna

La sakura y la biznaga

Un japonés admirará la biznaga con un grado de percepción y profundidad estética único y con una intensidad emocional pura

20.10.2017 | 05:00
La sakura y la biznaga

La suave erupción de cálidas temperaturas con las que se anuncia el advenimiento de la primavera marca la crónica televisiva de la línea de florecimiento de los cerezos. En los prolegómenos primaverales, con sólo sintonizar la NHK veríamos cómo informa, diariamente, de la situación geográfica, en su evolución, de Sur a Norte, de la línea superpuesta en el mapa nipón del fenómeno meteorológico-floral de mayor relevancia para los japoneses. La explosión cromática de los cerezos en flor, no importa dónde se encuentren, engloba uno de los símbolos más puros y más icónicos de cuantos representan al país y se asocian a su idiosincrasia. No es para menos, a poco que nos dejemos seducir por la belleza que irradia tan preciosa explosión floral. No ya porque sea la flor nacional del país, sino porque todo lo impregna en la vida diaria japonesa, incluso cuando está estacionalmente ausente. La sakura es la flor. Es el hanami, literalmente mirar u observar la transitoria y perecedera belleza de la flor. La sakura es haiku, puro y breve. Es música popular –quién no ha cantado ´la canción´ en un karaoke–, arte pictórico, motivo decorativo ubicuo, gastronomía y literatura, por citar sólo algunas expresiones. Es contraste mágico entre naturaleza y modernidad, una de cuyas manifestaciones más emblemáticas quizá se encuentre en todos y cada uno de los cerezos en flor que salpican rincones recónditos engullidos en la vorágine tokiota, lugares predilectos de su observación, para muchos, mejores que contemplarlos tan excesivos por abundantes y numerosos en los inmensos parques o en las riveras de Nara o Kyoto.

Málaga tiene también su ´flor´. La biznaga es, en puridad, una composición floral artificial, que necesita de una meticulosa y laboriosa manualidad, que goza de un merecido reconocimiento simbólico que tiene su base en un hecho indiscutible, añadido al ya de por sí admirable trabajo de composición que hay en su creación: es bella, muy bella. Belleza que es, en fin, lo mismo que admiran los japoneses de sus flores. Un pueblo que se deja seducir por tan exquisita muestra de sutileza, hasta el punto de impregnar y condicionar la vida cotidiana está particularmente sensibilizado para apreciar con sus sabios matices, la estética de nuestra flor. Con el tiempo, he comprendido que estaba ante uno de los simbolismos de mutuo contraste que como antequerano-malagueño siempre me fascinó. Llevar la biznaga en lo más hondo de mi retina y en cada vez más lejanos recuerdos de niñez y juventud –uno es de donde hace el bachillerato– me permitió sumergirme con tremendo placer sensorial y gozo en el contexto sensitivo imprescindible para observar y comprender la sakura. Y, a su través, conocer Japón y a los japoneses. Se trata de saber mirar de tú a tú a las flores. Cualquier otra nacionalidad del mundo fijará la mirada sin duda de manera curiosa, condescendiente y admirable en la biznaga. Pero un japonés la admirará, por definición, con un grado de percepción y profundidad estética único y con una intensidad emocional pura y sobresaliente. Y hay aún un elemento común que me parece el más determinante de todos. Me refiero a la fugacidad de su máximo esplendor. Metafóricamente, representa todo aquello que es efímero, que adolece de carácter eterno. Su florecimiento tiene una duración de unos 10 días. Su ciclo de máxima exposición floral condiciona la vida de los japoneses mientras tiene lugar y allá donde sucede, en cada rincón del país donde florezca un cerezo. Durante ese tiempo lo es todo. Es cierto que presenta más durabilidad que la del jazmín ensamblado en los a un tiempo frágiles y robustos pinchos del deshojado tallo del nerdo. La flor de jazmín en la biznaga goza de un esplendor floral efímero, metáfora que contraría y desmiente la eternidad de las cosas pues es esplendor que nace condenado a mustiarse, sin sabia que riegue la flor. Su finalidad es ser bella, durante un tiempo que se me antoja injustamente huidizo. Demasiado interino. Es el tiempo que va desde la apertura del jazmín que se inserta plegado hasta su consumación y arrugue. Sabedor de su fugacidad, a la mañana siguiente, una vez dejada la biznaga en la mesita de noche o extraídos los jazmines para depositarlos en un cuenco a modo de ambientador y ahuyentador de mosquitos –al menos eso se dice– la flor decae, mustia. Una fugacidad que es elemento del carácter japonés que observa la naturaleza durante el momento en que alcanza el cénit de esplendor y belleza, para pasar a otra cosa en su ocaso. El hanami es esa contemplación momentánea y fugaz de la estética de la sakura. El momiji del otoño, es el otro fenómeno de visualización de la naturaleza, sólo que en la estación otoñal, contrapuesta a la primavera. «El rubor de las flores en el árbol que se bifurca revela la verdad de que florecer es marchitarse?» decía el poema épico Heike Monogatari, del siglo XIII). La vida sigue. Carpe diem. Hasta la primavera próxima. Mañana será otro día y vendrá otra biznaga. Fugacidad temporal de una intensidad sublime que acerca a ambos pueblos, con muchos intereses comunes. Con una coincidencia muy sutil en el reconocimiento a la belleza fugaz de una flor, tan distintas y tan simbólicas. Ambas concentradoras de una innegable sensibilidad estética que debe airearse. Un elemento cohesionador entre Málaga y Japón que a buen seguro flotará en el ambiente de Málaga durante el XIX Foro España-Japón. La sakura abraza a la biznaga. Y ésta se deja abrazar, encantada.

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