30 años de urbanismo

La Málaga actual se diseñó en 1983

Hace 30 años, apoyado en un potente movimiento vecinal y en un fuerte espíritu de cambio, el primer Ayuntamiento democrático encargó un plan general a tres jóvenes arquitectos

20.01.2014 | 17:25
Aspecto del Paseo Marítimo por La Malagueta, en 1983.
Aspecto del Paseo Marítimo por La Malagueta, en 1983.

El 3 de abril de 1979 las primeras elecciones municipales de la democracia aupaban como primer alcalde democrático a Pedro Aparicio, un médico de Carlos Haya semi desconocido entonces en la ciudad. Aparicio, que comenzó a gobernar con el apoyo del Partido Comunista y del Andalucista, colocó al frente del área de Urbanismo a José Asenjo, hombre fuerte del PSOE.

Una de las primeras decisiones que ambos hombres tomaron fue dotar a la capital de un plan que permitiese ver las carencias y las necesidades de una ciudad adormecida por los años de dictadura.

Cuando ambos, de manera simbólica, abren la ventana y contemplan la ciudad que deben gobernar se encuentran un panorama desolador. Más allá de actuaciones encomiables pero aisladas realizadas por alcaldes anteriores como Francisco García Grana, Málaga era una ciudad en declive, con carencias intolerables de equipamientos de todo tipo, con barriadas que apenas tenían el nombre, con calles semi urbanizadas o que eran simplemente terrizas, con mínimas infraestructuras de saneamiento, de alumbrado y con carencias de dotaciones elementales como zonas verdes, colegios o centros de salud. Y lo peor, según Damián Quero, uno de los arquitectos que diseñaron el plan general de 1983, «algo no habitualmente tratado, que era la incompetencia de las administraciones públicas para reconducir el urbanismo y el crecimiento de la ciudad».

Había que ponerse manos a la obra. «Había que situar a la ciudad en una situación de normalidad», en palabras, 3o años después, del concejal José Asenjo.

La clave era dotar a la ciudad de un PGOU, de un plan general de urbanismo que pusiera orden y sirviera de base para «normalizar» Málaga

El equipo que Asenjo y Aparicio eligen para redactar el PGOU es el mismo que pocos años antes había redactado el Plan de Rehabilitación de Trinidad-Perchel y protagonizó otras acciones como evitar la desaparición de las casas de pescadores de Pedregalejo y que venía de ganar las elecciones del Colegio de Arquitectos. Damián Quero, Salvador Moreno Peralta y José Seguí, tres jóvenes arquitectos que frisaban poco más de 30 años y con la valentía de dar a la ciudad los elementos para su modernización y su crecimiento y poner fin a su anarquía urbanística.

Comenzaron en un modesto piso ubicado en la calle Cervantes, nada que ver con el mamotreto que es ahora el edificio de la Gerencia. Como todo estaba por hacer, las cosas en principio no fueron fáciles. A los problemas económico que hizo que los arquitectos estuviesen los primeros seis o siete meses sin cobrar ni un duro, se unieron los recelos que tanto en la ciudad como en el Ayuntamiento inspiraban unos jóvenes arquitectos tachados de «rojos».

«Hasta que no logramos concebir y armar un avance del Plan, no logramos que alcalde Pedro Aparicio y el concejal de Urbanismo, José Asenjo, no nos concedieron credibilidad como equipo profesional. Pero eso cambió y aceptaron entonces con entusiasmo nuestro trabajo para proponerlo a la ciudad como gran proyecto colectivo», recuerda Damián Quero.

A partir de ahí la simbiosis fue perfecta. Había «un espíritu ilusionado y militante», señala Salvador Moreno Peralta, que impregnó la relación de los técnicos y los políticos. «Ambos, –recuerda Asenjo– estábamos imbuidos de un mismo espíritu de cambio. Fue una relación fértil y que ya se ha perdido pues ahora los partidos nos creemos que lo sabemos todo y no aceptamos lo foráneo».

Pero el posibilismo del PGOU, lo que hizo que fuera un plan útil y trascendente para el futuro de la ciudad fue la participación y colaboración que los arquitectos redactores supieron encauzar de las asociaciones de vecinos, entonces con una gran pujanza e imbricadas en las necesidades de sus barrios, y la de los promotores y propietarios de grandes pastillas de suelo en la ciudad y que tenían derechos urbanísticos adquiridos.

«El trabajo coordinado con las asociaciones de vecinos de cada barriada, la contribución con su información, expresión de sus reivindicaciones y participación en el propio debate técnico fue decisivo para un buen plan», según la reflexión de Damián Quero. Al respecto, José Seguí y Asenjo recuerdan que las reuniones con las distintas asociaciones «fueron centenares» pues se hacían casi a diario.

Más ardua, pero con resultados magníficos, fue la negociación con los promotores. Estos venían con sus derechos urbanísticos consolidados de la época anterior y reconducir esas pretensiones sólo fue posible con muchas negociaciones. «Estas fueron ejemplares por los acuerdos que se tomaron, que resultan impensables hoy día», aclara José Seguí .

Damián Quero abunda en que «con excepciones, los empresarios locales se manifestaron con responsabilidad y racionalidad que hoy vemos como envidiables».

A ello contribuyó de manera determinante la situación política y social que se vivía entonces. Lo explica José Seguí cuando habla de que «todo resultó favorable pues los tiempos corrían a nuestro favor: la gran ansia de democracia y de cambio, la fuerza reivindicativa de las asociaciones vecinales, el afán de diseñar una ciudad moderna». «Por eso se logró –en lenguaje coloquial de Salvador Moreno Peralta– meter en vereda a la promoción inmobiliaria hacia cauces más civilizados y menos arrogante». En definitiva los promotores se adaptaron bien «y eso facilitó mucho el desarrollo del plan», según la explicación final de Asenjo.

Los tres redactores del plan contaron con la ayuda profesional de Manuel Solá Morales, que fue profesor de ellos y entonces era ya un arquitecto de amplio prestigio y que se convirtió en el ideólogo del plan.

Con todo estos elementos, el PGOU de 1983 salió finalmente adelante. Como ingrediente importante hay que decir que se trataba del primer plan general que se hacia en España adaptado a la Ley del Suelo de 1976 «y todos los ojos estaban puestos en el resultado de este plan», recuerda Moreno Peralta «para bien y para mal».

El resultado fue ejemplar y sus consecuencias positivas se prolongan hasta hoy pues hay que señalar, de entrada, que el PGOU de 1983 es el que ha marcado el desarrollo de la ciudad en estos treinta año. «El PGOU del 83 hizo el diseño de la ciudad que ahora tenemos», remarcó José Seguí, para quien los dos planes posteriores «han estado basados en las directrices marcadas por ese primer plan».

Dicho de otra manera, la mayoría de los grandes desarrollos, proyectos e infraestructuras que hoy son una realidad o están culminándose, se diseñaron y planearon en aquel primer plan de hace 30 años. Por ello sus redactores y el propio Ayuntamiento recibieron con orgullo el reconocimiento del Gobierno que en 1985 otorgó el Premio Nacional de Arquitectura al PGOU de Málaga, siendo la primera vez que se premiaba a un plan de una gran capital.

El Parque Tecnológico de Andalucía (PTA), la creación de Teatinos como gran barrio de expansión de Málaga, el desarrollo y transformación de todo el litoral Oeste, el campus universitario en Teatinos, Parcemasa, la transformación del Puerto, el túnel de la Alcazaba, el dar al Centro histórico un plan especial de conservación y protección, dotar a los barrios de planes de infraestructura básicos, son temas que tienen su origen y su diseño en el PGOU del 83.

El plan tuvo un último escollo. Cuando llegó el momento de aprobarlo se acababan de producir las transferencias de competencias del Estado a la Junta y ésta «ensayó y se ensañó con el plan, aprobándolo pero con un sinfín de modificaciones que hubo que incorporar a lo largo del primer año de la Gerencia de Urbanismo. La Junta tenía que dejar bien claro, y sin complejos, que mandaba sobre la autonomía municipal», evoca Moreno Peralta.

Seguí añade que las «fuertes tensiones con la Junta eran producto también de la novedad que resultaba para todos el hacer un plan general. Se trataba del primer plan general que se hacía en España con la democracia y todas las miradas estaban puestas en nuestro trabajo y en su resultado».

Finalmente salió adelante. La consecución de un plan general nuevo y radicalmente distinto exigía «cambiar el destino de la ciudad renovar radicalmente la administración del urbanismo, crear una nueva. Y elegimos la creación de la Gerencia de Urbanismo», cuenta Damián Quero. El Ayuntamiento pidió asesoramiento a especialistas en organización administrativa para definir el nuevo organismo, su contenido y sus modos de relación con la administración tradicional del Ayuntamiento.

Se pretendía un órgano que diera agilidad y eficacia empresarial al urbanismo del nuevo régimen, imposible con las anquilosadas estructuras burocráticas del régimen franquista.

El primer gerente municipal iba a ser Damián Quero, pero fue llamado a ocupar la dirección general de Urbanismo del primer gobierno de Felipe González, por el ministro Julián Campo. Así que la gerencia la inauguró Salvador Moreno, mientras que José Seguí ocupó en jefe de Planeamiento. Ambos se marcharon a finales de 1085.

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