Impresiones

Un papa comprometido

20.07.2015 | 05:00

Me gusta el papa Francisco, jesuita en el rigor de su formación intelectual y franciscano por vocación de cercanía a los más desfavorecidos. Desde que fue elegido para ocupar la silla de Pedro en el cónclave que sucedió a la renuncia de Benedicto XVI, no ha dejado de enviar señales de que desea una Iglesia diferente, menos preocupada por el sexo o el ceremonial que por las desigualdades y las injusticias. La encíclica que ha publicado, Laudatio si, escrita de su puño y letra, es en parte un grito contra el calentamiento global, contra quienes se lucran con él y a favor de quienes pagan la factura de una explotación irracional de los recursos. También es un grito de angustia sobre el futuro de nuestro planeta y sobre el mundo que vamos a legar a nuestros hijos. A diferencia de esa Iglesia tradicional tan temerosa de que la ciencia pusiera en solfa sus dogmas, Francisco parece pensar con Kant o Goethe que ciencia y religión pueden caminar de la mano sin miedos ni interferencias. Es lo que también piensa Benedicto XVI con más cautelas. La advertencia papal llega cuando se prepara en diciembre en París otra cumbre sobre el clima, su deterioro y las consecuencias que eso puede tener sobre una humanidad que no deja de crecer pues si hoy somos 7.500 millones, en 2050 seremos 10.000. Si no tomamos medidas ocurrirán una de dos cosas: o lograremos arreglarlo más adelante a un coste muy superior al actual, o no lo lograremos y acabaremos con la vida humana sobre la tierra porque supongo que las cucarachas y las ratas se adaptarán, como lo han hecho a lo largo de los eones. La buena noticia es que lo sabemos y que cada día son menos –aunque los hay– quienes niegan esta relación entre clima y sostenibilidad; la mala es que el tiempo se acaba y es preciso que en París se ponga mucho dinero encima de la mesa junto con medidas tajantes y obligatorias para todos y eso no es seguro que vaya a suceder.

Pero al margen de su testimonio personal, como vivir en la residencia Santa Marta en lugar de ocupar el palacio Apostólico, de circular por Roma en un modesto utilitario o usar en La Paz el mismo auto que había usado Juan Pablo II hace 33 años, y de su cruzada en contra de la injusticia y a favor de los más pobres, de no condenar la homosexualidad («¿quién soy yo para condenarles?») y de poner el acento en pecados «nuevos» como la corrupción y pagar salarios de miseria, quiero destacar sus esfuerzos en el campo de las relaciones internacionales: comenzó llamando al orden a israelíes y palestinos, que juntos plantaron un árbol de esperanza en los jardines vaticanos aunque luego el problema siga sin arreglarse porque las partes no se atreven a hacer lo que saben que tienen que hacer. Por eso el Vaticano ha dado un nuevo empujón con el reconocimiento formal del Estado Palestino. Luego Francisco no tuvo pelos en la lengua a la hora de utilizar el sustantivo «genocidio» para referirse a la matanza de un millón y medio de armenios (cristianos) por los turcos en 1916, un asunto que todavía hoy levanta ampollas en Ankara. De esa forma hacía patente la preocupación vaticana por la «limpieza religiosa» que se produce en Oriente Medio, donde en un siglo han pasado de ser el 20% de la población a tan solo el 4%. Y cabe recordar que los cristianos no llevan en la región más tiempo que los judíos pero sí 600 años más que los musulmanes.

Luego el Papa ha tenido un papel importante en la reconciliación entre los EEUU y Cuba, que no se hablaban desde que Fidel Castro echó de La Habana al corrupto dictador Batista en 1959 para instaurar un régimen comunista. Allí las han visto de todos los colores con la invasión de Cochinos, el bloqueo, los intentos de la CIA por acabar con la vida de Fidel o los coqueteos de éste con Kruschev durante la Guerra Fría para convertir la isla en una base de misiles soviéticos, algo que puso al mundo al borde de un conflicto nuclear. Con la ayuda del papa Francisco, la liberación de Alan Gross y la propia evolución de la vociferante minoría cubana exiliada en Miami, Obama ha sido capaz de sacar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo, allanando así el camino para el restablecimiento de relaciones diplomáticas y el intercambio de embajadores, que se producirá uno de estos días, aunque todavía faltará abrogar el absurdo régimen del embargo, que es una decisión que depende del Congreso. Y estos días se ha anunciado una iniciativa del Vaticano para empujar las conversaciones que celebran en La Habana miembros del gobierno de Colombia con el grupo terrorista de las FARC con vistas a la reconciliación nacional tras 20 años de guerra y sufrimiento y que atraviesan un momento crítico que las puede hacer fracasar.

Y en su último viaje a Ecuador, Bolivia y Paraguay nos ha recordado que la justicia social «no es una forma de limosna» sino «una verdadera deuda» del Estado y calificó a la corrupción como «cáncer» que roba el trabajo del pueblo. Cuando Stalin preguntó cuántas divisiones tenía Pío XII demostró que era un ignorante. Al papa Francisco no le hacen falta soldados para influir, lo sabe y lo está poniendo en práctica, convencido de que el mundo necesita un rearme moral y orientaciones de largo alcance para que lo urgente no nos haga olvidar lo verdaderamente importante.

*Jorge Dezcállar es embajador de España

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