23 de mayo de 2019
23.05.2019
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La conveniencia, ante la proximidad de las elecciones, de prestar atención a lo que nos dicen quienes aspiran a representarnos

23.05.2019 | 05:00

Ante la proximidad de estas nuevas elecciones, conviene muy mucho prestar atención a lo que nos dicen quienes aspiran a representarnos, no sea que nos ocurra como con aquello que a diario vemos u oímos y que, por no estar en modo alerta, nos mete gato por liebre o error al canto. Por ejemplo, se va haciendo cada vez menos popular la expresión «poner tierra de por medio», es decir, alejarse de un lugar o de una situación para evitar algo. En su lugar se viene usando una frase simpatiquísima: «Echar tierra de por medio». Y digo yo que no, que para qué, que no puede ser. Al huir con temor de una amenaza, ya tiene bastante quien sea con ponerse a salvo: como para encima andar cogiendo tierra del suelo y echándola en medio de uno y del perseguidor. Es la misma manía del mal hablar –a la que ha contribuido la RAE de manera espléndida con sus reglas de que todo o casi todo vale– presente en el uso de algunos determinantes ante palabras que comienzan por la letra 'a' tónica, o sea, acentuada. No hay comentarista deportivo que no diga que «el peligro está en el otro área», con lo que su plural sería nada menos que el horroroso «los peligros están en los otros áreas». A saber qué son «los otros áreas», vaya pasada. Lo correcto es «el peligro está en la otra área»... pero ya lo dudo. Lo dudo porque hasta en los carteles del teatro principal de mi ciudad leo que se representa una obra en la que los personajes principales se funden en «un sólo alma» (con tilde y todo, que ahí ya ni me meto). ¿No era «una sola alma» o ha mudado de nuevo la norma de la Academia? Lo guapo de verdad es ese cartel anfibológico (luego explico el palabro) que ustedes habrán visto cientos de veces en los establecimientos hosteleros. Dice así: «Prohibida la venta de tabaco a los menores de 18 años». Tan habitual aviso clama al cielo por lo anfibológico que es. «Anfibológico»: que tiene doble sentido, manera de hablar en la que puede darse más de una interpretación. Ejemplos de anfibología son «Lola castigó a su hijo por pegarle a su hermana» (¿a la hermana de quién?, ¿del hijo o de Lola?). O también «Tomaré un café solo», que no sabemos si quien habla quiere el café sin leche, azúcar, sin nada de nada, o bien que lo desea tomar en soledad. Y la más celebrada anfibología fue la de aquella pintada –que los viejos del lugar recordarán donde se amenazaba al político comunista Santiago Carrillo del siguiente modo: «Vamos a matar al cerdo de Carrillo». Un grafitero que pasaba por allí solucionó el doble sentido añadiendo debajo a golpe de brocha: «Cuidado, Carrillo, que te quieren matar al cerdo». Volviendo a lo del tabaco. Todo el mundo se da por enterado de que de lo que se trata es de prohibir que los menores de 18 años se acerquen a la barra o a la máquina y pidan o adquieran una cajetilla. Pero, si ustedes leen con cuidado la frase, verán que puede armarse el camarero un lío semántico de aúpa cuando un adolescente acuda a por el Marlboro. «Prohibida la venta de tabaco a los menores de 18 años» puede interpretarse perfectamente como que lo que se prohíbe es que los menores de 18 años vendan tabaco. Debería acaso haberse pensado en «Por imperativo legal, no se vende tabaco a menores de 18 años». Pero la cosa ha quedado como está. Y acabo hoy con la palabra 'probaturas', con que se llenan la boca los políticos. 'Probatura' existe como palabra castellana; pero tal vez alternarla con 'pruebas' de vez en cuando no vendría mal, abandonando así el falso prestigio de las palabras largas y grandes, anden o no anden. Recuérdese lo que advertía ya Miguel Delibes: «En tanta probatura se le fue el virgo a Juana». Cuidado.

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