En solo 725 palabras...

Ónfalos y ombligos

03.02.2016 | 05:00

Entonces eran tiempos en los que ningún griego pensaba en ser europeo y todos los europeos aspiraban a ser griegos. Y Zeus, para definir el punto del mundo en el que se inició la creación, ordenó a dos águilas que volaran en direcciones opuestas hasta encontrarse –el encuentro se produjo en Delfos, allí donde el Templo de Apolo y el Oráculo más oráculo de todos los oráculos conócete a ti mismo– se mostraron al mundo. Y Zeus, conociéndonos, para que los más chambones no nos perdiéramos, marcó el punto exacto del encuentro aguileño con una piedra en forma de medio huevo a la que llamó omphalós, que en griego significa ombligo. En español la denominamos ónfalo y es un palabro normalizado en la cotidianidad de las jergas y jerigonzas de determinadas profesiones, aunque la RAE sigue manteniéndolo en el confín de los palabros aspirantes a palabras, creo.

Si por mí fuera, ónfalo engrosaría el Diccionario inmediatamente. Y onfalismo y onfalosis, también, pero, estas, como nuevas incorporaciones al Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, el DSM, que es la biblia de consulta de los profesionales de las ciencias de la salud mental. El onfalismo y la onfalosis, como trastornos de personalidad, cada vez están más presentes en todos los ambientes sociales, aunque en algunos más que en otros. El onfalismo se diferencia del ombliguismo de toda la vida en que este último es solo una tendencia a considerar nuestro ombligo como el centro de nuestro particular universo, mientras que el onfalismo sube varios niveles y pasa de ser una tendencia a ser un trastorno, que mueve a los que lo padecen a interpretar su propio ombligo como el eje sobre el que gira el universo. El onfalismo, cuando es mantenido en el tiempo, muta a onfalosis y adquiere la característica añadida de que los afectados, además, actúan proactivamente para desacreditar, invisibilizar y, llegado el caso, destruir a todos los ombligos que se hagan visibles dentro del área de influencia del individuo onfalótico. ¡Ombligo solo hay uno por territorio, tú...! Tal es el credo de los onfalóticos.

La política da mucha cancha a los ombligos y a la onfalosis política. Véase si no el carajal florecido en España, en el que entre la poltronería gosipina y la hiperactividad escabrosa hemos dado con la fórmula del cóctel más tibio, más amargo y con peor retrogusto de vergüenza ciudadana. ¿Dónde estarán hoy las sibilas del oráculo de cada formación política y por qué no ponen su sabiduría a disposición de las circunstancias? En el actual barullo uno empieza a cuestionarse si las sibilas de cada formación son pitias reales y si intelección y conocimiento siguen formando parte de la cotidianidad política. Aunque claro, también podría ser que uno, para estas cosas, sea imperito, desmañado e incapaz para el análisis. Quizá uno sea un zote. Quién sabe...

El turismo también da cancha a los ombligos y a la onfalosis turística. En la tribu turística el asunto es más acervo, y tiene más que ver con los ojos. La onfalosis turística cursa con patologías oculares que condicionan nuestra visión. En los momentos oscuros nuestros ojos lagrimean, tanto que nos anegan los ombligos, empujándolos a responsabilizar de nuestra oscuridad a los de afuera. ¡Seño, yo no he sido...! En los momentos de luz, como ahora, nuestros ojos empujan a nuestro cerebro a la euforia enajenante. Es como si en un ojo padeciéramos diplopía y en el otro amaurosis. O sea, como si con un ojo todo lo viéramos doble –fortalezas, habilidades, métodos, estrategias, éxitos...– Y como si el otro ojo se quedara ciego, haciéndonos incapaces de mirar y ver que el mayor peso de nuestro actual éxito es circunstancial y escapa a nuestro savoir-faire y a nuestro control...

Estoy pensando en escribirle a Zeus –por fin tengo su correo electrónico– rogándole que nos envíe dos águilas que con su vuelo y su encuentro nos muestren el punto sagrado en el que nuestra política, la chanchi, inició, y dónde está el punto sagrado en el que nació el mejor ejercicio turístico. Y voy a pedirle que, cuando eso ocurra, ordene instalar sendos ónfalos que mantengan fresca nuestra manera de ser turísticos y nos recuerden que hay un «omphalós» universal para cada actividad que debe prevalecer sobre nuestros pequeños ombliguillos.

Si Zeus se aviene, además, será una bendición para nuestros ojos...

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