29 de marzo de 2018
29.03.2018
El palique

Semana Santa

Hace años, en estas fechas, parecía que querían clausurarte los sentidos. Con lo bien que combinan playa y tronos a la noche

29.03.2018 | 00:31
Semana Santa

Cuando era niño, la ciudad quedaba muerta en Semana Santa. Tiendas clausuradas, bares cerrados, sopor terminable hasta la hora de las procesiones. Se producía entonces la resurrección. Gente, agujetas, escasa visión, mundo de mayores, olor a manzanas de caramelo, Fanta a deshora, papá llévame a hombros. Las croquetas queman. En estos momentos hay una madre soplando amorosamente una croqueta para que su vástago, incluso su hijo, no la coma ardiendo. Cuanto más próspera es una sociedad, menos bechamel llevan las croquetas. El año que viene quiero salir de nazareno. El coche siempre lejos, el coche en la explanada del puerto, un hombre con joroba y gorra, camisa gris y vocecilla pecaminosa que pide una moneda sin pedirla, más bien con una mueca.

Cristos con muecas también, pero de dolor, imágenes que te imponen, nunca sitio en las cafeterías, señoras comiendo churros. En Semana Santa no había nada en la tele, no se podía ir al cine, estaba mal visto ir a la playa. Te querían clausurar los sentidos. Lo lograban a veces. El aburrimiento no tenía esa ligereza traspasable de una larga tarde libre de verano, más bien poseía un grosor que no podía romperse, una espesura que te envolvía, tarde de Jueves Santo que no se acaba, hoy es la Legión, a ver si nos vamos con tiempo, ojalá vengan los primos, mi tío se sabe el himno, los legionarios ya no son lo que eran, tú qué sabrás, tú sí que ya no eres lo que eras. La cabra, la cabra. Niños que sueñan con un banderín de enganche.

Cuando era niño no había aplicaciones ni teléfonos para consultar itinerarios. Los itinerarios de las procesiones son un contenido muy leído y demandando. La suma de los que quieren verlas y de los que consultan por dónde esquivarlas da como resultado un todo. Cuando era niño pedía cera a los del capirote, no entendía por qué algunas personas caminaban descalzas detrás de un trono. Me fijaba en sus pies. Luego pensaba en que aunque a mí me dolieran los míos, estaba contento de tener calcetines confortables, zapatos cómodos y ausencia de llagas. Cuando era niño me parecía una cursilada lo del olor a azahar. Hay cosas que nunca cambian. Algunos vecinos parecían ir vestidos de primera comunión. Una rodaja de coco. La carta de ajuste. Tira por la ronda intermedia, que habrá menos bulla. Cuando era niño, la ciudad quedaba muerta en Semana Santa. Tiendas clausuradas, bares cerrados, sopor terminable.

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