17 de mayo de 2019
17.05.2019
Las malas lenguas

El sexo prohibido

17.05.2019 | 05:00

Hay que luchar para que ningún gobierno condene la diversidad o el espíritu crítico como un delito. Conseguirlo sería la verdadera señal de progreso.

Todas tuvimos algún amigo así en aquellos años de adolescencia y primera juventud. Era, sin duda, el más divertido y, a veces, también el más guapo de la pandilla, si no acaso el más atractivo, que es una cualidad siempre superior a la belleza.

Cuando íbamos a una fiesta, el resto de los chicos se aferraban sombríos a la barra, por miedo al ridículo, y en pose de hombres duros del oeste americano, apuraban cubata tras cubata, los muy cobardes.

Sin embargo, aquel amigo bailaba con nosotras en la pista y solía hacerlo bien, muy bien, incluso cuando sonaban sevillanas. Todas lo adorábamos y no sólo por su capacidad para el baile, sino también porque nos hacía reír como ninguno. Compartía con nosotras el mismo sentido del humor, frívolo e irónico. Era único cuando se ponía gracioso, pues los demás al intentar su misma gracia resultaban sosos o burdos.

Lo adorábamos, claro que sí, era de todos el mejor piropeador; el primero en elogiar con las palabras justas nuestro cambio de peinado o nuestro vestido nuevo, que a veces pasaba desapercibido a los ojos de nuestros novios.

Si se daba el caso, nos podía acompañar incluso a las tiendas de ropa sin aburrirse y nos aconsejaba el corte más favorecedor y los complementos más adecuados. En él hallábamos esa anhelada alma gemela, que incluso se encandilaba con nuestras peripecias sentimentales, mientras los demás hablaban de fútbol.

No era nada difícil que aquel chico encontrase en el grupo su primera novia; la Doris Day idónea para el perfecto Rock Hudson; una muchacha que, en el fondo, sabía que aquello era temporal, pero en tanto le gustaba lucir al impecable caballero de pareja en las verbenas. Otras mucho más ingenuas o mucho más insensatas se enamoraban de él locamente y, con esa locura, intentaban lo imposible: enmendar su naturaleza y guiarlo hacia la heterosexualidad como Antonietta quiso hacerlo con Gabriele en Una giornata particolare: aquella inolvidable película de Ettore Scola que describe el encuentro de una casada insatisfecha y un homosexual perseguido en un edificio que los demás vecinos han abandonado por acudir al desfile de las fuerzas armadas de Mussolini en homenaje a la visita de Hitler.

El conocimiento de Gabriele, magistralmente interpretado por Marcello Mastroianni, pondrá en duda los inculcados valores fascistas del ama de casa de clase media, que encarna a las mil maravillas Sophia Loren, dada la fascinación que despierta sobre ella el disidente.

Cualquier régimen totalitario de derechas o de izquierdas ha perseguido e incluso encarcelado a los homosexuales. Tal vez bajo la excusa de degradar moral y costumbres y no contribuir al crecimiento de la población, pero lo cierto es que lo que asustaba de su actitud era su aire de independencia y su naturaleza tan proclive a ejercer la libertad por encima de las normas. Nos referimos a esa clase de homosexuales, pues también los había dóciles, soterrados e integrados en las cúpulas de poder y hasta se podría especular bastante sobre la sexualidad del propio Hitler, a juzgar por su rarísima relación con Eva Braun y su deseo expreso de no reproducirse, lo que el Führer justificaba alegando que no quería engendrar a un hijo, que, inevitablemente, sería inferior a sí mismo. Como megalómano, Hitler temía tanto a la sucesión como los dioses griegos que por impedirla acababan comiéndose a sus hijos. Éste podía ser un motivo ¿pero habría más?

Los años 30 de la Unión Soviética, bajo el mando de Stalin, no fueron menos agresivos con los homosexuales, que tenían dos opciones: tratar de curarse de sus inclinaciones (diagnosticadas oficialmente como enfermedad) o ir a la cárcel, lo que conllevaba las penalizaciones añadidas por parte de otros presos. Contaba el artista Yaroslav Mogutin el brutal asesinato de uno de estos detenidos por parte de diez presidiarios, quienes después de someterlo a múltiples violaciones, saltaron con los pies juntos sobre su cabeza hasta matarlo.

Que un homosexual coincidiese con un revolucionario en una celda era, sin embargo, lo mejor que le podía pasar si recordamos la novela de Manuel Puig, El beso de la mujer araña ,y su puesta en escena por Héctor Barbenco. Al fin y al cabo, la acusación de homosexualidad encubría la más grave de disidencia. Y la disidencia, del color que sea, une y mucho.

Por estos caminos llegamos inevitablemente a otro film emblemático; Fresa y chocolate que, en la Cuba de finales de los 70, gira en torno al encuentro entre un joven comunista y un artista homosexual, vigilado por contrarrevolucionario ,que, pese a las primeras diferencias, confluirá en una estrecha amistad.

Mucho ha llovido después de esta película que tuvo su boom en España hacia 1994 y, sin embargo, parece que en la isla hay un rebrote de despotismo represor, lo que suena muy a añejo. El pasado sábado, la policía cubana interrumpió una marcha por los derechos del colectivo LGBT que de modo pacífico desfilaba por el paseo del Prado de La Habana bajo el lema Cuba diversa y detuvo a tres periodistas independientes.

La causa de la carga policial como apuntamos antes tal vez se deba más a motivos políticos que de género. No obstante, aquella manifestación, como precisó el cantautor Silvio Rodríguez, suscribiendo la denuncia de su colega, Vicente Feliú, estaba organizada por activistas independientes y sin la supervisión del estado.

Se trataba de una iniciativa alternativa al desfile anual de La Conga, que de modo oficial, se celebra año tras año para arrancar las jornadas contra la homofobia y que la directora del Cenesex, Mariela Castro, hija del expresidente y primera secretaria del jefe actual de Gobierno, Raúl Castro, decidió suspender por no considerarla apropiada, dadas las tensiones internacionales y regionales que se estaban experimentando.

Sin ser las explicaciones nada convincentes, concluimos que la represión contra la diferencia, sea del carácter que fuere, es un síntoma de regresión y ha de ser denunciada a diestra y siniestra si pretendemos construir un futuro de ciudadanos libres. No es el momento de rescatar lo peor del pasado bajo ningún concepto.

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