28 de diciembre de 2018
28.12.2018
La Opinión de Málaga
Las malas lenguas

Anodino Borrego

Los anodinos no son inocentes, pues es su cobardía la que nos trae al poder los gobiernos más nefastos

28.12.2018 | 05:00

Hoy he recibido por email un mensaje de Anodino Borrego, deseándome Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. No me ha caído por sorpresa, la verdad, pues todos los años me manda el mismo mensaje; un christma virtual con llamas parpadeantes de cirios encendidos entre espumillones y muérdagos. Que lo haga en esta fecha no tiene segunda intención, no se trata de una inocentada, es que él desde siempre ha elegido este día como rutina para las felicitaciones y las rutinas forman parte de su personalidad previsible y metódica. Sus hábitos son su idiosincrasia, su falta de imaginación también. Si hay algo que le desasosiega a Anodino es llamar la atención, destacar, dar la nota, tiene vocación de masa y entre la masa se diluye cómodamente. Viste con ropa inocua de colores neutros y piensa de igual modo como menos pueda significarse. Anodino ha nacido para vivir en una mediocridad confortable desde la calidad de sus propios genes; no es ni muy rubio ni muy moreno, ni muy alto ni muy bajo y disfruta por ello de la capacidad de no ser nunca llamativo; de no despertar grandes admiraciones ni destructivas envidias, que es la manera más factible de sobrevivir. Anodino es un figurante con vocación, un relleno de cojín que se diría suave; que no tiene huesos ni tampoco sangre. Jamás se alborota por una pasión, todo lo que sean sentimientos encendidos le espanta, pues ama en su ser el equilibrio de la compresa que ni se mueve ni traspasa. Por lo que pueda ocurrir se adhiere a la seguridad de dejarse arrastrar por la corriente. Su sino es integrarse en la mayoría y seguir lo que la mayoría indique. Borrego es un síntoma de estos tiempos, pero también de otros, de todos; de su estirpe está conformada la historia.

Quien logra el poder, al fin, encontrará a Anodino a sus pies y, mientras que ostente el mando, verá en él un incondicional sumiso por trapacerías e injusticias que perpetre. Ahora bien, que el mandarín oportuno no confíe nunca en su simpatía ni su infinita obediencia, pues si en ese juego de guiñol que es la política, una marioneta viene a darle con la cachiporra y lo sustituye en el trono, Borrego será el primer traidor que le dé la espalda y vaya a rendirle tributo al nuevo mandamás usurpador. Lo que le importa a Anodino no es el progreso ni la justicia, sino salvar su culo por encima de todas las cosas y en esta coyuntura, me temo, residen casi todos sus giros ideológicos, porque, en fin, Borrego jamás va a confesar una tendencia política –vayamos a líos– y si se ve entre la espada y la pared dirá que es de centro:
-Pero ¿de centro-izquierda o de centro-derecha?
-De centro-centro- responderá Borrego muy ufano.

Todos sabemos que tal simetría no existe en el ser humano, que hasta nuestros pies, manos y ojos no son los gemelos que parecen, por no hablar de los hemisferios del cerebro. Por decirlo de algún modo, nos inclinamos siempre de un lado irreversiblemente, pero Anodino se reserva el derecho de inclinación para poderle dar a pavo y a nabo y salvar su culo como es su preeminencia. En eso consiste su ideología.

Anodino Borrego tuvo un antepasado, Máximo Borrego, que es su principal referente. Aquel hombre fue fiel republicano mientras duró la Segunda República, pero en cuanto vino el ejército nacional triunfante a ocupar la ciudad, se lanzó a calle Larios para saludarlo con la salve y gritar ¡Viva Franco! En su casa luego ponía el Cara al sol, pero como el aparato recordaba aún el himno de Riego, se rayaba vengativamente en la parte que decía «rojo ayer» (rojo ayeeeer, rojo ayeeeeer).

Pues así es Anodino, igual que sus ancestros, pendulante al sol que más calienta. Su mayor gloria es no mojarse y conservar su mediano físico intacto. Si no es héroe, tampoco será nunca mártir para ponerle nombre a una calle.

Su opinión se reduce a sentencias que si no llevan a la honda reflexión, tampoco admiten la controversia: «Cuando las cosas son así, no pueden ser de otra manera», «Si algo no es igual, será porque es diferente», «Lo que hay es lo que hay hasta que no haya otra cosa». Con estas y otras máximas célebres de Anodino se podría publicar un libro de aforismos o proponerlo para presidente del Gobierno. No sería la primera vez.

Pero Anodino Borrego no desea tal protagonismo, qué va, para él, ser mandatario es cosa chunga, pues no está dispuesto a cometer errores de los que luego se le inculpe y soportar reproches públicos, revueltas callejeras y demás líos. Lo suyo, como ya dijimos, es ser súbdito del gerifalte de ocasión, que sustituirá por el que venga luego. Que sea simple, tal vez, no quiere decir en absoluto que sea inocente. Él es cómplice, como muchos de sus congéneres de los gobiernos más nefastos que se hayan dado a nivel mundial; él, como sus antecesores, miraría para otro lado mientras a causa de la injusticia multitud de personas de ley fuesen arrojadas a la hoguera, desaparecidas, torturadas y ejecutadas. Y, sin embargo, por tanto, él y sus hijos y los hijos de sus hijos serán los más longevos sin ser útiles a nadie para que nunca podamos progresar; para que nada cambie, Emilio, para que nada cambie...

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