14 de noviembre de 2019
14.11.2019
Lo que hay que oír

Nuevas palabras, conceptos viejos

14.11.2019 | 05:00

Esté atento quien esto leyere, pues puede acercársele un amigo y pedirle el siguiente favor: «Mensajéame borderías para un zasca en un casoplón». ¿Se ha vuelto loco y no sabe hablar su compadre? Nada de eso. Al contrario. Cuenta desde ahora con el respaldo de la Real Academia Española (RAE) para solicitarle lo que le demandó. ¿Y qué es? Que le envíe un mensaje con unas cuantas burradas a su móvil para dar un corte a alguien en una casa de mucho empaque. Nada nuevo, pues, solo que dicho de otra forma. Olvidados ya el limpiar y dar esplendor como lemas de la RAE, solo se aplica ahora la docta casa al tercero: 'fijar', añadir al diccionario palabras nuevas, eliminar las obsoletas y modificar las pasadas de rosca. Lo acaban de hacer los académicos desde Sevilla, en el XVI Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Ya no son más de cinco mil las novedades, como lo fueron de dos años a esta parte. Solo pasan de mil. Se les irán sumando otras hasta el 2024 en que salga el nuevo y ya solo digital Diccionario con 100.000 definiciones. Que se preparen los concursantes de 'Pasapalabra' o como lo llamen ahora. ¿Deben los académicos solo registrar las palabras que usa una notable mayoría de hablantes o es su función la de no incluir (limpiar y dar esplendor) las modernuras inadecuadas de los parlantes de español? O sea, ¿deben ser notarios o ser jueces del lenguaje? Parece que va ganando la primera opción, pero ponen una vela también a la segunda: señalan que algunas palabras han caído en desuso o son vulgares o quedan restringidas a una zona geográfica determinada. Pongo un ejemplo del método que usan nuestros inmortales de la RAE. En mi idiolecto –es decir, en mi modo de hablar personal y particularísimo– creé la palabra 'brest' para designar una inaplazable urgencia de orinar. Lo llamo así por la imperiosa y nunca vista llamada de la naturaleza que sufrí una mañana heladora en las calles de esa localidad bretona. Supongamos que mi poder es tal que popularizo la expresión y mogollón de hablantes hispanos sustituyen el «me hago pis» por «tengo un brest». La RAE toma nota y fija mi neologismo 'brest' en el Diccionario. Nada nuevo el concepto, insisto, solo que dicho de otra forma, con ropa nueva, a veces muy cursi en mi opinión. Veamos algunas palabras que acaba de fijar el Diccionario. Incorpora, por ejemplo, mensajear: yo siempre voté por guasapear, porque esemesear ya oyen ustedes a qué suena. Se decía antes que alguien vivía en una mansión, en una casa grande y suntuosa: hoy se dice que vive en un casoplón. Las personas bordes expelían impertinencias, groserías, insolencias: ahora, al parecer, expelen borderías. Se daba un corte a un pelmazo: hoy se le da un zasca. Si antes hablábamos de anotar o apuntar, hoy se anota y se apunta, pero también se agenda. Cuando habíamos tenido un año horrible, de gran infortunio, lo llorábamos tal cual: ahora, sin embargo, triunfa el latín –qué cosas– y mola más annus horribilis. Ya sabíamos lo que era un tipo desagradable, antipático o desabrido: el Diccionario amplía el campo y lo llama sieso. No triunfó la popular pitopáusico: ganó andropáusico (cuya definición en el DRAE parece una carrera de obstáculos: que si andropausia, que si climaterio masculino, que si período de la vida en que cesa la función reproductora en el hombre: con lo bien que se entiende todo dicho a la llana). Siempre escuché que las cosas se probaban o controlaban: ahora ya es común testearlas: ¿les gusta a ustedes «testéame ese queso»? Pues es lo que hay. Entran también unos cuantos extranjerismos, pero en plan segunda división, o sea en letra cursiva, o entre comillas. Así, 'amish'; 'brioche' (a mí me bastaba bollo); el sorprendente 'brochure', pues solo se usa en algunos países de Hispanoamérica para designar un folleto; 'brunch', fusión de las palabras inglesas para desayuno y almuerzo (yo nunca tomo un 'brunch': si acaso un tentempié o un refrigerio); el ático de toda la vida es ya un 'penthouse'. Y fíjense qué cosas: la popularísima 'pizza' ha de escribirse con cursiva o entre comillas: tal como lo oyen; pero el menos comido muesli ya es español descursivado y desencomillado. Así sucesivamente. Tengo por inexplicables unos cuantos fichajes más del diccionario. Antitaurino me sobra, pues con el prefijo 'anti-' ('opuesto a') ya se cumplía: no se registra antigatuno, con razón y por ejemplo. Igual ocurre con arboricidio, ya que '–cidio' es el elemento compositivo que significa 'matar': no se registra canicidio, por ello. Lo mismo que beatlemanía, habida cuenta de que con el elemento '-manía' ya se denota la afición apasionada por algo: no se registra bachmanía, por inútil. O me sobra centrocampismo, donde el '–ismo' ya nos advierte que se trata de una escuela: no se registra porterismo, ni pivotismo... aún. O panhispánico, debido a que 'pan-' ya principia una totalidad: no se registra panestúpido, ustedes perdonen. Asimismo –y salvo por razones políticas- no veo el porqué de fijar la palabra casteller (sin cursiva ni comillas) y no registrar –por ejemplo asturiano– xiringüelador: cada una de las personas danzantes de tal baile. Más aún: ¿no es más conocido y usado caganer, ahora que se acerca la navidad? Para no parecer tan quisquilloso, sí me gusta cumplemés, pues deja además la puerta abierta a cumpledía y hasta a cumplehora, que para celebrar siempre ha de haber tiempo. En definitiva, nada nuevo apenas, como siempre. La RAE nos divierte con este material para tertulias y aviva la lucha entre puristas e innovadores, lo cual da mucho juego a los ociosos. Porque los hispanohablantes seguiremos honrando nuestra lengua a mazazo limpio, como solemos y acostumbramos hoy, tirando de neutros, pronombres sin referencia, sustantivos cajón y deícticos varios e incomprensibles: «El chisme ese que está ahí donde la cosa aquella de la del otro». Y que lo compre quien lo entienda.

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