Al azar

España, condenada por las siglas de las siglas

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Matías Vallés Guindos responsabiliza a Bruselas de los despidos en la banca española». Si este titular de prensa es posible, y lo ha sido, la economía ha alcanzado el grado máximo de desorientación. Según el ministro de Rajoy, los trabajadores españoles afectados deben dirigirse a la capital bruselense de un país belga que ni siquiera existe como tal, y localizar la sede de una Unión Europea todavía más vaporosa. Una vez allí, deben interesarse por seres espectrales llamados Olli Rehn o Joaquín Almunia. En la hipótesis improbable de que consigan divisarlos en la lejanía, pueden preguntarles quién les ha votado para que ocupen sus cargos imperiales. Y sobre todo, para qué se ha votado al Parlamento español.

«Guindos responsabiliza a Bruselas de los muertos en las listas de espera de la sanidad española». Es un titular de futuro y con futuro. Los desahucios inmobiliarios con voluntad de tortura ejemplarizante han servido al menos para conceder cierta visibilidad a los dramas anejos al desempleo, el trauma social más intenso que puede sufrir una persona. Si el Estado descarga en el reino de Thule la resolución de la única obsesión que debería ocuparle, está claro que España necesita la independencia con más urgencia incluso que Cataluña. La irresponsabilidad confesada por Guindos y sus compañeros de gabinete impulsará a la aparición de partidos independentistas en las próximas elecciones generales.

Hasta que llegue ese día, España se ha convertido en el culpable universal, el disolvente planetario. Fue un país que estuvo de moda y, con la misma intensidad, hoy está de moda hundir la economía española –«Al borde del abismo», el análisis más reciente de Moody´s–. A tal fin, se ha desatado una carrera de sesudos estudios formulados por instancias internacionales que nunca se responsabilizan de la veracidad de sus presagios. La OCDE o patronal de los países ricos ha sido la encargada semanal de avivar la hoguera, el FMI tiene la ventaja de que no es predictivo sino impositivo, al igual que la UE. Y el BCE presume porque paga. Sin olvidar a las agencias de calificación que encarecían a Lehman Brothers cuando lo dirigía Guindos, en vísperas del colapso del banco de inversiones. El quintacolumnismo interior está representado por el Banco de España, ávido por hacerse perdonas su complacencia con el desastre de las cajas.

Gracias a esta unanimidad en los informes, los derrotados en las sucesivas elecciones globales –Sarkozy, Romney– han utilizado a la vapuleada España como ejemplo de la degeneración a evitar en sus países. Ninguna de las instituciones agoreras previó la situación actual, una pequeña carencia que no les disuade de examinar el futuro con arrogancia y pisando fuerte. Cuando Italia condenó a los sismólogos que erraron en sus predicciones con fatales consecuencias para las víctimas de un terremoto, una ola de indignación solidaria sacudió al gremio de los expertos. Sin embargo, ninguno de ellos explicó qué sentido tiene invertir fuertes sumas en estudios sin garantías.

Por fortuna para las altas instancias, no se trata de acertar en los pronósticos, sino de coincidir con el resto de augures. Keynes explicaba las fluctuaciones de los mercados bajo el axioma de que en economía las cosas son lo que parecen, sin que la esclavitud de las apariencias le reste un ápice de artificialidad. En su comparación, la pugna entre los valores bursátiles es un concurso de belleza, donde no se trata de encontrar a la mujer más hermosa, ni siquiera a la que el consenso considera dotada de mayor hermosura. El secreto consiste en «anticipar lo que la opinión pública espera que sea la opinión pública», y así sucesivamente «hasta el cuarto o quinto grado». Con este panorama, ¿para qué se necesita a Guindos?

España ha sido condenada por las siglas de las siglas. Los totémicos OCDE, BCE, FMI o UE muestran más celo en la humillación del país citado que en aclarar por ejemplo el escándalo de la manipulación del índice libor, a cargo de los bancos más celebrados del planeta. Uno de ellos, el Barclays donde nada casualmente figura como asesor Pedro Solbes –Guindos antes de Guindos–, manifestó a través de un ejecutivo que «estamos limpios, pero más suciolimpios que limpiolimpios». En la economía futuróloga, los suciolimpios han de decidir quiénes son los suciosucios, y a la España encadenada sólo le queda la esporádica previsión optimista de un gurú como el francés Alain Minc. «Un día los mercados serán tan desmesurados en sus elogios a España como lo han sido en sus reproches». Que Dios le oiga.

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