28 de diciembre de 2017
28.12.2017
Perdidos y encontrados

Día grande: Verdiales

28.12.2017 | 05:00
Una imagen de la Fiesta de Verdiales del pasado 2016.

Cuando suena el comienzo de un verdial, un ruido antiguo inicia el rito y la fiesta. Los diferentes sonidos nos acercan a un mundo más puro y menos sofisticado que nuestra sociedad sonora actual. Un frenesí desbocado que nos hunde en raíces arábigo andalusíes con el tintineo dorado y viejo de los crótalos o platillos, con el grave aviso de los panderos esenciales, con el rasgueo andaluz de las guitarras y con el grito roto del violín, ese elemento extraño e imprescindible para el verdial. El calor que produce su áspera música se funde con el color de las cintas y los bordados, con el del revoloteo de camisas y corpiños, con el de gargantas y de ojos, con los adornos multicolores de algún sombrero espectacular...

Los verdiales son la tradición festera del interior malagueño. Hoy, día de los inocentes, se celebra su fiesta mayor desde hace algo más de medio siglo. La Fiesta de Verdiales está firmemente arraigada en toda Málaga, pero sobre todo en la comarca de los Montes. En 2014 el ayuntamiento de Málaga aprobó solicitar a la UNESCO que los verdiales sean declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Dependiendo de cada comarca, de cada partido de verdiales donde cualquiera de los tres estilos (Montes, Almogía y Comares) se manifiesten, podemos observar los cambios de ritmo y coreografía que hay entre ellos. El uso del abanderado y su movilidad, la variación en el colorido de los trajes, la cantidad de personas y voces, el baile o la suma de bandurrias o laúdes marcan las diferencias.

La fiesta de los Verdiales encierra fundamentalmente todo el sentido de la celebración, como ocurre siempre en el Sur. La preservación de la alegría se esconde detrás de unos sones tan viejos como ésta. Ésa es la gran catarsis. Antropólogos y festeros, aficionados y visitantes alucinados, despistados e incondicionales, todos concienciados con las tradiciones, a los que se suman juerguistas profesionales. Familiares y simpatizantes de las "pandas" que participan, jóvenes y mayores reunidos alrededor de unos sones por los que trabajan o les han venido heredados y con los que se reconocen, al menos una vez al año, en el encuentro de una manifestación repetida que les identifica.

Al final, como en todo Concurso, queda el orgullo de los premiados y los que se conforman con la esperanza de conseguirlo el año que viene. El invierno, con la fresca llegada de la tarde, invita al penúltimo trago de vino. Atrás queda algún amigo nuevo, el reencuentro con alguno viejo y la misión cumplida de celebrarlo un año más, el verdadero origen de las antiguas notas del verdial. Y el de muchas de las páginas de la Cultura y el folclore de Andalucía: armas de paz para defender la Alegría...

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