Columna abierta

Aznar pasa del mea culpa

14.07.2016 | 05:00

El tardío pero exahustivo Informe Chilcot corrobora la falsedad de la causa que motivó la invasión de Irak y la infamia de la tristemente famosa «foto de las Azores» con Blair y Aznar respaldando a Bush, el peor presidente USA de los tiempos modernos. Ni armas de destrucción masiva, ni razón alguna justificatoria de la violencia fundamentalista contra un estado soberano cerrado a las consignas de Washington. El servicio secreto americano conocía de sobra la inexistencia de los motivos de la agresión, que eran reales en otro estado de la región, Irán, contra el que no se atrevieron. Pero el pacto después sellado con los iraníes pudo haberse intentado con los iraquíes si hubiera causa verdadera. No la había, y el escarmiento gestado por Bush no acabó con el derrocamiento de Sadam. La destrucción cambió de signo con la guerra permanente y los cientos de miles de iraquíes caídos en un país arrasado.

Blair ha reconocido el error, aunque sigue opinando que el mundo está mejor sin Sadam. Es el colmo. Basta enumerar las gravísimas consecuencias de la invasión para odiarla. Y entre esas consecuencias está, directa o indirectamente, la vuelta a la la política de bloques que hoy percibimos en los movimientos de la maquinaria de guerra de la alianza atlántica y de la Rusia de Putin. A diferencia de Blair, que ha arruinado definitivamente su imagen, ni el torpe Bush ni su amigo Aznar asumen sus culpas. Seguro que no lo harán.

El famoso «legado» de Aznar ya toca el fondo del descrédito. Por no hablar de los móviles del terrorismo islámico en España, del crecimiento de las «burbujas» que nos dejaron inermes frente a la crisis económica mundial, de la escalada de la corrupción y otros efectos maravillosos, sus apariciones públicas son palos en las ruedas de una derecha necesaria, pero urgida de inaplazables reformas e innovaciones para no recaer en la irrelevancia de los tiempos de Fraga. Sus éxitos circunstanciales no contradicen una dinámica decadente. Y Aznar los propicia tenazmente cuando, además de otros malhumores, se muestra incapaz de asumir que fue penosamente engañado por un zote político llamado Bush.

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