27 de marzo de 2019
27.03.2019
Entre el sol y la sal

No pasar, cuidado con el dueño

27.03.2019 | 05:00

Pues ya se ha vuelto a liar. Vox dice en voz alta lo que no pocos piensan, unos lo tergiversan y otros lo desdeñan por electoralmente inoportuno. Luego vendrán los analistas políticos a preguntarse cómo es que nadie lo profetizó. En un mundo perfecto no existirían armas, tampoco debates. Pablo Iglesias defendía con pasión el derecho al uso y tenencia de armas. Después se blindó tras las tapias de un casoplón vigilado 24h por la Guardia Civil y cambió de criterio con no se qué excusa absurda de una clase. Supongo que no es propio de un marqués ir dando trabucazos.

El derecho a defenderte con las armas que tengas legalmente a mano vuelve a ser tema controvertido. Los legos en derecho por lo general, y los medios de comunicación en particular, suelen reducir el uso de un arma a la eximente completa de la legítima defensa, esto es, utilizar un arma para repeler un ataque proporcionado. Pero olvidan que también existen causas que te dispensan de responsabilidad penal como el miedo insuperable, el estado de necesidad, el cumplimiento del deber y, no menos importante, actuar para proteger a un tercero. Pongamos, por ejemplo, un hijo.

El derecho comparado con EEUU, y más reciente con Italia, trae cola desde que el mundo moderno no resulta tan fresco. No se trata de ir con pistolas por las calles, sino de mantener la seguridad de los tuyos en la inmaculada intimidad de tu hogar. Quien piensa que esto es un dislate vive en un desconocimiento infantiloide, cree que a él nunca va a ocurrirle, que todos los delincuentes son meticulosos profesionales de lo suyo, pero, por desgracia, no pasa un día sin que conozcamos casos de asaltos con fatal resultado, agresiones mortales, desvaríos de enfermos mentales y otros delitos grotescos cometidos por personas incapaces de domar sus más bajos instintos. Personas que, en definitiva, hacen de la maldad su modus vivendi por un precio irreparable, la vida de tu ser querido. Hay más trastornados, psicópatas o violentos de los que imaginamos, y sobrevivir a un hijo va contra todas las normas. Divinas y humanas.

Aparece un violador y las redes se inundan de frases del tipo: Yo lo cojo y lo mato, yo le corto los huevos para que se desangre, yo pillo al violador de mi hija y me llevan preso, que me lo dejen a mí y ya no violará más. Salta a la palestra un asesino y la reacción se multiplica: La cadena perpetua no es suficiente para esos animales, no hay justicia en este mundo para pagar tanto dolor, irá a la cárcel viviendo del Estado y saldrá en 10 años, prefiero que llore su madre a la mía. Y así un sinfín de ejemplos que todos hemos visto.

Teorías hay todas las que quieran. Desde poner la otra mejilla, hasta aquella en la que Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos. La cuestión es muy simple. Imaginen por un momento que el legislador emula a Italia y despenaliza el disparar a quien entre sin permiso en tu casa. Si alguien que allana tu morada para sodomizar a tu hijo, matar a tu pareja, molerte a palos hasta que revientes desangrado, o agredirte y robarte, supiera que, en vez de encontrar pasividad y colaboración, iba a ser recibido con una respuesta que pusiera en peligro su vida, y aún así decide entrar, qué quieren que les diga. Esa persona no entiende de razones, ni de proporcionalidades, ni de fuerza mínima necesaria. Viene a causarte un daño de tal magnitud que sólo una respuesta armada puede repeler. Los malos deberían tener tan clara la inviolabilidad del domicilio como el derecho sagrado a la propia supervivencia. Ni más, ni menos. Y sin preguntar.

No se trata, como les digo, de convertir los barrios españoles en escenarios de un thriller, ni volarle la tapa de los sesos al repartidor de pizzas, ni crear arsenales descontrolados. En nuestro país ya existen 3 millones de licencias de armas, 1 por cada 16 habitantes, y aún no he visto un OK Corral en calle Larios. Los alarmistas anti violencia que esto niegan no pasan de lo idílico. Lo deseable es que la policía tuviera los medios adecuados y la protección idónea para rechazar la agresión manifiesta de un delincuente que pone en riesgo su integridad o la de cualquiera. Pero la realidad es bien distinta, pues se juegan el cuello por una miseria, con un equipo deficiente y la premisa de ser disparados antes.

No olvidemos que, según el Índice de Paz Global, Canadá es el sexto país más pacífico del mundo. Allí un policía va armado con un rifle M-16 y puede disparar a quien se le acerque con un cuchillo a menos de 30 metros. España, por su parte, ocupa el escalón 29 del ranking. El primer puesto lo ocupa Islandia, un país con un porcentaje de armas por hogar equivalente al de EEUU pero, según un estudio de las Naciones Unidas, entre el 2005 y el 2012, ninguna de las muertes violentas en el país vikingo fueron cometidas con armas de fuego. Conclusión lógica: El problema no es tener armas. Es cuestión de cultura, de formación, de educación, de responsabilidad, y de que allí la gente no va invadiendo casas ajenas.

Cada cual es libre de tirarle la almohada a quién irrumpa en su dormitorio, incluso puede parapetarse tras el cadáver aún caliente de su esposa. Allá ellos. Yo, si no tengo otra salida u opción, prefiero un Magnum 44, una eximente legislada con sentido común y bien aplicada por la jurisprudencia, para que, en mi propia casa, sea legal pegarle un taponazo en el pecho a un indeseable con tal de salvar un bien superior que nunca debió estar en peligro, la vida de un inocente.

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