Políticas públicas

Economía colaborativa: turismo

24.11.2015 | 05:00

La semana pasada se celebraron dos eventos simultáneos en el tiempo pero no en el espacio. En Sevilla, en la sede de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA), la Asociación de Viviendas de Uso Turístico (Apartsur) organizó una interesante jornada de trabajo en torno a la necesaria regulación favorable a la (mal) llamada economía colaborativa, cuyo máximo exponente en el sector turístico es la plataforma Airbnb. Por su parte, en Málaga, la patronal hotelera de la Costa del Sol (Aehcos) también celebraba otra Jornada acerca del mismo tema, esta vez alertando sobre los efectos que la ausencia de regulación específica está provocando en este sector económico.

Lo cierto es que la (mal) llamada economía colaborativa hace mucho tiempo que perdió la inocencia. Lo que empezó siendo una plataforma de ahorro de costes de alojamiento para estudiantes, es ahora una potente multinacional cuyo valor en bolsa supera al de la cadena hotelera Hilton, y que hace lobby como el que más a favor de sus propios intereses. No se trata de demonizar una propuesta que muchos utilizamos y sin la que, por ejemplo, muchas familias estándar con cuatro miembros estarían condenadas a no poder conocer una gran capital europea, a la que sí se puede volar «low cost» pero prohibitiva debido a los altos precios de su planta hotelera. Sin embargo, no hay duda respecto a que hay que regular una actividad económica que, debido al vacío legal existente, está consiguiendo jugosos beneficios que además tributan en Irlanda, gracias a una herramienta que, de hecho, está poniendo a competir a particulares contra empresas. Una competencia brutalmente desigual cuyas primeras víctimas van a ser los propios trabajadores del sector, el eslabón más débil en la cadena de reducción de costes de las empresas sometidas a esta patente desigualdad de normas.

A los hoteles se les exigen contratos laborales, contratos mercantiles con sus proveedores, medidas de seguridad, formación de sus trabajadores, calidad en el servicio. Y por supuesto que cumplan con Hacienda y la Seguridad Social. En Nueva York, por poner un ejemplo poco sospechoso, la asociación de hoteles acaba de hacer público un documentado estudio sobre las pérdidas económicas (para la ciudad) derivadas del uso de plataformas como Airbnb, exentas de tantos requisitos como la actividad hotelera, entre ellos el pago de impuestos a través de la «tax room».

En España la regulación es de competencia autonómica, y hay de todo. En Andalucía el decreto regulador no termina de ver la luz. En Cataluña hay una normativa aparentemente favorable a las viviendas vacacionales, que ha generado una explosión de esta actividad, no siempre beneficiosa para todos. En Canarias se aprobó un decreto regulador pero ante la proximidad de las elecciones y la presión hotelera se ha congelado para pedir un dictamen a su consejo consultivo. Y en Madrid tampoco se sabe muy bien qué hacer, por citar sólo las principales zonas turísticas. Mientras tanto, la oferta (mal) llamada colaborativa crece sin descanso ni requisitos ni control.

En San Francisco, cuna de Airbnb, han regulado con inteligencia. La norma ha ido destinada a limitar el número de días al año de alquiler de una vivienda vacacional (75 días por vivienda y año); a someter a estas viviendas al pago de la «tax room» (un tributo a los turistas por el uso de los servicios públicos, que se paga por cada estancia en una habitación hotelera) y finalmente a evitar que un mismo propietario pueda ofrecer más de cinco apartamentos en la plataforma. Estas medidas pretenden conservar y garantizar el carácter realmente «colaborativo» y amateur de la oferta de viviendas vacacionales (que debe ser siempre un complemento de rentas, y no un modo de vida), evitando la profesionalización de propietarios y avispados intermediarios. Una pista razonable para equilibrar la competencia, e impedir que la (mal) llamada economía colaborativa acabe devorando a los hoteles y exterminando su empleo gracias a las ventajas derivadas de la ausencia de regulación. Porque es de eso de lo que estamos hablando, aunque muchos aún no se hayan enterado.

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