A media voz

El concursante

22.05.2016 | 05:00

El concursante es malagueño, se llama David Leo García y conversó este viernes pasado con los lectores de La Opinión. El concursante ya ha participado en varios programas televisivos (Saber y Ganar, entre otros) y ahora lo hace en Pasapalabra, donde lleva más de cuarenta episodios ganando. El concursante escucha la pregunta, se concentra unas décimas de segundo y dice algo. Si la respuesta es acertada, el concursante baja un poco la barbilla, se aprieta o humedece los labios y se afianza un poco más sobre el atril o mesa que tiene delante. Si se equivoca, sonríe leve, hace un escorzo con la cara hacia la derecha y mira de reojo al techo o cielo del plató como pidiéndole explicaciones a las musas distraídas. El concursante, en esto, se parece a los grandes campeones del tenis, que tienen una rutina de gestos que cumplen a rajatabla para que no se les enoje el azar o la concentración, esos pequeños dioses caprichosos.

El concursante es un extraordinario poeta. El concursante ganó el premio Hiperión, el más prestigioso para jóvenes autores, cuando contaba con 17 años, una proeza que no se ha vuelto a repetir. Luego obtuvo otro premio y siguió escribiendo con luz, con gracia, con buenos oficios y con frases que se tatúan en la piel, en lo más sensible de la piel, de uno para siempre. Como esa que dice «no estamos en el mundo pero estamos aquí», que abre un hueco de espanto y de lucidez entre ese mundo en el que todos creemos estar (lo consabido, las inercias sociales y epistemológicas, las obligaciones, los contratos afectivos) y el aquí (la soledad del yo que intenta encontrar su camino en medio del laberinto y del sinsentido universales) en el que realmente estamos. O como aquella que reza «en ti comienzo cuando en mí terminas», que es, de hecho, el único verso de un poema titulado Afluentes y una de las más sencillas y más fulgurantes y más hondas declaraciones de amor que uno haya leído jamás (y que corrige y mejora esa otra de Salinas sobre aquello de «vivir en los pronombres» que la mayoría, incluido el propio David, hemos estudiado en el instituto). O como ese otro texto que comienza «Erotismo, egotismo, el cuerpo lleva/ su simetría a todas partes. Todo/ lo que importa es simétrico/ y el alma no, no hay forma» y que casi termina recordando que «el cuerpo se completa con un cuerpo», reflexiones que dejo vibrando en medio de esta página para que la iluminen y la transporten hacia la otra orilla de la existencia perdurable.

El concursante se ha aprendido los volcanes de Latinoamérica, los ríos africanos, la anatomía de los batracios, las fechas de las guerras, los personajes de las novelas, los nombres de las actrices secundarias, las definiciones de todas las palabras (también de las que están en desuso), los cuadros de la mayor parte de las pinacotecas. El concursante es inteligente, rápido, tranquilo, culto, amable. El concursante es sabio, además, pero no por eso o por llevar acumulados no sé cuántos euros sino por esto: es sabio porque se ha dado cuenta de qué está hecha la vida (sus materiales, sus leyes) y ha hecho con ella el pacto de ayudarse mutuamente. La vida le regala más respuestas acertadas que equivocadas y a cambio él, el concursante David Leo García, le ofrece a la vida, tan ensuciada por cosas invivibles, el prestigio de un poeta limpio y hondo que sabe salir adelante a pesar de la que está cayendo.

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