Noviembre cabalga hacia las estancias de su despedida bajo ese ruido consumista del Black Friday ante el que recordamos que, dentro de poco, estaremos ‘hasta las luces’ de los habituales excesos en los que se regodea ese fenómeno inclasificable que no descansa ni en tiempos de pandemia: la ‘pre-Navidad’.

Noviembre es, más allá de toda la luminotecnia comerciante, el mes que lucha hasta empapar con tonos morados los últimos suspiros del almanaque. A noviembre le deberemos algún día la agonía de la violencia de género, tal y como he deseado al leer los reportajes publicados en este diario por mi compañera en ‘el pupitre del sindicato del vidrio’ de La Opinión de Málaga, Ana I. Montañez. El dolor que nos inyecta cada retorno de esta lacra a la cortina sangrienta del telediario se torna en emoción y esperanza cuando la reivindicación más justa resuena sincera en el patio de un colegio, en la ventana teñida de morado en cualquier casa o en esos testimonios que salen directamente del corazón para anudarnos un pellizco en la garganta.

Esta última sensación me embargó, hasta erizarme la piel con la verdad y los recuerdos, cuando el jueves por la noche me encontré casualmente en las redes sociales con un vídeo en el que mi vecino Salvador Rosado -Salvador el de los helados para tantos niños ahora cuarentones de Cuevas del Becerro- proclamaba al filo de sus 93 años uno de los gritos más hermosos y necesarios a los que hemos asistido esta semana. «Le digo a los hombres que se unan a las mujeres en esta lucha común contra los violentos, contra estos violentos que tanto daño y tanto le han hecho sufrir a las mujeres a lo largo de la vida; es rara la semana que no hay una mujer asesinada, esto no termina...», asegura el cueveño que me regaló el primer libro de mi infancia en una intervención de dos minutos y medio contra la violencia machista, en la que nos transmite cuánto merece la pena la lucha cuando se trata de sembrar justicia en este camino agridulce llamado vida.