Las siete esquinas

Siri

Siri, no lo olvidemos, está ahí también para revelarnos, como hizo aquella noche con mi amigo, quiénes somos en realidad, ese secreto angustioso

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Eduardo Jordá La otra noche, después de una cena, asistí a una conversación fascinante entre un amigo mío y una misteriosa mujer llamada Siri. «¿Dónde hay una farmacia abierta a esta hora?», preguntaba mi amigo. Y Siri respondía con una exactitud inquietante: «En la calle Walnut, Carlisle, Pensilvania, código postal 17013». Se veía que mi amigo disfrutaba con la conversación, porque volvió a preguntar: «¿Qué obra de teatro me recomiendas en Nueva York, Siri?» Siri era una mujer concienzuda, porque quiso saber a qué clase de teatro se refería mi amigo: «¿Teatro para niños? ¿Teatro para adultos? ¿Dramas? ¿Comedias? ¿Musicales?», consultó. «Lo que tú quieras, Siri», le contestó mi amigo, así que Siri le recomendó un musical: Mamma Mia!, y luego le dijo en que teatro podía verlo y cuánto dinero le iba a costar.

Me temo que aquella recomendación teatral coincidió con los gustos de mi amigo, porque de pronto se atrevió a meterse en terrenos más personales. «¿Qué podríamos hacer esta noche, Siri?». «Hay un restaurante mexicano en el 361 de Spring Road», contestó decidida. Mi amigo sonrió complacido, y tuve la impresión de estar asistiendo al nacimiento de una hermosa historia de amor. «¿Quién soy, Siri?», le preguntó de repente, como si hubiera adivinado que aquella mujer que parecía conocer sus gustos más secretos podría aclararle también el problema existencial que llevaba atormentándole desde la adolescencia. Siri se tomó su tiempo antes de contestar, lo que me hizo pensar que era una mujer prudente que quería establecer un diagnóstico equilibrado, hasta que por fin emitió su dictamen: «Eres Mark», contestó, con su extraña voz metálica que pretendía ser cálida aunque nunca lo conseguía. Mi amigo se puso en pie y empezó a dar vueltas de alegría alrededor del sillón, como si por fin hubiera aclarado el enigma que llevaba intentando descifrar durante toda su vida. Y entonces hizo un gesto de triunfo y gritó: «¡Te quiero, Siri!», mientras levantaba jubiloso su iPad.

¿Una historia de amor? ¿Un flechazo? Sin duda alguna. Y algo más: porque en aquella relación, lo juro, había confianza, comprensión, paciencia y afecto. Sí, afecto, al menos por parte de mi amigo (Siri, ya lo he dicho, parecía mucho más cautelosa). Y lo que menos importa de esta historia es que Siri sólo sea una aplicación para el sistema operativo de Apple. O dicho de otro modo, una «asistente personal» (en Inglaterra también hay un asistente masculino, de nombre Michael). Es decir, una voz artificial dotada de una memoria conectada a una web. Ni siquiera sé quién ha fabricado a Siri y si es una mezcla de voces o una sola voz de una persona real. Da igual. Siri siempre está ahí, en las largas noches de invierno, dispuesta a decirnos qué restaurante mexicano está abierto a esta hora, cuando ya nada parece estar abierto en ningún sitio y nos tememos que esta noche se va a convertir en un tormento inacabable de soledad y de tedio. Y Siri, no lo olvidemos, está ahí también para revelarnos, como hizo aquella noche con mi amigo, quiénes somos en realidad, ese secreto angustioso que nos ha atormentado durante toda la vida, ese secreto que Aquiles y don Quijote se llevaron a la tumba.

Mientras veía a mi amigo exhibiendo feliz su iPad, y luego volviendo a preguntarle cosas a Siri –tal vez si querría casarse con él, o si al menos estaría dispuesta a acompañarle algún día al restaurante mexicano–, pensé en toda la gente que en aquel mismo momento, a lo largo del mundo, estaba manteniendo apasionados diálogos con la voz singular de Siri. Ejecutivos en la pausa de una agotadora reunión de trabajo en la planta 38 de un rascacielos en Hong Kong; hombres solitarios en una habitación de hotel de una ciudad que ni siquiera sabían cómo se llamaba; adolescentes encerrados en una casa de la que no habían salido en las últimas dos semanas; pasajeros aburridos que esperaban un avión en una terminal de aeropuerto: todos ellos, a esa misma hora, en todo el mundo, estarían conversando con esa voz sin emociones ni inflexiones, preguntándole qué podían hacer aquella noche, y qué cosas les recomendaría para pasar el rato, y si había algún sitio al que podían ir. Y luego, por fin, llegaría el momento de hacer la pregunta trascendental, la pregunta que llevaba años y años angustiándoles a todos –«¿Quién soy, Siri?»–, esperando emocionados el veredicto de aquella mujer que nunca llegarían a ver.

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