26 de abril de 2019
26.04.2019
Nuestro mundo es el mundo

Según Aznar, una derecha partida perderá

Los sondeos apuntan a la victoria del PSOE, pero si no alcanza los 130 diputados la investidura puede complicarse mucho

26.04.2019 | 23:56

¿Qué va a pasar el domingo? Las encuestas de este lunes seguían diciendo que el PSOE ganaría con unos 130 diputados, que la triple derecha no pasaría de los 150-160 y no podría formar gobierno y que Pedro Sánchez tendría que trabajar la investidura. Descartada la alianza con Cs, que tras los debates electorales parece no imposible (en política las matemáticas hacen milagros) pero si muy complicada, estaría obligado a pactar, como mínimo, con Podemos, Compromis y el PNV. Y quizás lograr también la abstención de ERC.

¿Cómo habrán alterado estos pronósticos lo sucedido en la última semana y en especial los dos debates electorales que tuvieron una amplia audiencia? Los precedentes dicen que los debates alteran poco la intención de voto, pero esta vez puede ser diferente. Porque hay gran número de indecisos, porque muchos electores –se vio en Andalucía– toman la determinación cada vez más tarde, y porque la última semana es esta vez más relevante al coincidir la anterior con las vacaciones de Semana Santa. El pronóstico es pues incierto y el transparente nerviosismo de Pedro Sánchez en el debate del martes en Atresmedia lo certifica.

Pero el padre espiritual de la triple derecha, el que refiriéndose tanto a Vox como a Cs dijo que había que volver a unir lo que antes estaba dentro del PP, lanzó una advertencia el lunes: "si se va unido, hay muchas posibilidades de ganar, si se va dividido las hay de perder y esta vez el centro derecha –salvo que rectifique en los últimos días– tiene muchas posibilidades de perder". Consideraciones ideológicas aparte, Aznar puede tener razón. La división de la derecha en tres partidos le da, según la mayoría de las encuestas, menos diputados que a la izquierda pese a que la suma del PSOE y Podemos recibiría sobre un 43% de los votos frente a un 45% de la triple derecha. La culpa es de la circunscripción provincial que beneficiaba siempre a la derecha cuando iba unida y perjudicaba al PSOE y que ahora podría ejercer el efecto contrario.

Y el pronóstico de Aznar puede cumplirse porque en los últimos días no ha habido la rectificación que pedía el expresidente de Gobierno. Al contrario. Rivera ha intentado diferenciarse al máximo de Casado en los dos debates televisados. El fichaje el miércoles, a cuatro días de las elecciones, de Ángel Garrido, el expresidente de la Comunidad de Madrid del PP que sustituyó a Cristina Cifuentes y que plantó cara a la huelga de taxistas, por el partido de Albert Rivera ha sido una bomba política por el momento elegido y porque Garrido ocupaba el cuarto lugar en la lista europea del PP. Es una bofetada descomunal al líder del PP mucho más relevante que la patada de Rivera a Sánchez al fichar para su lista europea a la antigua dirigente socialista Soraya Rodríguez, en otro tiempo muy cercana a Zapatero.

El propio Sánchez lo ha aprovechado para afirmar que si Casado y Rivera no se fían el uno del otro y se hacen zancadillas –en el debate ya dijo que estábamos en unas primarias de la derecha– no era creíble que pudieran gobernar juntos con coherencia.

Además, el tercero en discordia, Vox, no ha estado en los debates –por un criterio excesivamente rigorista de la Junta Electoral–, pero sí ha continuado con éxito su campaña. El miércoles celebró un mitin en Sevilla, con asistencia de unas 3.500 personas y con algunos centenares que no pudieron entrar en el recinto, que ha sido de largo el más numeroso celebrado en la capital andaluza. Casado reunió allí a unas 700 personas y Pedro Sánchez, a 1.200. ¿Indica algo? El resultado de Vox es la gran incógnita, pero Isabel Morillo –la perspicaz redactora de El Confidencial en Andalucía– ha escrito que algunas jóvenes esperaban a Santiago Abascal como si fuera una estrella de rock y que el público puesto en pie y con muchas banderas españolas ondeando cantó entusiasmado el legionario himno de la muerte. Para tomar nota, todavía más porque el éxito se repitió el jueves en Valencia.

Aznar puede haber acertado en su pronóstico, a no ser que entre los votantes de Vox predominen antiguos abstencionistas o exvotantes de Podemos o del PSOE y no antiguos votantes del PP. Pero la dispersión de la derecha, en principio favorable a Pedro Sánchez, puede verse compensada porque la campaña socialista no ha subido en intensidad y el candidato –aunque ha aguantado los ataques del PP y Cs en los dos debates televisados– ha jugado a la defensiva, a no perder, y no ha conseguido erigirse en un líder integrador. Y en el combate con Casado y con Rivera puede haberse enfangado y haber perdido imagen presidencial.

Por el contrario, Pablo Iglesias ha aprendido y ha estado suave. El político «destroyer» del 2015 y 2016 –el que no quería consenso para conquistar el cielo y aspiraba a destruir el régimen del 78– se ha convertido, o disfrazado, en los dos debates de televisión en un político dialogante que invocaba los artículos de la Constitución del 78 con el mismo fervor con el que un luterano citaría la Biblia contra la jerarquía católica, y que además reñía a los dos políticos de la derecha, e incluso a Sánchez, por su mala educación en el debate. Y no sin razón.

Mientras, Pedro Sánchez, indignado con Casado y con Rivera, apenas le prestó atención. Es extraño que no le espetara en ningún momento –cada vez que Iglesias aplaudía medidas socialistas pero exigía dos huevos fritos más– que los Reyes Magos no existen y que, al igual que los regalos los pagan los papás, los beneficios sociales exigen impuestos suplementarios –que solo los paguen los ricos es fácil de predicar pero difícil de llevar a la práctica– o conducen al disparo del déficit público y al desastre. Si Podemos va a apoyar al PSOE con buena fe y sólo forzar a que plante cara a los fondos buitres, ¿por qué no votar a un Pablo Iglesias menos agreste que hace cuatro años?

Quizás Sánchez olvidó su flanco izquierdo. Si la consecuencia fuera una victoria socialista más estrecha (porque Podemos resistiera mejor) y que en vez de 130-135 diputados se quedara en 110-115, sus dificultades para ser investido se multiplicarían y la gobernación con Podemos sería más conflictiva e inestable.

Si la triple derecha no suma –ahí está el diagnóstico Aznar– el éxito de Sánchez podría quedar algo disminuido si tras el 28-A se encontrara en una situación mejor, pero no mucho mejor, que la anterior a la disolución de las Cortes. Si pasara sólo de 84 a menos de 110 escaños. ¿Tendría entonces que gobernar en funciones como Rajoy hizo en buena parte del 2016 a la espera de volver a convocar elecciones?

No sería lo mejor que nos podría pasar con el conflicto de Cataluña todavía vivo y teniendo que afrontar la desaceleración internacional sincronizada de la que advierte el FMI. Quizá por eso un semanario tan liberal como The economist acababa un reciente editorial afirmando que quizás lo menos malo sería que Sánchez obtuviera un resultado que le hiciera depender poco de otros partidos. Pero también predecía que eso era poco probable.

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