Las siete esquinas

Fracaso

09.05.2016 | 05:00

Conoce usted a alguien que vaya a cambiar de voto en las próximas elecciones? Yo no. Conozco gente que se va a abstener „una lástima, porque son gente centrada que nos hace mucha falta„, pero la gente que acudirá a las urnas va a votar lo mismo. Yo también, por supuesto. Y lo curioso del caso es que todos nos quejamos de los políticos, y las encuestas nos dicen que todos los líderes políticos suspenden estrepitosamente. Sí, muy bien, pero ¿qué pasa con nosotros, los electores? Si todos vamos a votar más o menos lo mismo que votamos hace cinco meses, y si las cosas van a quedar prácticamente igual, o con muy escasas variaciones ­–eso también lo dicen las encuestas–, entonces sería lógico pensar que nosotros también deberíamos suspender en todas las encuestas. Y en ese caso, el fracaso de esta última legislatura sería también nuestro propio fracaso como sociedad.

Hay una teoría muy extendida, sobre la que han basado su estrategia los nuevos partidos políticos, que atribuye una especie de maldad intrínseca a la vieja clase política –la oligarquía, la casta, las élites extractivas, etc., etc., etc.–, pero que defiende la absoluta inocencia de la ciudadanía, o pueblo llano, o como queramos llamarlo (la «gente» de Podemos). Pues bien, esto es una falacia monstruosa. La clase política no es muy distinta del pueblo que la vota y que la mantiene en el poder. Y si los políticos daneses son menos corruptos que los nuestros, ello se debe a que Dinamarca es un país en el que tu vecino te puede delatar a la policía si sabe que no pagas tus impuestos (cosa que, la verdad sea dicha, no hace muy envidiable la vida en Dinamarca, al menos como vecino). Pero aquí sería imposible que pasara esto. Preferimos la indulgencia con los demás (que encubre la indulgencia con uno mismo) y la buena vecindad que te permita vivir confiado en que nadie va a meter las narices en tu vida privada. Nos asquea la corrupción, sí, pero los partidos que han demostrado tener casos sangrantes de corrupción han seguido sacando buenos resultados electorales hasta que no ha llegado la crisis. Y si no fuera por la crisis y la destrucción de un modo de vida en el que nos encontrábamos muy a gusto, la corrupción sería una preocupación ínfima entre la mayoría de nosotros. Y se seguirían inaugurando cada mes nuevas rotondas con grandes grupos escultóricos y nuevos puentes gigantescos y nuevos teatros de la ópera. Y nadie se preguntaría cómo se podría pagar todo aquello. Ni si hacía falta. Ni si servía para algo. Ni si había necesidades más urgentes, en bibliotecas o en colegios o en hospitales, por ejemplo.

Y eso mismo va a pasar ahora. Todo el mundo dice estar indignado y preocupado, pero todo el mundo va a votar lo mismo que votó hace casi cinco meses, con lo que las perspectivas de que haya un gobierno más o menos estable son muy inciertas. Nos guste o no, seguimos siendo el país de la Santa Inquisición y de la intolerancia religiosa, donde estamos convencidos de que el adversario debe ser eliminado de alguna manera, o anulado, o destruido por completo, para imponer la visión única de las cosas que nos convenza a nosotros. No olvidemos que somos el país de las eternas guerras civiles, en el que siempre hemos tenido al enemigo en la casa de enfrente y en el que apenas hemos combatido en guerras externas contra otros países, porque el enemigo de verdad era el hereje que no iba a misa, o el capitalista explotador, o el cacique idiota, o el obrero que alborotaba en las huelgas, o el cura malvado que engañaba a la gente desde el púlpito. Y a ese enemigo había que ahorcarlo en un árbol o tirarlo por un barranco, cualquier cosa menos dejarlo vivir en paz. Si se repasa la historia de España del siglo XIX y XX, ha sido una continua sucesión de guerras civiles y de episodios de intransigencia en los que nadie ha querido pactar y nadie ha querido llegar a un acuerdo. Por eso fracasaron la Primera y la Segunda República. Por eso triunfó la terrible sublevación franquista. Y por eso, quizá, estamos todavía sin gobierno.

Si es verdad que en las próximas elecciones retrocede el PSOE –la socialdemocracia ilustrada–, y su lugar lo ocupa esa olla de grillos de la izquierda gritona y camisetera que ni siquiera sabe lo que quiere; y si es verdad que el PP se mantiene como el partido más votado, el nuevo fracaso político estará servido. Y no será culpa de los políticos, no, sino de los electores que lo habremos querido así.

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