Aprendiendo de nuestros errores

2016, instalados en la "nueva mediocridad"

12.01.2016 | 05:00

Empezamos este nuevo año conociendo los datos sobre paro registrado y afiliación a la Seguridad Social durante el mes de diciembre y, por tanto, del conjunto del año que acaba de finalizar. Sin escrudiñar demasiado en las cifras, podríamos decir que 2015 ha sido un año moderadamente bueno para el mercado de trabajo.

El incremento de la afiliación media a la Seguridad Social ha superado, en el ejercicio cerrado, el medio millón de cotizantes, para situarse ligeramente por encima de los 17.300.000 ocupados. Aproximadamente unas 60.000 personas más que cuando el Gobierno en funciones tomó posesión después de las elecciones de 2011, y, por supuesto, todavía lejos del máximo histórico de afiliaciones alcanzado antes de la crisis.

Si husmeamos en el detalle de los datos podríamos añadir que la famosa recuperación está consistiendo en «pasar del desempleo al subempleo», como ya han advertido destacados economistas. Se firman cientos de miles de contratos laborales, para consolidar un número muy reducido de puestos de trabajo fijos a tiempo completo; la mayor parte de los contratos lo son temporales, a tiempo parcial y, en todo caso, muy mal pagados. En estos últimos cuatro años se ha producido una clara reducción de la retribución de los trabajadores, y de ello presume el presidente del Gobierno en funciones.

No es el propósito de estas líneas hablar sobre la evolución del PIB, del nivel de endeudamiento público o de la profundización de las desigualdades sociales, aunque esas variables también han de ser consideradas. La pregunta es, entonces, ¿qué hemos recuperado? En realidad, todavía solamente una parte de lo perdido. Yo creo que, en sentido estricto, no debemos hablar de recuperación.

Pero como agua pasada no mueve molino, lo importante ahora es ver qué perspectivas existen para 2016.

Ni que decir tiene que en un mundo globalizado, como en el que vivimos, España no es ajena ni inmune a lo que sucede a nivel mundial. De hecho, hay claros elementos externos que han favorecido, sin la más mínima intervención de nuestro gobierno, muchos de los datos positivos que hemos registrado en los últimos dos años: política monetaria del BCE, depreciación del euro, caída significativa del precio de las materias primas, especialmente del petróleo: en definitiva eso que llaman «vientos de cola» que hinchan las velas de la economía.

Por tanto, para intentar prever qué nos espera de una forma inmediata, también tenemos que mirar a nuestro alrededor.

Mi impresión es que podríamos resumir las expectativas diciendo que están llenas de incertidumbres. Por supuesto, existe un elevado nivel de incertidumbre asociado al resultado de las recientes elecciones generales y a las escasísimas combinaciones matemáticas –aparentemente viable– para conformar un gobierno estable. Siendo esto mucho, no es lo único. Como es sabido, la mayoría parlamentaria que ha sostenido al actual gobierno en funciones ha aprobado, en cuatro años, cinco presupuestos generales. El último, el relativo a 2016. Los presupuestos generales del Estado son la expresión de la voluntad política de la mayoría del parlamento y del gobierno; los últimos presentados con inusitada anticipación, tenían la singularidad de ser el mejor programa electoral del partido gobernante, en los que, además de una rebaja en el IRPF, se prevén ingresos por parte de la Seguridad Social inalcanzables, y los responsables de elaborarlos, lo sabían perfectamente. Por tanto, aún desconociendo exactamente cuándo, resulta evidente que la Comisión Europea obligará al Gobierno a realizar ajustes, bien recortando gastos –lo que ha sido hasta ahora la opción preferida del Partido Popular– o bien incrementando impuestos. Sin duda, esto recortará el crecimiento económico previsto en los propios presupuestos.

El entorno internacional tampoco es excesivamente favorable. Por supuesto es de esperar –y de desear– que el BCE mantenga su actual política monetaria o incluso que la refuerce, como ha dejado entrever Mario Draghi. Pero eso no va a ser suficiente.

La eurozona sigue estancada, y no es de prever que la situación mejore en este nuevo año, con el gigante chino encajando un duro golpe después de varias décadas de un crecimiento espectacular, y con los países en vías de desarrollo poseedores de materias primas, enfrentándose a las consecuencias de la caída de sus precios y de la revalorización del dólar estadounidense. Por su parte, la economía de EEUU sí se ha recuperado, pero se trata de una recuperación que podríamos calificar de modesta, y claramente insuficiente para actuar de motor.

En resumen, vivimos una etapa que Cristine Lagarde calificó, en la última reunión de primavera del FMI, como la «nueva mediocridad», para añadir que es necesario evitar que la misma se convierta en nuestra «nueva realidad». La directora gerente del Fondo dice que es imprescindible evitar «acomodarse en la falta de acción». Este es la cuestión: estamos acomodados en la falta de acción.

Los problemas a los que se enfrenta la economía mundial –y también la española– tienen un origen político, sustentado por una orientación ideológica ultra liberal. Prácticamente nadie en su sano juicio puede discutir que la economía de mercado es la opción menos mala de cuantas conocemos para asignar de la forma más eficiente posible los recursos. Pero dicho eso, no es menos cierto que son los mercados desregulados y la ausencia de una acción correctora por parte de los gobiernos, lo que ha producido los mayores niveles de desigualdad de la historia reciente –lo que, a su vez, está, en gran parte, en el origen de la crisis financiera internacional– o el nivel de degradación del medio ambiente que sufrimos y que pone en alto riesgo la sostenibilidad del planeta.

Los mercados desregulados han contribuido, pues, a generar nuestros problemas y los mercados, por si solos, no los resolverán. Hace falta una decidida acción de los gobiernos para impulsar la inversión y reducir, así, los déficits de capital acumulados; inversiones en infraestructuras, en medio ambiente, en tecnología, en capital humano. Inversiones necesarias para incrementar el producto potencial a largo plazo y que, a corto, sean capaces de aumentar significativamente la demanda agregada.

Pero para ello hay que dejar de anatematizar al déficit. Existen grandes necesidades insatisfechas, que los gobiernos deberían cubrir, impulsando el crecimiento de la economía, endeudándose si es necesario, a unos tipos de interés reales negativos, como los que existen en el momento presente para potencias como Alemania o EEUU.

Ojalá me equivoque, pero no soy optimista, así que mi previsión es que en 2016 continuaremos instalados en esta «nueva mediocridad».

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