Música

Pierre Boulez: Descanse en paz el incansable

Con su fallecimiento perdemos al compositor de música clásica más influyente de la segunda mitad del siglo XX y a un tremendo divulgador del talento

09.01.2016 | 05:00
Pierre Boulez, en una reciente imagen durante un recital ejerciendo su magisterio ante la partitura.

El maestro también creó instituciones como el célebre Instituto de Investigaciones Musicales (Ircam) y el Ensemble InterContemporain

Boulez fue el compositor más influyente de la segunda mitad del siglo XX, además de promotor y gestor de grandes iniciativas de renovación musical y director de orquesta auténticamente estelar en el mundo entero. Formado en París con el mítico Olivier Messiaen, desarrolló un lenguaje muy distante del de su maestro y llevó al extremo límite la revolución dodecafónica iniciada por Arnold Schoenberg. En los festivales de Darmstadt de los años cincuenta, que señalaban el camino a seguir por todos los innovadores del momento, compartió liderazgo con el italiano Luciano Berio y el alemán Karl Heinz Stockhausen, pero fue el único que acertó a radicalizar la armonía de doce tonos enteros en el llamado serialismo integral, un sistema basado en el tratamiento por series de todos los parámetros de la música: no solo las alturas, también los tiempos, los ritmos, y todo, los timbres. Este sistema ejerció un férreo imperialismo estético durante mas de treinta años, llevando tras de sí a la inmensa mayoría de los creadores interesados en erradicar los últimos restos del expresivismo postromántico. Las escuelas tímbricas europeas y americanas bebieron en sus fuentes, y hasta el espectralismo francés deriva de sus investigaciones sobre el timbre en movimiento.

Su influencia estética se expresó en paralelo con las instituciones musicales creadas por él mismo, tales como el celebre Instituto de Investigaciones Musicales (Ircam) y el Ensemble InterContemporain que formaron parte sustancial del Centro Pompidou de París hasta integrarse en la Cité de la Musique, igualmente promovida por Boulez durante el mandato presidencial de Mitterrand. Estos núcleos de reflexión teórica y sonorización paradigmática de la nueva música tuvieron durante mucho tiempo, y siguen teniendo, un magnetismo extraordinario en los jóvenes compositores de los países cultos, hasta el punto de alzarse una tácita frontera entre el valor rupturista de los formados en ellos y el supuesto conservadurismo de los que no se interesaron por sus métodos y hallazgos.

De esta polarización nació una sombra de dogmatismo –nunca querido por Boulez– y una dinámica de reacciones y rechazos enfrentados a la veneración incondicional de los adeptos. Las generaciones de jóvenes compositores fueron alineándose contra el boulezismo, en unos casos por considerarlo agotado y en otros por el puro automatismo psicoanalítico de matar al padre. Boulez no decretaba quiénes valían y quiénes no, pero la simple elección de obras y autores interpretados por el Ensemble InterContemporain delataba las preferencias del gran gurú y su equipo de pretorianos. Con la perspectiva de hoy es evidente que la música del pasado siglo sería infinitamente más pobre sin sus aportaciones teóricas y prácticas, recogidas en varios libros. La soberbia belleza de obras como Le marteau sans maitre, Pli selon pli, Reponse o Notations para gran orquesta, por citar algunas de las más celebradas, consagra la creatividad desbordante del gran teórico.

Como director orquestal fue no menos notable. Su dedicación a los podios del mundo fue en principio gradual pero se hizo invasiva en etapas que evidenciaban en el permanente peregrinaje intercontinental su titánica capacidad de trabajo. Durante años fue, simultáneamente, director titular de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, la Sinfónica de la BBC londinense y el Ensemble parisino.

Después prefirió el rol de director invitado, sin vincular su tiempo a obligaciones de temporada. Es de entonces la convulsión del wagnerismo internacional ante su Tetralogía para el Festival de Bayreuth. Se trataba de la producción del centenario, en 1976, que hizo con el escenógrafo también francés Patrice Chereau. Boulez ya había dirigido allí Parsifal, obra predilecta que retomaría posteriormente en el mismo foso sagrado. Pero el trabajo Boulez/Chereau en El anillo del nibelungo acabó súbitamente con todas las rutinas de la producción wagneriana. El año del estreno fue un fracaso, abucheado por los más. Seis años después, la última vez que estuvo en cartel, las ovaciones finales duraron una hora y media, auténtico récord, incluso en Bayreuth.

Siguió trabajando incansablemente en la escritura, la interpretación, las grabaciones y la educación selecta hasta el borde de los 90 años, edad con la que ha dado su adiós. Fue generoso en la creación de festivales o centros de enseñanza como el Ircam, donde se formó el compositor grancanario Juan Manuel Marrero, o la escuela del Festival de Lucerna, que ha dado directores españoles como Pablo Heras Casado. Con motivo de dos conciertos en el Festival de Música de Canarias, tenazmente gestionados por Rafael Nebot, pudimos conocerle y tratarlo de cerca. El primero con la Orquesta de París y el segundo con el Ensemble Inter- Contemporain fueron oportunidades inolvidables valorar en su palabra una fe inextinguible fe en la juventud, la plena genialidad en los cuatro frentes de acción y su talla legendaria en la manifestación de una inteligencia profunda y rigurosa que nunca perdía el acento del humor. Descanse en paz el incansable.

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