01 de noviembre de 2020
01.11.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

Armenia como símbolo

«Por duro que sea el camino, la libertad es irrenunciable, porque el hombre doblegado vuelve a su condición de origen animal, más o menos domesticado. Mientras escribo, la voz quebrada, rota por la emoción y trémula de ese genio armenio/francés que era Charles Aznavour canta esa canción doliente y lacerada que es Ils sont tombés, compuesta y dedicada a los cientos de miles de asesinados en el genocidio armenio»

01.11.2020 | 05:00
«No hay prueba mayor de la tragedia de un pueblo que el hecho de que su símbolo nacional esté en tierra extraña».

El monte Ararat, un cono volcánico coronado por nieves eternas, eleva orgulloso sus más de cinco mil metros de altura en medio del altiplano transcaucásico en el que se asienta, a escasos treinta kilómetros de Ereván, la capital de Armenia, un pequeño país sin salida al mar. Un reducido enclave cristiano, la Iglesia Apostólica Armenia, en medio de un mar islámico. Un país, cuya población habitante en el exterior de sus fronteras es mayor, que la que habita en el interior. Un país cuya identidad nacional va unida a su fe indestructible. Lo primero que hace una comunidad armenia al constituirse como tal es construir una iglesia alrededor de la cual se instala la población. Una iglesia que siempre obedece a unas mismas pautas arquitectónicas. Cruz griega en planta, como Santa Sofía de Constantinopla y una torre central coronada por un cono perfecto. Siempre igual. La arquitectura armenia inspira la cúpula del mihrab de la Mezquita-Catedral de Córdoba, desplazando su centro de gravedad del centro a los ángulos en los que se entrecruzan las aristas del cono, puede que todo ello inspirado en la geografía armenia. Una arquitectura que el Islam copia al invadir el oriente del Imperio Bizantino, por la simple razón de carecer de una arquitectura propia, cuando el Profeta instaura la nueva religión entre pueblos nómadas de pastores de camellos y cabras en el desierto. El territorio de la actual Armenia es menor de la tercera parte de lo que ya era un reino hace cuatro mil años antes de Cristo, fundado por un nieto de Noé, cuya bíblica Arca descansa desde el fin del diluvio universal, según la tradición y la Biblia, en la cima del Ararat, algo que científicamente no está probado, pero de lo que parece haber ciertos indicios de una posible veracidad, teniendo en cuenta que se han encontrado muestras de madera que, sometidas a la prueba del carbono catorce, han mostrado una antigüedad de siete mil años. Estamos en presencia de un pueblo antiquísimo, que se pierde en la noche de los tiempos, en esa nebulosa en la que la escritura está atravesando el tramo de cientos de años en que los símbolos cuneiformes, o los criptogramas, van transformándose en un alfabeto. Un pueblo situado en otra de las posibles imaginadas ubicaciones del Edén y que es el primero que adopta el cristianismo como religión oficial a principios del siglo IV después de Cristo. Frontera imaginaria entre Europa y Asia, aunque el pueblo armenio se siente parte integrante de la realidad cultural, histórica y política europea. Un patrimonio artístico, literario y folclórico impresionantes y una belleza natural deslumbrante, los pueblos que componen el Cáucaso, la costa de Levante, Siria, Líbano, Mesopotamia y Egipto son las primeras manifestaciones de civilización y cultura de Occidente, que pueden llamarse como tales, civilización y cultura. Ahí nacen las tres grandes religiones monoteístas del mundo, las tres teniendo como uno de sus componentes esenciales, aparte de los propios de cada una, la Biblia, el Libro, tres religiones que no han cesado de disputar de alguna forma entre ellas desde que fueron naciendo. Nunca. Por muchos gestos de teatral fraternidad que escenifiquen, o de pretendida caridad mutua que intenten mostrar.

Armenia en su larga historia y debido a su estratégica situación ha pasado a ser parte de los imperios asirios, persas, romanos, bizantinos, árabes, turcos seleúcidas, mongoles, turcos otomanos, rusos, soviéticos hasta la actual independencia en una escasa porción de su territorio histórico. Porque no hay prueba mayor de la tragedia de un pueblo que el hecho de que su símbolo nacional esté en tierra extraña en todos los sentidos, aunque se sitúe junto a su frontera: el monte Ararat es territorio de la actual Turquía. Frontera que permanece cerrada desde hace décadas, al igual que la que la separa de Azerbaiyán, su otro vecino musulmán, en cuyo territorio se encuentra Nagorno Karabaj, enclave de población armenia en territorio azerí, además de Irán. Pues bien, todo lo dicho hasta este momento no son sino los ingredientes básicos y adecuados para la tormenta perfecta, porque además el pueblo armenio, como demuestran sus múltiples comunidades a lo largo y ancho del mundo, es un ejemplo de solidaridad, trabajo, esfuerzo, un caso parecido al de los judíos de la Diáspora. Un armenio, aunque nacido fuera de su patria y aun cuando nunca haya pisado suelo armenio, se siente parte de una comunidad cultural indestructible, Para siempre. Se nace armenio, se vive en armenio y se muere como un armenio.

Y la forma de morir de los armenios tuvo un punto de inflexión terrible, trágica, dolorosa, condenable, execrable, cuando el primer genocidio de la Historia se produjo a finales del siglo XIX y principios del XX en Turquía, aunque muchos países no lo reconozcan como tal por razones geopolíticas, como ocurre con el Holocausto. Mientras escribo, me llegan noticias de un terremoto, que está asolando Izmir, la antigua Esmirna griega, mientras que en Trípoli, Tiro y Beirut, camiones de islamistas radicales aparecen por vez primera en sus calles con las banderas negras del Califato, según me cuenta horrorizada Zeinab por el móvil, mientras intentan incendiar la embajada de Francia en Líbano, porque Macron ha tenido la osadía, la decencia y la clarividencia inteligente de decir «¡Basta!», tras los ataques fanáticos en forma de decapitaciones criminales a pacíficos ciudadanos franceses, por el hecho de defender la libertad de expresión en la escuela y la libertad de culto en un país laico y libre como Francia. Cómo recuerdo a la valiente y sabia Oriana Fallaci cuando escribía con rabia y con orgullo. Y siento la misma indignación, y el orgullo de saber que somos mejores porque somos libres y tenemos que defender esta libertad a costa de lo que sea, como anoche volvía a sentir, viendo a Churchill en Los momentos más oscuros, en su discurso contra el nazismo, porque el nazismo y el islamismo radical son las dos caras de una misma moneda: el odio y el miedo a la libertad. Estaba hablándoles casualmente de la tormenta perfecta. Aquí la tienen: tierras volcánicas en todos los sentidos, que se estremecen desde los cimientos del terror a la naturaleza y a los espíritus airados por dirigentes radicales que echan gasolina al fuego, desde Ankara a Qatar.

Vuelvo al relato del genocidio armenio, porque de eso se trató. Del primer caso de genocidio acuñado como tal en la Historia, aunque la definición del mismo -destrucción planificada y sistemática de todo o parte significativa de un grupo racial, étnico, religiosos o nacional- por Raphael Lemkin, se llevará a cabo en 1944, cuando ya había ocurrido el segundo, el Holocausto y Stalin llevaba a cabo el suyo en los gulags. Cuando el Imperio Otomano -el hombre enfermo de Europa- se tambalea y se desmorona a trozos en constantes guerras de liberación nacional -Grecia, Rumania, Bulgaria- y las guerras rusos turcas asuelan el norte del imperio, un grupo del ejército otomano, los 'Jóvenes Turcos' dan un golpe de estado, derrocan al Sultán y al Diván y aceptan la reducción de Turquía a los límites actuales. Y aunque son laicos y pro occidentales, aunque con un alto componente de admiración al fascismo y al comunismo, e imponen a rajatabla la occidentalización del país, son profundamente nacionalistas. Y el nacionalismo, a poco que nos descuidemos, se convierte en 'nazionalismo'. Y para ello hay que «turquizar» a toda la población. Hacer un estado occidental profundamente turco. Y sobra una etnia, un pueblo, que, aunque ciudadanos de segunda categoría, llevaba cientos de años ocupando puestos importantes en Estambul, en la administración, en la banca, en la universidad, porque era una minoría culta, civilizada, europea, comerciante, intelectual, lo mismo que ocurría en Alemania con la población judía: los armenios, la cuestión armenia. Pero eran cristianos. Y hay que aplicar la solución final. Como en Alemania, país siempre admirado en Turquía y junto al que lucha y pierde en la Primera Guerra Mundial. La deportación forzosa, el internamiento en campos de concentración, las violaciones colectivas, los asesinatos en masa, las fosas comunes, los ahogamientos masivos en el Éufrates, el abandono en el desierto de cientos de miles de personas para que murieran de sed y hambre, hasta las decapitaciones y crucifixiones masivas son utilizados para eliminar del futuro turco cualquier componente ajeno a la pureza racial, cultural y doctrinal de la República de Turquía. Esto fue así. Como en el caso judío, aquí también oscilan las cifras de asesinados. Desde luego, entre el millón y medio y los dos millones de armenios mueren sacrificados para borrar cualquier mácula que pudiera manchar la nobleza racial y nacional de la nueva Turquía. Y hoy, ahora, un nuevo fanático, que acaba de enyesar ayer los bellísimos mosaicos bizantinos de Chora, Patrimonio de la Humanidad, que tacha de enfermo mental al presidente de Francia, que ha abandonado los principios laicos del régimen turco, el señor Erdogan capitaliza la tensión, se erige en el nuevo «califa» e incendia las calles en un nuevo Viernes Santo, porque el Islam está ganando la guerra cultural, por ahora, que se ha propagado por Occidente. Y nunca olvidemos que la democracia necesita mimos y cuidados, como una planta rara y delicada, como nosotros mismos estamos comprobando ahora, si no queremos que se agoste y muera. La democracia está en peligro. Aquí y en toda Europa por falta de cuidados, de atención, de celo y de vigilancia.

Armenia es el símbolo a seguir. Sin duda alguna. Por duro que sea el camino, la libertad es irrenunciable, porque el hombre doblegado vuelve a su condición de origen animal, más o menos domesticado. Mientras escribo, la voz quebrada, rota por la emoción y trémula de ese genio armenio/francés que era Charles Aznavour canta esa canción doliente y lacerada que es Ils sont tombés, compuesta y dedicada a los cientos de miles de asesinados en el genocidio armenio. «Cayeron/ sin saber bien por qué/hombres, mujeres, niños/que solo querían vivir/...mutilados, masacrados/con los ojos llenos de horror/...nadie levantó la voz/... cayeron/púdicamente sin ruido/convirtiéndose en un instante en minúsculas flores rojas/pronto cubiertas de arena y de olvido...».

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