Las siete esquinas

Europa, Europa

21.09.2015 | 05:00

En el poema que escribió a la muerte de W. B. Yeats, el poeta Auden recordaba que uno de los deberes de la poesía era enseñar a los hombres libres a entonar las alabanzas. Ahora mismo la palabra «alabanza» ha quedado anticuada –me pregunto si un escolar de la ESO sabría definirla–, así que mucha gente tendría problemas para entender el sentido de este verso, pero la palabra aún no había quedado fuera de la circulación en los tiempos de Auden, que escribió este poema en 1939. La alabanza tenía un sentido religioso –basta pensar en los cánticos de alabanza de ciertos himnos que se entonaban en las iglesias–, pero también tenía un carácter social e incluso político. La palabra «alabanza», «praise», aparecía, por ejemplo, en el título de un libro que James Agee dedicó a los granjeros arruinados por la Gran Depresión en el sur americano, que incluía unas fotos terribles –y maravillosas– de Walker Evans, y que aquí fue traducido como «Elogiemos ahora a hombres famosos», aunque la traducción más correcta sería «Alabemos ahora a hombres famosos». Supongo que la caída en desgracia de esa palabra forzó el cambio.

Pero el poema de Auden –y eso era lo novedoso– usaba la palabra con un sentido distinto al que venía siendo habitual, porque siempre hemos asociado la alabanza con una cierta idea de sumisión o de servilismo hacia un ser más poderoso que nosotros, al que alabamos porque de alguna manera queremos congraciarnos con él y obtener protección o algún beneficio. Sin embargo, Auden cambiaba por completo esta idea, porque para él, ser una persona libre significaba ser capaz de alabar a la persona que te había abierto los ojos o te había enseñado algo nuevo o te había ayudado a ser mejor. Y por extensión, alabar a alguien también significaba agradecer las cosas que estaban bien en un mundo en el que por lo general abundaban mucho más las cosas que estaban mal. Y eso, repito, era una visión novedosa hace ochenta años y lo es mucho más ahora, cuando el hecho de alabar a alguien no nos suele parecer un signo de libertad, sino más bien una señal de sumisión o de bajeza. Y justo por eso pensamos que no es verdaderamente libre quien alaba o admira a otro, sino quien se pasa la vida quejándose y criticando a los demás. Cultura de la queja, se llama esta actitud vital que ha degenerado en toda una forma de vivir (y casi siempre subvencionada).

Estos días me he acordado de aquel verso de Auden –«Enseña a los hombres libres a entonar las alabanzas»– cuando he leído toda clase de insultos contra Europa –la Europa «engreída», la Europa «asustada», la Europa «cobarde»– por la forma lamentable en que se ha tratado a los refugiados sirios en Hungría o en las costas de Grecia. Y también he oído el lamento generalizado de que «Europa había perdido su alma», o he leído que miles de personas decían en Twitter que se avergonzaban de ser europeas. Incluso se ha dicho que Europa había masacrado a los pobres refugiados como si fueran alimañas. Pero si uno reflexiona un poco, tampoco se puede decir que las cosas sean así. Alemania ha decidido abrir sus fronteras y recibir a decenas de miles de refugiados, y lo mismo ha hecho Austria (un país, por cierto, que tiene una legislación muy favorable a los exiliados y a los que buscan asilo). Por supuesto que ha sido vergonzosa la conducta del parafascista húngaro Viktor Orban en sus fronteras, pero estamos hablando de un político que ya había recibido advertencias serias desde hace tiempo por parte de los organismos europeos, ya que muchas de sus políticas discriminatorias contra las minorías y los exiliados –aprobadas por las urnas, por desgracia– iban en contra de la legislación comunitaria. Y si Europa se hubiera decidido a ser verdaderamente europea, eliminando por completo la soberanía nacional, es probable que Viktor Orban no pudiera ser primer ministro de su país. Y si puede ocupar tan pancho el poder, es justamente por el hecho de que todavía siga siendo más húngaro que europeo.

Comprendo que resulte mucho más fácil criticar y quejarse antes que alabar a alguien, ya que casi todos asociamos la queja con un signo de libertad que nos hace creer mucho mejores de lo que somos. Pero no deberíamos olvidar que hay muchas cosas que alabar en la idea de Europa, por muy desagradables o idiotas –y engreídos y asustados y cobardes– que seamos a menudo los europeos. Y alabar lo que está bien también nos hace libres.

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