Al azar

El cuñado del Rey cobraba en euros

15.02.2016 | 01:59

Un acontecimiento adquiere el rango de espeluznante cuando ningún titular de opinión puede superar la contundencia de la información escueta. Verbigracia, en «El cuñado del Rey cobraba en sobres los sueldos de empleados imaginarios». ¿Quién mejora esto? Se puede ensayar con «Urdangarin en negro», o con «El balonmanista seguía poniendo la mano», sin abandonar la frustración del impacto inigualable de la confesión de Marco Antonio Tejeiro, contable y familiar de la trama. La Paca debe sentir vergüenza de esta pandilla. La imagen de Urdangarin contando billetes defraudados al fisco, mientras Sofía de Grecia presumía del mejor yerno del mundo y del más guapo, no procede de la maledicencia cortesana. Viene avalada por el encargado de las gestiones, que de paso involucra a su propia hermana, Ana María Tejeiro, y a su cuñado, el inmaculado Diego Torres.

Sin olvidar a Cristina de Borbón, esposa y socia. La hija y hermana de Reyes poseía el cincuenta por ciento de Aizoon, que contrataba a trabajadores fabulados para defraudar al fisco, según el contable. Si la Infanta no se enteraba de nada, ¿por qué firmó la creación de la sociedad y se garantizó la mitad? El notario apuntó a que la número seis a la sucesión al trono garantizaba la invisibilidad para Hacienda de los manejos que se sucedieron en esta empresa regia. Si no hubo causa, sí hubo efecto, porque la Agencia Tributaria jamás se entrometió en las maniobras de la mercantil, hasta que la investigación del juez Castro sonrojó a los responsables de la inspección.

Hay una frontera entre el delincuente y el miserable, rebasada con creces en el caso Infanta. Facturas en números redondos que no se correspondían con gasto alguno, pero que los Governs de Balears y Valencia abonaban religiosamente. El escrupuloso reparto de dinero negro injustificable, entre el cuñado de Tejeiro y el cuñado del Rey. De nuevo, la mitad de esta recaudación se posaba grácilmente en Cristina de Borbón. Ya no se discute quién iba a dejar de contratarles, sino quién se atrevería a dejar de pagarles, con o sin contrato. Al escuchar la confesión de Tejeiro, nada que ver con la farsa ombliguista de Matas, se concluye que la Infanta se ha encontrado estos días en el sitio oportuno en el momento oportuno. La condena es lo de menos, la clave es que Cristina de Borbón contemple en directo el daño que su banda infligió voluntariamente a los contribuyentes españoles. En el caso de Mallorca, los mismos incautos que han pagado generosamente su veraneo vitalicio, residencia familiar aislada en Marivent y yate incluidos. Después de Tejeiro, la Infanta conserva su presunción de inocencia, pero pierde su presunción de ignorancia. Una vez más, cabe recordar que permanece en el banquillo por decisión de las tres magistradas. Buena parte de sus colegas, mayoritariamente los jueces masculinos, hubieran excusado a la hermana del Rey mediante argumentos pasteurizados.

Tejeiro repite el recital que interpretó ante Castro, pero la instrucción es una escaramuza frente al momento decisivo de la lidia con picadores. La denuncia monumental del contable queda inscrita para sentencia. También es cierto que el ahora denunciante opera con la lógica del arrepentido, pero está incriminando con fiereza a familiares en primer grado. Nadie puede inventarse el rosario de actos delictivos que no pretende haber presenciado, sino protagonizado. Y ni siquiera tiene garantizado el incumplimiento de sus dos años de cárcel.

Peligrosa institución, el cuñado. Mientras Tejeiro dinamitaba la cuidadosa estrategia de nerd de Esade diseñada por Diego Torres, el consultor debió volver a maldecir el instante en que conoció a Urdangarin. O las botellas de champán consumidas en francachelas navideñas junto al hermano de su esposa. Con cuñados así, no hay forma de corromperse en condiciones.

No conviene despistarse del dinero, como móvil inspirador de la trama. Sin embargo, la deliberación que describe Tejeiro para conseguir rentas limitadas apunta a un elemento adicional de sadismo económico. Lo hacían porque podían, porque se puede. El relato desprende una voluntad enquistada de pisotear los territorios de convivencia. La sesión de ayer no solo asienta la convicción de que el caso Infanta forzó la abdicación anticipada de Juan Carlos de Borbón. El recuento de facturas falsas, empleados falsos y dinero al contado también ayuda a concluir que no todo el mal está hecho.

Es muy posible que la Familia Real no se recupere del comportamiento de Cristina de Borbón y su balonmanista en negro. A priori, eran los ejemplares más exportables de la saga, una pareja de fotonovela. Se han derrumbado por un puñado de euros.

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