22 de diciembre de 2018
22.12.2018
Galaxia urbanita

Se lo llevamos a casa

22.12.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Aquellas navidades se decidió a hacerlo.

Se había vuelto a poner de moda lo de invitar a un pobre a la mesa en Nochebuena. Algunos avispados idearon un negocio basado en un sistema de selección por el cual te llevaban a casa uno con aceptables garantías de higiene y una más que razonable conversación; además, te aseguraban su presencia tan solo cuatro horas, con lo cual te ahorraban la incómoda sensación de no saber cuándo largarlo o el peligro de que quisiera dormir en casa. Es verdad que el servicio no era barato, pero la repercusión del acto caritativo en redes sociales compensaba con creces su precio; enseguida se formaban dos bandos que discutían y reenviaban las fotos de la cena durante horas, lo cual generaba decenas de nuevos seguidores y mejoraba el posicionamiento de tu marca personal. Por si tenías alguna duda respecto a lo ético del asunto, lo que te acababa de convencer era que el pobre no cobraba nada, así que se trataba de un acto de caridad real, solo que bien organizado según parámetros de eficiencia empresarial. Y todavía algunos imbéciles dudaban de las ventajas de la economía colaborativa, que conseguía que hasta un infeliz que no tenía techo fuese un emprendedor.

Antes de dejar entrar al pobre, no pudo evitar echar un vistazo por la mirilla. Era perfecto: famélico sin parecer enfermizo y aire desvalido con un punto de dignidad. No lo dudó más, abrió la puerta y le invitó a pasar. Tras entregarle el pobre el documento que certificaba su aseo y desparasitación, le dio la mano.

–Me alegro de haberle elegido -le dijo al pobre-. Parece usted alguien necesitado que no necesita mucho.

–Lo sé. Inspiro compasión sin dar pena.

La cena fue agradable. El pobre se portó bastante bien, con alguna excentricidad como ensimismarse con el bordado del mantel o repetir tres veces el postre, lo que permitió a los demás comensales sentirse superiores, sanos. Solo su descaro al bostezar cuando alguien le aburría con su conversación importunó un poco, si bien este hecho sirvió en las redes sociales para hablar de la hipocresía de las relaciones y para hacer unos cuantos chascarrillos y memes bastante ingeniosos al respecto.

Cuando se fueron el resto de invitados y quedaron solos, dio rienda suelta a su curiosidad y le preguntó al pobre:

–¿Siempre ha sido así?

–No, antes tenía una casa y un trabajo.

–Vaya. ¿Qué le pasó, si no es indiscreción?

–Nada. Siempre he sido un pobre diablo.

–Hombre€

–Se lo aseguro. De un día para otro, perdí el trabajo y me quitaron la casa.

–¿En qué trabajaba usted?

–Diablo tentador.

–¿Compraba almas a cambio de deseos?

–Algo así. Pero deseos, pocos: me pedían cheques. En blanco.

–¿Y usted los daba?

–Claro. Era mi trabajo. Bastante aburrido, pero teníamos complementos por productividad. Y salario base.

–¿Qué hacía con las almas?

–Las metía en un maletín y las llevaba a la oficina. Me adelanto a su pregunta: jamás supe qué hacía el jefe con ellas. Las guardaba en un pequeño armario; nosotros le decíamos «el almario».

–Eso es gracioso.

–¿Verdad que sí? Nos llevábamos bien, y eso en un trabajo es importante.

–Totalmente de acuerdo.

–Dígame, ¿le gustaría vender su alma? Le puedo recomendar.

–¿A cambio de€?

–Uno de esos cheques en blanco.

–No me hacen falta. Quizás antes era más complicado tener pasta, pero ahora, con cada crisis les pago menos a mis trabajadores y me forro en la bolsa. Todo son ganancias, amigo.

–También puede pedir ser inmortal.

–¿Eso funciona?

—Por supuesto; yo por eso la vendí. Tengo setecientos cuarenta y ocho años y tan fresco.

–¡Cierto, qué bien se le ve! ¿Nadie pide eso en vez de dinero?

–Pues no. En mil quinientos años, yo fui el único que solicitó la inmortalidad.

–¿Y cómo siendo inmortal no es el dueño del mundo?

–¿Para qué? Cuando tienes tanto tiempo, el poder te da igual. Eres como un árbol, todo va más lento. Eso sí, la ventaja es que te puedes desplazar. Me encanta viajar. Y coleccionar besos. El resto da igual.

–¿Besos? Yo prefiero tener mucho dinero y morirme con el gusto de ser rico.

–¿Ve? Por eso nadie quiere vivir para siempre.

–¿Una copita de champán antes de irse?

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