Inventario de perplejidades

Protocolo del terrorismo

25.03.2016 | 04:06

Nuevo y brutal atentado en Bruselas que se ha desarrollado, una vez más, por las mismas pautas que los anteriores (Nueva York, Madrid, Londres, París, etc.) no menos brutales y mortíferos. Las víctimas son civiles indefensos elegidos de forma aleatoria y, por tanto, imposibles de proteger pese a las protocolarias, y abusivas, medidas de seguridad que hemos instalado en puertos, aeropuertos, estaciones de ferrocarril y en la cercanía de las principales instituciones. En definitiva, pobre gente que iba a su trabajo y a sus ocupaciones, bailaba en una discoteca, o tomaba el aperitivo en la terraza de un café, y se encontró de pronto en primera línea de una guerra ("guerra contra el terrorismo", se la llama eufemísticamente) en la que no participaba.

Y los autores de estas cobardes actuaciones suelen ser individuos marginales reclutados muchas veces en el mundo del hampa, de ascendencia musulmana pero no especialmente religiosos, que en un momento determinado y por orden de no se sabe quién ni desde dónde ("en desiertos lejanos", dijo José María Aznar después de los atentados del 11-M en Madrid) empuñan un fusil ametrallador, hacen acopio de material explosivo y provocan una matanza. Unas veces mueren ellos mismos al detonar las bombas que portaban y otras son abatidos por la Policía, que ha averiguado rápidamente su identidad, porque en bastantes casos ya los tenía fichados como elementos peligrosos. La técnica del atentado político (se supone que todos estos crímenes han de tener una intencionalidad política) ha evolucionado tanto como la misma técnica de la guerra.

Hace años, bastantes, el objetivo principal de los atentados políticos eran los reyes, los jefes de Gobierno o personalidades de gran relieve social. Y en las guerras, lógicamente, los militares de cada bando enfrentado con independencia de su jerarquía (sólo en los ejércitos primitivos la muerte en combate o la captura del jefe supremo era motivo de derrota o retirada). Ahora, en cambio, no es así. Desde los masivos bombardeos aéreos de la Segunda Guerra Mundial y desde el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el objetivo preferente de las guerras y del terrorismo es la población civil.

Aquí, en el Estado español, tuvimos ocasión de comprobar ese cambio de criterio cuando ETA empezó a incluir ciudadanos de a pie en su lista de atentados que antes se nutría casi exclusivamente de militares, guardias civiles y policías, en aplicación de una siniestra teoría que se dio en llamar "socialización del sufrimiento".

Como era de esperar, el atentado de Bruselas se desarrolló por el protocolo indicado al principio de este comentario. Los tres presuntos autores fueron inmediatamente identificados, gracias a las imágenes obtenidas por medio de unas cámaras de seguridad. Dos, que eran hermanos y delincuentes habituales, fallecieron presuntamente durante la acción terrorista y el tercero huyó momentáneamente. He leído una avalancha de análisis sobre el suceso, pero la mayoría conducen a una mayor confusión. En uno de ellos, un llamado experto en terrorismo nos cuenta que Bruselas, capital de Bélgica y de la Unión Europea y sede de mando de la OTAN, es también el centro de actuaciones de las redes yihadistas clandestinas, y que desde allí partieron las órdenes para atentar en Madrid y en París. Curiosa coincidencia.

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