La Mirilla

Sánchez parece otro

06.02.2016 | 00:54

Pedro Sánchez amarró la opción a la investidura el lunes 14 de diciembre, cuando casi llama «indecente» a Rajoy. En su peor momento, el socialista experimentó una inesperada resurrección. En los dos meses transcurridos, apenas si ha cometido un error. Sin asesores significados, se ha liberado de los brontosaurios de su partido. Sánchez parece otro.

Zapatero es el único presidente que llegó invicto a La Moncloa y se retiró sin una sola derrota. González, Aznar y Rajoy nunca perdonarán este currículum inmaculado a quien tachan de mediocre. Sánchez ha subido la apuesta, quiere ser el primer jefe del gabinete que acabó segundo y casi segundón en las elecciones. De ahí las prisas por atribuirle todos los crímenes que todavía no ha cometido. Las imputaciones provienen de la ortodoxia del PSOE que gobernó España durante siete años gracias a Esquerra Republicana, y que fichó sin sonrojarse a Baltasar Garzón para ganar en 1993.

El Rey ha emancipado al esclavo Sánchez, que adquiere personalidad propia frente a los mandarines conservadores y, sobre todo, frente a la jauría socialista. Nada embellece como la inminencia del poder. Felipe VI no se ha dejado engañar de nuevo por Rajoy, el patriota desmesurado a quien no le ha importado arrastrar a la jefatura del Estado en su caída. Esta semana hablaron los cuatro líderes de los partidos involucrados en el nuevo Gobierno. Es redundante especificar cuál de ellos quedó muy por debajo de la talla exigible a un estadista mediano.

Todos los presidentes del Gobierno electos accedieron al cargo gracias a lo que Iglesias definió como una «sonrisa del destino», desde el postfranquismo de Suárez hasta la crisis económica de Rajoy, pasando por el 23F, el 11M o la corrupción desatada del felipismo. Todos habían dispuesto hasta la fecha de un segundo mandato, acordado por sus méritos en La Moncloa. Excepto Rajoy. En su resignación mariana, siempre podrá alegar que su desaparición súbita le impidió envejecer en el cargo. De todos modos, su preocupación vigente no son los pactos engorrosos, sino las salpicaduras de los corruptos del PP.

El Rey no solo nombra a Sánchez, también descarta a Rajoy para la eternidad. El líder socialista no puede culminar su metamorfosis sin Iglesias. El líder de Podemos disfrazaba, con la soberbia intelectual que Monedero singularizó como su principal defecto, un llamativo nerviosismo ante la aparición de un rival inesperado.

Podemos está acusado de lanzar la mano y esconder la piedra. Iglesias no puede permitirse el fracaso de la oportunidad para diseñar un Gobierno de la izquierda, por moderada que sea. Sánchez intentará llegar a La Moncloa con el apoyo externo que han logrado sus barones territoriales. No lo conseguirá, la desubicación de Iglesias se debe a que no esperaba que el líder emergente llevara la marca del PSOE. Rivera administra el contratiempo de esperar unos meses a asumir el liderazgo de la derecha liberal. Rajoy ha acabado con el PP, tal vez para bien.

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