22 de agosto de 2020
22.08.2020
La Opinión de Málaga
El contrapunto

La descerebrada legión

Observo desde hace unos días que en las calles de mi pueblo, Marbella, y sobre todo en su emblemático paseo marítimo, finalmente ya son amplias las mayorías de los viandantes que se protegen y nos protegen al llevar correctamente sus mascarillas

22.08.2020 | 05:00
La descerebrada legión

No pretende este apelativo ser ofensivo. En realidad creo que en este caso representa un modesto homenaje –y como tal siempre será respetuoso– a los prodigiosos lenguajes con los que nos comunicamos los humanos. Lo de 'La descerebrada legión' lo he utilizado recientemente en diversos artículos que he publicado. Y confieso que me ha sorprendido muy gratamente el que este modesto ejercicio semántico no haya dejado indiferentes a doctos amigos y generosos lectores, que me honran con su confianza y amistad. Creo que puedo afirmar que 'La descerebrada legión' como icono definitorio ya navega con vida propia y con las velas desplegadas por vientos provenientes de novedosas e inquietantes facetas de la realidad actual. Y ya se sabe. La eclosión que se produce muchas veces cuando una expresión aparentemente anodina recibe el chispazo de la vida real. Lo que nos recuerdan aquellas palabras que nos dejara el gran Albert Camus: «La inteligencia encadenada pierde en lucidez lo que gana en intensidad».

Nos han llegado las noticias a través de nuestros heroicos medios de comunicación. Más imprescindibles que nunca, en estos tiempos de gobernantes muy mejorables, de mentiras institucionalizadas y de aquelarres y locuras colectivas. Nos han informado sobre las agresiones perpetradas por algunos de los que consideran una afrenta vergonzosa el tener que ponerse una mascarilla o respetar unas distancias de seguridad. Con violencias que han sido tan injustificadas como brutales. Por supuesto, está pendiente el estudio de las curiosas patologías sociales que subyacen debajo de esos comportamientos. De los que han sido víctimas, entre otros, ancianos inofensivos, o ejemplares funcionarios de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o admirables médicos y profesionales sanitarios que se están jugando la vida por todos nosotros. Colectivos que nos están dando en estos tiempos tantas lecciones de entereza moral.

No hace mucho, en el vuelo de una compañía aérea holandesa, entre Amsterdam e Ibiza, dos pasajeros enfurecidos tuvieron que ser inmovilizados por miembros de la tripulación y por otros ocupantes de la aeronave. Los dos violentos aspirantes a convertirse en turistas degustadores de las bellezas y bondades de España, se convirtieron en realidad en personajes de un 'thriller' de terror y en un auténtico peligro para los otros pasajeros. Todo fue causado por su rechazo a las mascarillas que las normas de la compañía aérea les exigían. Las mismas que las autoridades sanitarias de medio mundo nos recomiendan como el mejor medio que tenemos para combatir el virus de la Covid-19. Llovía sobre mojado. El día anterior, en el centro de Berlín, 17.000 airados ciudadanos alemanes, con fobia a las mascarillas protectoras, se habían manifestado contra el gobierno federal. Al que acusaban de tiranía antidemocrática y de cercenar augustas libertades constitucionales. No dejaba de ser una ironía.

Hace unos pocos días, en la sufrida plaza de Colón madrileña, unos cuantos miles de manifestantes ('negacionistas') les daban una alegría al coronavirus. Aquellos paladines de su peculiar causa se jactaban en un acto público de negar la existencia de la pandemia y de rechazar las advertencias y los consejos de los más acreditados expertos en virología del planeta. Observo desde hace unos días que en las calles de mi pueblo, Marbella, y sobre todo en su emblemático paseo marítimo, finalmente ya son amplias las mayorías de los viandantes que se protegen y nos protegen al llevar correctamente sus mascarillas. Además de mantener las distancias sociales de seguridad. No podía ser de otra forma en un lugar eminentemente amable y civilizado, como siempre ha sido la Costa del Sol malagueña. Que desea fervientemente seguir siendo un gran destino turístico internacional. También nos tranquiliza el que finalmente el porcentaje de aquellos que rechazan el protegerse y el protegernos comience a ser insignificante. Lo siento por ellos. Y por supuesto les deseo buena suerte. La van a necesitar. Como el cartero de la famosa novela de James M. Cain y de las dos grandes películas que ésta inspiró, el virus siempre llama dos veces.

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