Cuaderno de mano

El escritor fantasma

29.05.2016 | 01:31

Un negro en una bañera de espuma. Insomne con tabaco y bourbon para cazar y picotear 93 ppm frente a la pantalla en blanco de un guión y convertirse en un héroe de cine. Un escritor con un loro sobre el hombro, trece nombres falsos y uno solo prohibido. Dalton Trumbo, el hombre que se enfrentó a la Caza de Brujas de Hollywood y a la Comisión de Actividades Antiamericanas, al defender la libertad de las palabras amenazadas por el fanatismo ideológico. La misma batalla de siempre. No aprende el hombre que no se puede amordazar la conciencia ni acallar la libertad con el miedo o la fuerza. Ni siquiera el dinero las convierte en cenizas en la boca de quienes están convencidos de que la vida es su corazón y sus ideas. No saben lo mismo el champagne ni los besos sin ninguna de ellas. Y a pesar de la Historia y sus revoluciones, de la memoria de la sangre cicatrizada y de las mazmorras morales de casi todos los sistemas, el poder de la política y la ambición de riqueza nos siguen convirtiendo en lobos depredadores del prójimo. En víctimas de las ideologías que sólo piensan alrededor de sí mismas, y de paso de dos de los peores pecados del ser humano: la denuncia y la traición. Los dos golpes bajos que derribaron al guionista de más éxito del cine norteamericano de la década de los años cuarenta. Su gran enemigo fue el odio fomentado, al terminar la Segunda Guerra Mundial, contra la URRS, China, Corea y todos aquellos países con gobiernos socialistas acusados de conspirar contra Estados Unidos a través de los sindicatos, de los trabajadores y de la gente de la cultura.

Su historia es un antiguo mito de la resistencia de la dignidad. La de un hombre al que su hija Mitzi recuerda como un pensador independiente, honesto y que sabía qué tenía que decidir y hacer. Escribir era su pasión y su mejor manera de luchar por el principio de la democracia, la justicia y los derechos civiles. Nos lo muestra Trumbo: la lista negra de Hollywood de Jay Roach, la película en cartelera que cuenta su pelea desde su escritorio y su bañera, con el apoyo de su familia gestionada como empresa anónima y mensajería secreta, contra la intolerancia política y profesional que le impedían pisar un estudio, una fiesta o un rodaje, y lo empujaron a trabajar a destajo, sin derecho a recoger su Óscar por Vacaciones en Roma ni por , firmado con el seudónimo de Robert Rich. Dos éxitos cuya autoría le reconocieron un año antes de su muerte y diecisiete después.

Se lo dije antes. El pasado es un fantasma que sólo cambia de traje y de presidente. Nada inquieta más a los que manejan el poder o lo anhelan que los ciudadanos que construyen a sudor y a pie la economía. Y aquellos que desde el pensamiento reflexionan y comunican. A estos últimos se les intenta domesticar con una chequera o manchándolos con una culpa que los condene. Le sucedió a Trumbo que, sin miedo a perder un sueldo de 4.000 dólares a la semana y fiel a sus principios, se negó a delatar a ningún actor, guionista o director sospechoso de ser comunista. El delito que el senador McCarthy persiguió entre 1947 y 1956 desencadenando un vergonzoso proceso de denuncias, interrogatorios, juicios irregulares y listas negras. Un episodio aleccionador de cómo el extremismo del poder, con el apoyo de cierta prensa amarillista (Hedda Hopper señalando sin piedad desde su columna a los inculpados o a los que les daban trabajo) y el de la masa manipulada, puede destrozar carreras profesionales y vidas como la de Carl Foreman, el guionista de Solo ante el peligro, expulsado de la industria del cine y abandonado por su mujer por negarse a declarar. Una víctima más entre los célebres Diez de Hollywood como Alvah Bessie (guionista de Objetivo Birmania) Albert Maltz (responsable de Flecha rota y La ciudad prohibida) y Dalton Trumbo (autor de Qué bello es vivir, Treinta segundos sobre Tokio o El demonio de las armas), traicionados por compañeros y amigos como Elia Kazan, Edward G. Robinson o Walt Disney quienes eligieron, como años más tarde diría Orson Welles, su piscina antes que su honor.

La odisea del escritor, cuyo abuelo fue uno de los últimos sheriffs de un Oeste que se moría irremisiblemente acosado por las explotaciones petrolíferas y el desarrollo industrial (Gigante de George Stevens), pueden admirarla en la excelente película protagonizada por un perfecto y camaleónico Bryan Craston, por la siempre extraordinariamente atractiva Diane Lane, el inconmensurable John Gooddman –uno de los mejores secundarios del cine- y la siempre shakesperiana Helen Mirren. Cada uno y todos transmiten credibilidad a la sensación humana de no encontrar salida cuando se padece la tragedia de ser perseguidos y vilipendiados por sus ideas, gustos y personalidad. Y también la importancia de luchar contra la adversidad y de ser solidario. Igual que hizo él con sus amigos proscritos a los que les consiguió trabajos. Lo mismo que mi amigo Javier Álvarez que ha unido, junto con Cruz Roja, a Pilates Center y a otros centros de Málaga en un maratón recaudatorio el próximo sábado en favor de los refugiados, con una cuenta corriente en las redes. A él también le gusta Espartaco. La película con la que Kirk Douglas rescató a Trumbo porque encontró, en su talento y en su defensa de la dignidad, el espíritu de su personaje. Su guión llevó a Otto Preminger a contratarle también para Éxodo. Ambos directores hicieron público que su crédito se llamaba Dalton Trumbo, y su maldición se deshizo.

Al cine le pasa hoy lo mismo que a la literatura. La gente prefiere evadirse. Los niños y los jóvenes ya no buscan en los libros ni en las películas un héroe con el que soñarse adultos. Los futbolistas, los ironman de gimnasio y los youtubers han desplazado a los mitos y al pensamiento Los jóvenes son indiferentes ante aquel Espartaco y frente al arquitecto Howard Roark de El Manantial de King Vidor, ejemplo del talento independiente y del valor de los principios contra la mediocridad y las modas del dinero. Actitudes que admirar y en las que mirarse. Personajes que en otra piel real existieron como Dalton Trumbo, conciliador con su drama cuando al recibir en 1970 el Laurel de oro del sindicato de guionistas dijo que en la Caza de Brujas sólo hubo víctimas y, aunque unas sufrieron más que otras, cada una de ellas se vio obligada a decir cosas que no quería decir, a hacer cosas que no quería hacer. No creo que se pueda catalogar igualmente como víctimas a los que continuaron con sus vidas y sus triunfos, y a las que aquellas denuncias a la ruina y al suicido. Menos aún cuando continúa sucediendo. A diario se delata a los otros, al amigo, al compañero, por dinero, por envidia, por política, por un papel inmerecido. La traición nunca deja de besar una mejilla.

Si no conocen la historia de Trumbo descubran su ética y su romanticismo, presentes en sus películas citadas, sin olvidarme de Johnny cogió su fusil ni de Papillon. Lo descubrí muy joven, y le deberé siempre la lección del hombre que se reivindicó como un hombre al que le importa la libertad de lo que hace. La certeza de que Los valientes andan solos.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

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