Crítica

Del Holandés Errante a Tannhäuser

29.02.2016 | 12:29
Imagen de los ensayos de la OFM para «Tannhäuser».

Si Klaus Weise levantaba el telón del Cervantes en la temporada noventa y nueve dos mil para la puesta en escena de Der Fliegende Holländer, más de una década después, ese mismo escenario acogería la propuesta del maestro Pedro Halffter de su adaptación del quinto título del compositor alemán Ricardo Wagner. Asistíamos, entonces, a la escena propuesta del Festival de Savonlinna de Finlandia, con un elenco vocal deslumbrante y la participación de la Filarmónica en el foso y el Coro de Ópera de Málaga entre las tablas. De aquella apuesta, hoy en la edición veintisiete de la Temporada Lírica, estos dos últimos protagonistas asumían la adaptación que Halffter realizó hace dos años del Tannhäuser.

Versión sinfónico-coral, que prescinde de la actuación de los solistas vocales, caracterizados por distintos instrumentos solistas que mantienen el hilo dramático que encierra el libreto concebido por Wagner, concentrando la atención en la fuerza de la línea musical y coral. Halffter realiza un ejercicio no sólo compositivo, que va más allá de adherir los distintos segmentos que componen esta ópera, sino que intenta recrear el alma misma del drama. Tres movimientos asumen los actos homólogos que articulan la ópera.

Wagner mantenía un diario en el que anotaba todas sus vivencias e incluso las más mundanas. Gracias a este, sabemos que el origen del libreto está en la vuelta del músico a Alemania, en el viaje, vería desde el carruaje el castillo de Warburg protagonista en la Edad Media de míticos torneos de canto que junto a lectura de distintas leyendas alemanas conforman el sustrato de la historia, completado con el Venusberg, identificado con el Hörselberg en la región de Turingia. En apenas tres años, del cuarenta y dos al cuarenta y cinco, Dresde, con Wagner como director de la ópera del ciudad, verá el estreno de la ópera, acogida con frialdad y división de opiniones que resultaría más estrepitosa en la revisión llevada a cabo para el estreno parisino, a pesar de contar con el habitual ballet, que para la ocasión el compositor ubica tras la obertura. En la actualidad, las puestas en escena combinan o concurren los distintos planteamientos del título más revisado por el autor, puesto que existe una tercera vuelta con motivo del estreno vienés.

Pedro Halffter hace suyos todos estos materiales y nos plantea un hilo dramático que casa perfectamente con la propia dinámica orquestal concebida por el autor. Da continuidad a la obertura con la escena del Venusberg configurando un primer movimiento-acto con mucho sentido sin empañar la sucesión de leitmotiv, algo que hubiera dado al traste toda la idea. Aún así, y aunque aún no está completamente definida la idea de melodía infinita, una oportunidad de desarrollo que puede también apreciarse en El buque fantasma, el director español consigue trasladar el hallazgo en su concepción sinfónica de la ópera, sin desvirtuar o modificar la partitura.

Que la propuesta de Halffter haya sido incluida dentro de la Temporada Lírica puede suscitar lógicos y encendidos argumentos, que si bien todos deben ser considerados lo cierto es que hemos tenido la oportunidad de escuchar con nuestra orquesta y el Coro de ópera de Málaga un primer contacto con uno de los títulos del Canon de Bayreuth. Y aún quedando muy lejos del sueño de Ceccato, es justo enmarcar en este plano la versión propuesta. Lo que sí queda claro es la capacidad y el talento demostrado por ambos conjuntos, que obrarían una versión compacta y por supuesto posible, trasladando a la voluntad y apuesta del teatro la disposición de asumir con éxito una puesta en escena de la ópera. Ciento setenta y un años después, sólo la altura de miras hará posible que el peregrino vuelva a ser redimido en el coliseo de Málaga, aunque tendremos que seguir aguardando, quizás antes del bicentenario. El tiempo o la de templanza guardan la respuesta.

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