15 de septiembre de 2018
15.09.2018
Tierra de nadie

El yo invisible

Si nos pareciéramos a la imagen idealizada que nuestros padres se hicieron de nosotros, la vida, por previsible, resultaría insoportable

15.09.2018 | 05:00

E nciendo la radio a media noche para sobrellevar el insomnio, y de repente escucho la expresión «gemelo digital». Están hablando del «internet de las cosas». Entiendo que el gemelo digital viene a constituir la simulación de lo que, una vez testado, se convertirá en un objeto analógico. Quizá no sea eso, pero ya digo que es lo que ha parecido entender. La idea me despierta más de lo que ya lo estaba. En cierto modo, cada uno de nosotros es el gemelo fracasado de un hermano virtual. Nuestros padres, antes incluso de concebirnos, ya fantaseaban con la idea de si seríamos chicos o chicas, altos o bajos, lentos o rápidos. Luego, durante el embarazo, lo hablaran o no entre ellos, iban creando una persona con estas u otras características. Seríamos bailarines o bailarinas, arquitectos o arquitectas, jugadores de fútbol, campeones de ajedrez€ Todos esos rasgos, más aquellos otros que a usted le apetezca añadir, iban construyendo poco a poco un gemelo virtual.

Un miércoles cualquiera nuestra madre se ponía de parto y en unas horas aparecía el gemelo analógico, que ya de entrada presentaba características que ni siquiera se habían intuido en el virtual. Salíamos con un pie torcido, por ejemplo, al que había que aplicar ya en las primeras horas una ortopedia que corrigiera la malformación. A lo mejor teníamos pelos en la espalda, cosa que nuestros padres jamás advirtieron en el bebé de sus sueños. Nos agarrábamos mal a la teta, como si no supiéramos de qué iba esto que llamamos vida, y tardábamos en andar o hablar más que los niños de nuestros vecinos.

Éramos una decepción permanente, en fin, pues a medida que crecíamos no hacíamos otra cosa que alejarnos del modelo fantasmagórico. En el mundo industrial, la adaptación entre el gemelo virtual y el analógico es precisa como el corte de un bisturí. En la existencia humana, lo que sucede es el fracaso. Si nos pareciéramos a la imagen idealizada que nuestros padres se hicieron de nosotros, la vida, por previsible, resultaría insoportable. El éxito biológico de las especies animales es el resultado de ese fracaso fundacional. No obstante, todos y cada uno, desde nuestras carencias, sentimos que junto nosotros hay siempre un yo invisible que es el gemelo digital que nuestros padres crearon en sus mentes.

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