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Zoofilia

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Joaquín Rábago Todos hemos oído hablar del sexo con animales. Basta leer el Antiguo Testamento o los relatos mitológicos de la antigüedad. La Biblia lo castigaba incluso con la pena de muerte, y en la Europa medieval algunos de quienes lo practicaban fueron ejecutados por el nefando crimen.
Y ¿quién no ha visto los cuadros que la mitología griega, con sus leyendas sobre los disfraces animales que adoptó Zeus para seducir a sus víctimas, inspiró a los grandes artistas del Renacimiento: el de cisne para engañar a Leda, el de toro para raptar a Europa o el de águila, pues el padre de todos los dioses era bisexual, para llevarse al joven Ganímedes?

Están también las leyendas sobre la voracidad sexual de famosas mujeres como la emperatriz Teodora, de Bizancio, de la que se dice que utilizaba animales en sus orgías, o la rusa Catalina la Grande, famosa por su gran apetito sexual, que no sólo lo satisfacía con los hombres de su corte que se le ponían a tiro, sino también –se non è vero é ben trovato– con los caballos. Incluso se llegó a correr el falso rumor de que había muerto mientras copulaba con un individuo de la raza equina.

La zoofilia, o lo que suena mucho peor, el bestialismo, ha existido siempre y seguramente no dejará nunca de existir. Lo que no impide que esté prohibido en muchos lugares como en el algunos Estados norteamericanos mientras que en otros países es legal siempre y cuando, por ejemplo, el animal no resulte lastimado.

En Alemania se suprimió en los años sesenta del pasado siglo la ley que prohibía expresamente dichas prácticas aunque ahora, según leemos, se trata de resucitarla. Lo más interesante, sin embargo, son los argumentos utilizados por sus proponentes y quienes la rechazan.

Estos últimos arguyen que las relaciones sexuales con animales debe seguir toleradas siempre y cuando no medie violencia alguna ni se inflijan daños físicos al animal, algo que estaría ya castigado por ley en este momento.

Las organizaciones defensoras de los animales y los proponentes de la nueva legislación responden que deben prohibirse tales prácticas porque se obliga al animal a un comportamiento «contra natura» sobre el que ése no puede pronunciarse: es decir, ni aceptarlo ni rechazarlo.
Al menos en los países occidentales, la moral sexual ha experimentado profundos cambios hasta el punto de que hoy prácticamente todo tipo de relaciones de ese tipo están permitidas siempre que haya mutuo consentimiento entre quienes las partes.

Como parte de ese movimiento progresivo de liberación sexual se abolió en 1969 el artículo que penalizaba en Alemania la práctica del sexo con animales.

Hoy, sin embargo, los argumentos esgrimidos son otros: los animales no pueden articular su gusto o su disgusto por esas prácticas a las que los someten, con lo que se produce una asimetría, una relación de dominación incompatible con el respeto debido a esas criaturas, que se convierten de ese modo en nuestros esclavos. ¡O tempora, o mores!

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