19 de febrero de 2018
19.02.2018
Impresiones

Viejos 2

19.02.2018 | 05:00

La semana pasada escribía que idolatramos la juventud y no nos gustan los viejos y menos aún los muertos y por eso los escondemos, algo que ya percibió Bécquer cuando exclamó ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!. Y tratamos de no pensar que en realidad solo nos preceden.

España es uno de los países con mayor esperanza de vida del mundo, una media de 82,8 años (las mujeres 85,5 y los hombres 80,1) y tenemos muchos pediatras cuando lo que de verdad necesitamos son geriatras porque los progresos en biología auguran rejuvenecimientos celulares que nos acercarán al viejo sueño de la inmortalidad redundante en la historia de la humanidad, la que perseguían Gilgamesh en su Epopeya o el Fausto de Goethe con sus pactos diabólicos, la que se refleja en el retrato de Dorian Grey y la que llevó a Ponce de León hasta las costas de Florida en busca de la fuente de la eterna juventud. Lo de querer ser jóvenes no es algo de ahora sino de siempre porque rechazamos por incomprensible la idea de morir, lo actual es esconder la vejez, avergonzarse de ella y ocultar la muerte.

Y sin embargo la muerte, como decía Steve Jobs, el genio fallecido de Apple, es la principal fuente de innovación al expulsar del escenario a los actores viejos y a sus ideas caducas, para dejar paso a los jóvenes que lo quieren cambiar todo... con frecuencia despreciando al mismo tiempo la experiencia que han acumulado los mayores a lo largo de sus vidas. De esta forma, se les ignora en vida en la misma medida que se les alaba sin tasa una vez muertos, cuando ya no son vistos como rivales y a nadie pueden hacer sombra. En España no hay como morirse para concitar elogios desmedidos de los hasta ayer rivales. Si se dice que "a enemigo que huye, puente de plata" supongo que se lo ponemos de oro al que deja para siempre de ser una amenaza real o percibida. Porque si la vida es lo que ocurre mientras hacemos otros planes, como decía John Lennon, y en consecuencia admite rectificaciones, la muerte es definitiva. "El muerto al hoyo y el vivo al bollo", dice el refrán popular queriendo significar que con ese muerto yo ya no tengo que compartir ni que competir. Todo para mí. Y es que, en contra de lo que decía aquel epitafio de la tumba que proponía Groucho Marx, perdone que no me levante, lo que queremos es precisamente que los muertos no se levanten y que nos dejen el campo libre a nosotros.

Juan Pablo II con su larga y pública agonía quiso reivindicar ante el mundo la dignidad de la vejez y de la decadencia física y debió conseguirlo porque nunca he visto a más jóvenes juntos que durante sus funerales, algo que hizo exclamar a un periodista norteamericano que «el Papa ha muerto, pero Dios parece haber resucitado». Porque a fin de cuentas ser viejo no tiene otro mérito que el paso inexorable del tiempo y todos lo seremos si tenemos suerte. En mi caso tengo claro que morirme es la última cosa que pienso hacer y desearía tener la presencia de ánimo de mi abuelo materno, que después de recibir la extremaunción pidió que sirvieran una copa de jerez a los presentes. Y es que, como aseguraba mi amigo Máximo Cajal, la vida es una historia que termina mal porque siempre lo hace con la muerte del protagonista. Por eso Woody Allen decía que "no es que tenga miedo a morir, solo que no quiero estar allí cuando suceda". Lo que nos diferencia como humanos es la certidumbre del fin, la conciencia de la muerte y la dificultad de aceptar con naturalidad este hecho puramente biológico. Esa conciencia está en el origen de las religiones que tratan de apaciguar nuestros miedos pues, como decía Schiller, "quien no teme a la muerte, ¿qué puede temer?".

A lo largo de la historia hemos hecho de todo con nuestros mayores, como cuenta Jared Diamond en su excelente ensayo The world until yesterday (Viking, 2012). En Fiji los hijos llegaban a premasticar la comida de los padres desdentados, mientras que otras sociedades tradicionales acababan con ellos abandonándoles, invitándoles a suicidarse o matándoles con o sin su propio consentimiento. No por capricho sino porque los viejos habían perdido utilidad práctica y porque llevarlos consigo o alimentarlos pondría en peligro propia la supervivencia del grupo, sin excluir tampoco la existencia de razones culturales en sociedades individualistas. Afortunadamente nosotros no matamos a nuestros ancianos aunque con una pirámide de población invertida y con más viejos dependiendo de menos jóvenes, con sistemas de seguridad social de incierto futuro, cada vez se habla más de eutanasia y de suicidios asistidos y no estoy seguro que sea solo por altruismo. Me trae a la memoria la película La fuga de Logan de Michael Anderson, que ganó un Oscar en 1976 y en la que se volatilizaba en El carrusel a todo aquel que cumplía 30 años.

La Revolución Industrial alumbró la democracia representativa, que no sé si sobrevivirá a las actuales revoluciones tecnológica, digital y de la información que están cambiando de forma acelerada nuestro modo de vivir. Tampoco sé qué haremos con nuestros ancianos, solo pido que ni les abandonemos ni les hagamos sufrir atados a máquinas cada vez más sofisticadas a pesar de su inutilidad final, olvidando que lo más triste de la muerte es la forma de morir como ya nos advirtió hace dos mil años Marcial en sus Epigramas.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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