24 de mayo de 2018
24.05.2018
Pantallazos

Meghan y Letizia, dos plebeyas en palacio

Divorciadas, procedentes del mundo audiovisual y de rotundo carácter, son un soplo de aire fresco para las vetustas monarquías europeas

24.05.2018 | 05:00

Meghan Markle quiere alejarse de su pasado como actriz, como hiciera Grace Kelly décadas antes rechazando incluso una propuesta irresistible de Alfred Hitchcock, y por eso su perfil en la página web de la casa real corre un tupido velo sobre su (discreta) trayectoria profesional. No así sobre su trayectoria de trabajos por los más desfavorecidos ni sobre su orgullo de ser mujer y feminista. Alto y claro.

Un rasgo de carácter que, en cierto modo, la acerca aún más al perfil que la reina Letizia dibujó también en sus primeros pasos dentro del laberinto de la monarquía. Recordemos: ambas están divorciadas, ambas tienen un pasado sentimental que no es del gusto de los púlpitos más conservadores y ambas proceden del mundo audiovisual, una como actriz y otra como periodista. Y vaya si se nota: la interpretación de Markle como novia y esposa está siendo digna de un premio Emmy por su soltura, convicción y firmeza. Durante la boda, al margen de la evidente emoción que expresaban sus gestos y miradas, solo faltaba escuchar el grito de ´¡corten!´ de un director dando por buena las escenas: el aplomo y la convicción de la ´actriz´ principal contrastaban con un compañero de cartel menos seguro y tranquilo con sus líneas de diálogo.

Algo parecido se vio en la pantalla cuando fue la asturiana Letizia Ortiz la que pasó de presentar con apabullante dominio del medio el telediario, tanto en exteriores como en estudio, a dejar a todo el país con la boca abierta al desvelarse el gran secreto: era la novia del príncipe de Asturias, con quien precisamente había coincidido en la entrega de los premios que llevaban su nombre en un instante fugaz, sin que ninguno de los dos diera la menor pista con su lenguaje gestual sobre una relación de semejante envergadura.

Y si Letizia no hizo alarde postnupcial de su condición feminista (evidente para quienes la conocieron y asistieron a una trayectoria profesional de constante aprendizaje y sin achantarse nunca en un mundo altamente competitivo), es inevitable recordar aquel impagable momento en el que, durante el anuncio del compromiso, se atrevió a exigir al mismísimo heredero de la Corona que la dejara terminar lo que estaba diciendo. O sea: por muy príncipe que seas, Felipe, yo soy una mujer que tiene algunas cosas que decir, y las diré te guste o no. ¿Vale?

Lejos de los corsés de aquella Grace Kelly o de la fallecida Diana de Gales, plebeyas que aceptaron sin rechistar su condición de princesas a la antigua usanza, tanto Meghan como Letizia representan una nueva generación de mujeres sin sangre azul que entran en palacio sin ningún tipo de complejo o inseguridad, empezando por Catalina Middleton. O Sofia Hellqvist, por la que el príncipe Carlos Felipe de Suecia se enfrentó a su enfurruñada familia. O Charlene, la ´eterna´ novia de Alberto de Mónaco. El matrimonio en 2001 del príncipe Haakon Magnus de Noruega con Mette-Marit Tjessem Höiby trajo mucha cola por el pasado intenso de ella. Tampoco fueron todo parabienes para el enlace en 2004 del entonces príncipe de Dinamarca, Federico, con la joven australiana Mary Donaldson. Guillermo Alejandro de Orange, entonces futuro heredero del trono de los Países Bajos, se casó en Ámsterdam con la argentina Máxima Zorreguieta, cuyo padre había sido ministro durante la dictadura del general Videla. Polémica al canto que el arrollador carácter de Máxima minimizó pronto. Una de las pioneras en llevar la ´cuna baja´ a los palacios fue Silvia Sommerlath, con quien Carlos Gustavo XVI de Suecia se casó en 1976. Y no olvidemos la vía alternativa de Camilla Parker-Bowles, amante de Carlos de Inglaterra para horror de Lady Di y de Isabel II, y ahora su flamante esposa.

Volviendo al inicio. El tiempo pasa. Letizia Ortiz ya no es una futura princesa. El tiempo pesa. Es una Reina y una madre de códigos muy bien perfilados, y como tal sabe que, aunque las convicciones sigan intactas sobre determinados asuntos altamente inflamables, el cargo exige compromisos que no admiten renuncias. Meghan Markle, a diferencia de su cuñada Catalina, llamada a ser reina algún día, no sentirá una presión tan insistente, tenaz y por momentos agobiante. Hay focos y focos, como bien sabe por sus papeles televisivos. Su rol es secundario en la gran superproducción de los Windsor, pero sigue siendo un salto enorme para alguien que viene de la pequeña pantalla.

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