09 de marzo de 2018
09.03.2018
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El efecto Streisand y las cortinas de humo

La nueva censura y el imperio de lo políticamente correcto producen el efecto contrario al que persiguen

09.03.2018 | 05:00

Si no saben lo que es el efecto Streisand no se preocupen. No es grave. Todas las personas de mi entorno y yo mismo tuvimos que mirarlo en Google después de tropezarnos con el neologismo en todas las esquinas. Ya es viejo, pero ha recobrado actualidad en los últimos meses. Se produce cuando alguien intenta silenciar una determinada información y consigue el efecto contrario: le da más difusión. Fue bautizado con el nombre de la actriz y cantante después de que Barbra Streisand tratara en 2003 de retirar de internet una foto aérea de su mansión de California. Su reacción provocó una desmedida curiosidad y lo que logró es que nadie se quedara con las ganas de ver su casa.

Es decir, un efecto viral. El fenómeno ha vuelto a resurgir con fuerza, incluso en nuestro país. ¿Quién conocía a los raperos españoles Pablo Hasel o Valtonyc hasta que la Audiencia los condenó a penas de cárcel? Yo ignoraba su existencia, y ahora me tengo que contener para no tararear sus canciones. Gracias a las aireadas sentencias judiciales hemos sabido que las pretendidas ofensas al Rey eran pecatta minuta comparadas con las incitaciones al asesinato. Gracias a la justicia, hemos sabido también que hay una joven tuitera con un sentido del humor brutal. Se llama Cassandra y está especializada en chistes sobre el asesinato del presidente del Gobierno Carrero Blanco en 1973. Para que se hagan una idea, su acercamiento a aquel momento concreto de la historia de España incluye gracietas como ésta: «ETA impulsó una política contra los coches oficiales combinada con un programa espacial». Para partirse ¿verdad? Se aduce que la libertad de expresión está en peligro, temor que comparto a pies juntillas. Pero no creo que lo esté por el celo de algunos jueces con respecto a unos cuantos chistes malos que, gracias al efecto Streisand, ya conoce todo hijo de vecino.

Esa algarabía con las travesuras de raperos y graciosillos de Twitter lo que está consiguiendo es tapar el verdadero problema para la libertad de expresión en España: unos medios monocordes, uniformados, sin recursos y, por tanto, dependientes. La escandalera que se monta en los platós con esos pobrecitos héroes de la libertad, víctimas de la represión del llamado régimen del 78, acaba siendo una cortina de humo. No hace más que desviar la atención de los verdaderos problemas para la libertad de expresión, como por ejemplo que todas las televisiones de este país estén en manos de solo dos grupos empresariales. Todo no van a ser lamentos. El efecto Streisand también tiene su parte positiva. Gracias a la persecución de obras maestras de la literatura, como Lolita, o de directores de cine, como Woody Allen, se despierta un interés inusitado por la cultura.

Esperemos que se llenen las librerías en busca de la novela de Nabokov, o los cines para ver las películas del director de Manhattan. Que los consumidores se lancen con la misma ansia con que se lanzaron en busca del internet negro en cuanto alguien dijo que allí se esconde el mismísimo infierno. No hay nada nuevo. El efecto Streisand ya existía antes de internet, mucho antes de que Barbra empezara a cantar y se convirtiera en un icono gay. Pero no sabíamos cómo se llamaba. Aún recuerdo cómo, hace décadas, los adolescentes devorábamos sin entender nada AMDG, de nuestro desgraciadamente olvidado Pérez de Ayala. Bastaba una indicación del profesor sugiriendo que a los jesuitas les molestaba.

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