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Predicciones

En los años 60 había economistas que decían que había dinero suficiente en el mundo desarrollado para conseguir que nadie tuviera que trabajar. El ideal no era el pleno empleo, sino el pleno desempleo

18.05.2016 | 21:30

El otro día me encontré con un libro que compré hace siglos y que leí en mis años de estudiante. Era de un profesor de economía de una universidad californiana –Berkeley, creo– y se llamaba Alternativas para el futuro. En el libro se hacían predicciones sobre lo que iba a ocurrir en el futuro inmediato, hacia 1980. Según el profesor –Robert Theobald, se llamaba–, su ideal no era conseguir el pleno empleo ni el máximo desarrollo del Estado del Bienestar ni ninguna de estas cosas, que para él debían de ser fruslerías. No, su ideal era justo lo contrario: el pleno desempleo. Porque este economista decía que había dinero suficiente en el mundo desarrollado para conseguir que nadie tuviera que trabajar. Y si se seguía una política adecuada –que nunca se explicaba demasiado–, este profesor aseguraba que todo el mundo podría disfrutar de una renta básica que se financiaría con impuestos. Nadie tendría que trabajar, así que la felicidad universal estaba a la vuelta de la esquina. Y hacia 1980, si éramos inteligentes y le hacíamos caso, podríamos haberla alcanzado.

Fue el primer libro de economía que me leí de cabo a rabo, entusiasmado, febril, casi sin poderme creer lo que leía, como si aquello fuera un poema de Rilke o de Eliot. El libro está profusamente subrayado, y no a lápiz, como era lo habitual, sino a bolígrafo, cosa que demuestra que no me podía contener y usaba el primer instrumento para escribir que tuviese a mano, sin preocuparme de estropear las páginas. Me gustaban mucho algunos conceptos que el profesor repetía sin cesar: inventar el futuro era uno, porque el profesor no dejaba de recordarnos que uno podía hacer lo que le diera la gana con su futuro, sin planificar nada, sin preocuparse de consejos ni tradiciones ni expectativas de ningún tipo; y sobre todo, sin pensar que la vida y las circunstancias, y nuestros propios errores y fracasos, iban a ocuparse de inventarnos un futuro que no tuviera nada que ver con el que nosotros nos habíamos inventado. El otro concepto era la «nueva realidad» («hoy el hombre tiene el poder de hacer lo que quiera», decía el profesor). Esa nueva realidad permitía la modificación completa del ser humano en cuerpo y alma, o bien la posibilidad de que una combinación de sustancias bioquímicas y de investigación por computadora –que nunca se explicaba, por supuesto– estuviera creando el primer hombre inmortal («el primer hombre inmortal puede haber nacido ya», se lee, subrayado en rojo, en la página 28). Pero lo mejor de todo, lo más interesante, era la propuesta revolucionaria del pleno desempleo y de la retribución universal que nos iba a librar de la maldición bíblica del trabajo. ¡No tener que trabajar en la vida! ¡Una renta permanente para todo el mundo! ¡Una desahogada vida de rentista al alcance de todos! Dios santo, ¡qué maravilla!

Ignoro qué fue del profesor Theobald. La solícita Wikipedia me dice que su vida académica fue cayendo en la oscuridad: los colleges en los que enseñaba se fueron haciendo más pequeños, menos prestigiosos. Después de su jubilación, recorrió Australia dando conferencias, sobre todo entre comunidades rurales, sin mucho éxito, por lo visto. Y murió en 1997, en el estado de Washington, no lejos del lugar donde había vivido Raymond Carver. Las felices predicciones del profesor Theobald, desde luego, no se cumplieron. En 1980, cuando se suponía que íbamos a disfrutar del pleno desempleo, yo estaba trabajando en un instituto de Manacor, más o menos feliz de tener un trabajo estable, que si bien no me permitía inventarme el futuro ni hacer lo que quisiera, al menos me permitía hacer algunas cosas que no estaban nada mal (viajar, comprar libros, pagar un alquiler). Y casi cuarenta años más tarde, no parece que el hombre inmortal que anunciaba el profesor Theobald haya llegado. Desde luego, en lo que sí acertó fue en su profecía del pleno desempleo. Sólo que este desempleo generalizado no está retribuido ni parece satisfacer a nadie; y más que una bendición, ahora nos suena a amenaza casi apocalíptica.

Pero lo raro es que las ideas del profesor Theobald, por muy equivocadas que estuvieran, parecen haberse puesto de moda, sobre todo entre profesores universitarios y gente muy preparada. Hay diputadas del Parlament catalán –que además son profesoras de Derecho- que dicen que los hijos deberían ser educados en una especie de comuna tribal, para no contagiarles la visión conservadora de la familia tradicional, cosa que al simpático profesor Theobald le habría parecido muy bien: al fin y al cabo, en eso consistía «la modificación completa del ser humano en cuerpo y alma». Y mucha gente cree –también por lo general profesores universitarios y gente muy preparada, algunos hasta catedráticos de Economía– que los impuestos bastan por sí mismos para crear miles y miles de puestos de trabajo en el sector público, aunque esos empleos no sirvan para nada más que para dar una paguita a la gente, como soñaba el buen Theobald en sus mejores predicciones. Y podríamos seguir y seguir. Y lo curioso es que las ideas de Theobald, en los años 60, seducían sólo a los más jóvenes, pero hoy en día sueñan con ellas personas ya mayores, o incluso provectas –el otro día se anunció el fichaje de un anciano de 91 años–, lo que demuestra que el pobre Theobald, después de todo, tenía razón. Lástima que se adelantara tanto a su tiempo.

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