Literatura

Los verdugos de Miguel Hernández

Juan A. Ríos Carratalá reconstruye en su nuevo libro la trayectoria humana y personal de quienes ejecutaron órdenes y sentencias a muerte en la dictadura a cambio de generosos sueldos y ascensos en el trabajo

08.11.2015 | 13:31
Ilustración del poeta Miguel Hernández a partir de un retrato fotográfico.

El libro

  • «Es muy desagradable indagar en este tema». Alejarse de las técnicas del ensayo y acercarse a la ficción, a la novela, sin ahondar ni mucho menos en la imaginación, es lo que ha empleado Ríos Carratalá para la redacción de su nuevo libro. «Seguramente un novelista no se habría atrevido a contar estas historias», agrega Ríos Carratalá, sobre la investigación, «sobre lo desagradable que es indagar en todo este tema». «Es duro ver la mediocridad de esta gente, cuando se condena por un párrafo, sin pruebas, si pesquisas, con testimonios interesados». «No se movían por cuestiones ideológicas, solo por conseguir un gran destino», concluye.

­El retrato de los ejecutores de la represión franquista es una de las tareas pendientes en la investigación histórica que, de la mano del profesor Juan Antonio Ríos Carratalá, viene a paliarse con su nueva obra Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (coedición de Renacimiento con la Universidad de Alicante, y de próxima salida al mercado este mes de noviembre).

Solo se explica así que, pese a las montañas de papel que se apilan sobre el juicio y condena a muerte al poeta Miguel Hernández, nadie hasta ahora había reconstruido la trayectoria humana y profesional de los magistrados y fiscales que firmaron aquella sentencia. Porque... ¿Qué fue de ellos tras aquella resolución judicial? ¿A dónde se encaminaron sus carreras? ¿Fueron o no «recompensados»? Este es, en definitiva, un quién es quién vital y necesario que viene a desvelar asombrosos casos donde se cumple a rajatabla el famoso tópico de cuando «la realidad supera la ficción».

Y vaya si lo es. Según la investigación del profesor Ríos Carratalá, el juez Manuel Martínez Gargallo (el verdugo del poeta oriolano) se dedicó al articulismo de humor y se integró como miembro destacado de la Generación del 27. Eso, en cambio, no impidió que al término de la Guerra Civil impusiera su puño de hierro y condenara a muerte a los mismos ilustradores de sus cuentos. Sin escrúpulos y sin condescendencias.

Martínez Gargallo supo además disfrazar su doble vida en la dictadura, al actuar y liderar los grupos represores contra los homosexuales cuando él mismo, según los testimonios recabados en este ensayo, era un conocido asiduo de los ambientes gay en los años de la República. «Todo el que tenía un pasado p0lémico sobreactuaba para bloquear posibles dudas. Porque ser homosexual en la España de 1939 y 1940 era problemático», agrega Ríos Carratalá.

Ante el talento y los elogios que despachaban intelectuales como su amigo y periodista César González Ruano, Martínez Gargallo también logró ocultar sus trapos sucios. De hecho, a finales de los años 20, se apoderó de los trabajos y la remuneración de algunos compañeros suyos en la revista de humor, por lo que fue denunciado y expulsado de la publicación. «Apropiarse de textos de Miura era de bastante jeta», comenta el profesor de la UA.

La estela que nos deja Martínez Gargallo en una exitosa y cómoda carrera hasta su retirada sigue los pasos de otros responsables del juicio al autor de Vientos de pueblo como Antonio Baena, quien actuó como secretario cuando se hizo pasar por abogado (no tenía más que unas asignaturas aprobadas). Años después, ironía, sarcasmo, incredulidad y esperpento todo al mismo tiempo, Baena culminó su carrera como alto funcionario del Ayuntamiento de Córdoba e incluso con Julio Anguita en la alcaldía. «No lo sabía ni el propio Anguita. Cuando se lo conté se sorprendió muchísimo. Él sabía que era un hombre conservador, pero no imaginaba nada de esto», agrega Juan A. Ríos Carratalá sobre este caso que ejemplifica cristalinamente cómo los ejecutores de sentencias y órdenes en consejos de guerra y de postguerra en el franquismo obtuvieron generosos puestos de carrera pública, ascensos meteóricos y jugosos sueldos.

«La mayoría de todos ellos eran voluntarios. Incluidos los del juzgado especial de prensa (quien condenó a Miguel Hernández a muerte). Pueden haber motivaciones distintas, había gente que simpatizaba con el régimen, pero más allá de eso, la intención de todos ellos es escalar puestos en la escala de funcionarios, conseguir un punto destacado, ganar dinero, un mejor destino. Es lo que llamo "la banalidad del mal", porque la gente firmaba sentencias de muerte para no tener problemas y conseguir un mejor puesto. Y estaban allí pese a su pasado discutible», reflexiona Ríos Carratalá respecto a su nuevo libro, que abarca otros muchos casos de periodistas y escritores al que ha dedicado varios años escudriñando en archivos de toda España.

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