Crónicas galantes

Eurodiputados a dieta(s)

27.11.2015 | 05:00

Una treintena de periodistas acaba de demandar judicialmente al Parlamento Europeo para que explique a qué dedican sus diputados las dietas con las que redondean un magro salario mensual de apenas 6.000 euros. Mal está que los políticos tengan a los ciudadanos a dieta salarial, pero aún suena peor que ellos se aflojen el cinturón con tales sobresueldos.

Esto ha de ser cosa de la envidia. Los plumillas, que acaso cobren mucho menos y encima han de escribir, la han tomado con los pobres parlamentarios sin otra razón que su negativa a rendir cuentas de lo que gastan. Pero ni por esas. El Parlamento les ha dicho que esa información violaría la intimidad financiera de los eurodiputados, además de obligar a un ingente trabajo burocrático para la recogida de facturas y comprobantes.

Razón no les falta a las autoridades de la Cámara. No resulta de buen tono hablar de dinero y menos aún en el caso particular de los representantes del pueblo europeo, que cobran por casi todo aunque no deban justificar casi nada de lo que gastan.

El sueldo de un millón de pesetas al cambio antiguo es lo de menos. Importan más los 4.320 euros que reciben cada mes para «gastos generales», los 304 euros que cobran por asistir a un pleno y los 21.379 euros destinados a la contratación de secretarios y demás personal auxiliar que los alivie un poco de su agotadora tarea.

A todo ello hay que agregar aún los viajes de gorra y los fondos de pensiones que muchos de ellos confían al paraíso fiscal de Luxemburgo, con el propósito sin duda razonable de asegurarse la vejez en el Cielo. Mientras llega el momento del retiro, el sueldo y –sobre todo– las dietas incontroladas del Parlamento les van dando para vivir como Dios, por decirlo con esa abrupta expresión hispana.

Tantas y tan copiosas regalías se prestan, naturalmente, al ejercicio del engaño. No hace mucho, una cámara indiscreta sorprendió a varios eurodiputados cuando fichaban apresuradamente a las nueve de la mañana con la maleta de viaje en la mano.

Tan raro comportamiento obedecía, según se supo después, al deseo de cobrar los 304 euros de dieta a la que tienen derecho por asistir a su lugar de trabajo en el pleno. Una vez cumplido el trámite de la ficha, los diputados corrían al aeropuerto para disfrutar del fin de semana en sus países de residencia. Un singular fenómeno de bilocación les permitía estar en Bruselas o Estrasburgo –sedes del Parlamento Europeo– y a la vez en sus domicilios.

Igualmente comentada fue su habilidad para contratar parientes con cargo a la partida de asistentes personales, aunque en algunos casos rizasen el rizo y ni siquiera una auditoría interna pudiera comprobar la existencia de los supuestos contratados.

Entre diputados que aparecen solo a la hora de cobrar y personal auxiliar del que no se tiene noticia, se diría que el Parlamento Europeo está poblado por fantasmas. Este detalle vagamente ultraterreno explica, sin duda, el hecho de que también resulten invisibles los gastos –de muchos millones de euros reales– que los eurodiputados hacen cada año en concepto de dietas.

Poco dados a creer en fantasmas, treinta periodistas han llevado ahora a la Eurocámara ante el Tribunal de Justicia Europeo para ver si así averiguan de una buena vez a qué dedican los eurodiputados su tiempo libre y los cuartos del contribuyente. De ingenuos está el mundo lleno.

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