21 de diciembre de 2018
21.12.2018
El ruido y la furia

Las mujeres, el miedo

Y uno, que no es más que sus palabras, quiere que valgan para que no mueran más mujeres

21.12.2018 | 05:00

Nunca he escrito por encargo, que eso siempre ha estado muy mal visto en el oficio, pero esta columna me la encarga Charo y no he podido negarme. Charo es mi amiga, mi joven amiga. Por edad (si me hubiera dado un poco de prisa) podría haber sido su padre, aunque a mí me hubiera sobrado con que fuese mi sobrina. Sea como fuere, ella forma parte de esa familia electa que he ido construyendo a mi alrededor para que el mundo sea mínimamente navegable.

Y Charo me pide que escriba sobre las mujeres y el miedo que va con ellas a todas horas, a todas partes, ese miedo que las acompaña cuando salen de casa, cuando van a donde les dé la gana, y se sienten acosadas por las miradas torvas, las palabras sucias, las manos distraídas, las manos largas, las muertes terribles. Y me pide que escriba de estas cosas cuando ya es tarde para el periodismo pero tardísimo para Laura Luelmo, para las tantísimas Lauras que ni contar sabemos, porque no hemos llevado bien la cuenta, porque son muchos siglos de Lauras violadas y asesinadas por tantos malnacidos, aunque no hemos reparado en ello hasta anteayer mismo, de torpes y de egoístas que hemos sido siempre.

Y uno, que no es más que sus palabras, que de palabras ha hecho su vida y ha querido alguna vez que sirvan para algo (como el panadero sabe que sirve su pan, como la doctora sabe que sirve su ciencia), quiere que sus palabras valgan para que no mueran más mujeres, para que nunca más ninguna sufra violencia a manos de un hombre (que en realidad no es un hombre, que a veces parece un hombre pero que es una alimaña), pero también para que se acaben las miraditas, las alusiones a la ropa, las bromas 'inocentes' que no tienen la más mínima inocencia, las torpes insinuaciones, todas esas formas de violencia que están ahí aunque las intenten negar, y que son la base de todo, porque determinan cómo las vemos, qué pensamos que son las mujeres, cuál es su lugar en el mundo.

Y yo quiero a las mujeres libres y seguras, desentendidas, y me quiero, como hombre, libre de sospecha, no tener que acelerar nunca más el paso cuando, por una calle solitaria, camino detrás de una mujer y siento que le doy miedo, y aligero para pasar delante y que se sienta un poco más tranquila, y me duele su temor, su inquietud, porque es terrible que tengan que temernos, y los hombres tenemos que darnos cuenta de esto de una maldita vez y cambiar nuestra forma de relación con las mujeres, y nuestra forma de educar a los hombres futuros, y aprender a mirarlas a los ojos y a tenderles la mano fraternalmente, y a no decirles '¡qué guapa!', como primer saludo, como primer intento, como primera agresión de cada mañana.

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