Las cuentas de la vida

Los falsos ídolos

17.08.2015 | 05:00

A menudo, el pasado sirve para iluminar el presente desde los ángulos más imprevistos. Pensemos en Lutero, el reformador que fracturó la unidad de la Iglesia católica en Occidente. Leído desde el siglo XXI, su pensamiento puede resultarnos obtuso y lejano, poco acorde con los intereses de nuestro tiempo; pero se trata de una impresión errónea, aunque sólo sea por el inmenso don de su escepticismo. En un artículo publicado en la prensa hace algo más de dos décadas, José Jiménez Lozano argumentaba que Lutero fue básicamente un creyente que se asía a una descreencia fundamental: negar que la Historia, las ideologías, el poder, la vanidad o el dinero tuvieran la última palabra sobre el ser humano. Si éste no queda justificado por sus obras –ni por su rendimiento, puntualiza el escritor abulense–, entonces, nuestro valor como personas es previo a cualquiera de nuestras construcciones, ya sea jurídica, ideológica, filosófica o tecnológica. Y esto vale, por supuesto, también para los grandes proyectos de corte político y social, que se hacen pasar por utopías.

Con el paso del tiempo, esta apuesta por la individualidad de la persona y por el cultivo de su interioridad, característica del protestantismo, pondría las bases de la civilización burguesa, cuya luz peculiar constituye –en palabras del historiador John Lukacs– «una de los grandes instantes de la humanidad». Frente a las certezas dogmáticas de las ideologías, la mirada luterana alienta el valor singular de cada persona: de la persona libre, diríamos, que se niega a ser asimilada por las masas, las modas o la presión silenciosa de la mayoría. Se trata de un tema de una rara modernidad, que recorre todo el siglo XX para adentrarse en el nuestro: el valor del ser humano y del individuo frente a la violencia explícita e implícita ejercida por la sociedad.

Tal confusión de la realidad con la pompa y la circunstancia nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol y que debemos estar siempre vigilantes contra los ídolos a los que cada época decide rendir culto. Esos mitos representan, en último término, la falsedad del mundo. Se nos intoxica a diario con las promesas más variopintas, reproducidas miméticamente. El capitalismo liberal –que, como fórmula económica, es la que mayor prosperidad ha traído– se convierte en una maquinaria de exclusión cuando se deifica a sí misma y deja de reconocer sus límites. Las utopías de la izquierda traen consigo promesas infinitas de igualdad a costa de sacrificar las libertades y destruir la prosperidad de los ciudadanos. El nacionalismo rompe los países y las sociedades, convirtiendo en tótem una visión sesgada y reductora de la identidad. Los gurús de la ciencia, la tecnología y los Big Data llegan ahora como el nuevo hit de la modernidad, siempre dispuestos a imponernos sus respuestas para todo. Fue Hannah Arendt quien señaló con acierto que el fin último de las ideologías, reacias a los frenos y los límites, es crear un Estado totalitario, un espacio sin fisuras.

En nuestro mundo, el ruido ha sustituido el análisis de la realidad. Las ideologías vuelven a desafiarse entre ellas. Los movimientos de masas se constituyen como refrendos democráticos, cuando rara vez lo han sido. El frentismo se ofrece como algo natural y acorde con los tiempos. Las ficciones, sobre todo si son políticas e ideológicas, merecen una lectura descreída, un cedazo de escepticismo. Ante los falsos ídolos, la irreverencia resulta una actitud muy saludable.

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