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La socialdemócrata griega Eva Kaili. EP

Imaginemos el momento en el que alguien accedió a la exvicepresidenta del Parlamento Europeo, Eva Kaili, y le ofreció un soborno. ¿Cómo fue? ¿Dónde quedaron? Mis fantasías cinéfilas me llevan a una recepción oficial, a un entorno glamuroso, a un cóctel. Pienso en alguien que sabe mover bien las influencias y accede a un cargo poderoso, como Eva Kaili, y consigue que ésta se entreviste con un tercer personaje importante y oscuro. ¿Qué le dijo? Y, ¿cómo lo dijo? ¿A bocajarro? «¿Intercede por nuestros intereses y te pagaremos generosamente?». ¿Algo así?, ¿o fue más sutil? Da igual lo que ese señor, porque viniendo de Qatar seguro que fue un hombre, dijese. Lo importante aquí es lo que ella no dijo: «No». Si lo hubiera dicho, el mundo sería un poco mejor. Nuestro descrédito por las instituciones no iría en aumento, nuestra confianza en los políticos sufriría menos vaivenes. Sin embargo, ella dijo «sí». Ella y varios políticos más. Y un proyecto común basado en valores, derechos, ilusiones y esperanza ha sufrido un serio bofetón. Europa pierde.

Sigo imaginando y me traslado al momento en el que un mandamás del mundo futbolístico español se pronunció sobre la participación de nuestra selección en este mundial. Sueño con que podría haber dado un golpe en la mesa y decir «no». ¿Qué habría pasado si hubiese sentenciado que un país evolucionado como el nuestro no formaría parte de una pantomima que solo se sostiene porque hay mucha pasta (alguna de ella muy turbia) en juego? Qué subidón hubiéramos sentido algunos si hubiera afirmado que un deporte que influye en toda la población mundial debería ser transmisor de principios que inspiren un mundo mejor.

Qué bonito habría sido que dijera que preferimos tener valores, que no damos alas y protagonismo a un país represor, pero no. Bajamos la cabeza y asentimos. Todo el mundo sabe, piensa y admite que en Qatar los derechos humanos valen lo mismo que un rollo de papel higiénico, pero todos hacemos la vista gorda porque, queridos amigos, el fútbol es muy grande y muchos de nosotros nos vendemos barato.

Hay noes más intrascendentes, pero igualmente terapéuticos. Decirle «no» a quien te pide que enchufes a un colega, al que te sugiere que le pagues en negro o a quien te pone entre la espada y la pared para que critiques a alguien. Saber decir que no a una infidelidad que no te llevará a ningún sitio, a volver con un ex por miedo a estar sola o al sobrado que te pregunta si sabes con quién estás hablando. Poner límites sienta bien. Es liberador. Cuesta, pero puede aprenderse. De hecho, a los interesados en unas cuantas clases magistrales les sugiero pasar una tarde con un adolescente. Ante sugerencias, que acaban convirtiéndose en súplicas, como baja a pasear a la perra, límpiate los dientes, ordena la habitación o empieza a estudiar, la respuesta es contundente: «no». Sin titubeos ni temblores de voz. El mundo es injusto. Unos lo tienen muy fácil y otros sucumben demasiado rápido.

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