Tribuna

El abrazo de Erdogan a Putin

27.08.2016 | 05:00

Durante su reunión en San Petersburgo, Turquía y Rusia, Recep Tayyip Erdogan y Vladimir Putin, escenificaron su emergencia como dos activos jugadores –de varias barajas– en la partida regional y mundial. Sobre todo el despechado presidente turco, que aprovechó la cumbre para desquitarse frente a Occidente con el único «querido amigo» que le tendió la mano la noche del fallido golpe de Estado. Erdogan utilizó a la perfección el encuentro para reforzar un ya de por sí granítico liderazgo interior y presentarse ante el mundo como un dirigente audaz.

Para entender este inicio de giro hacia la órbita rusa, en el marco del deterioro de las relaciones de Turquía con Occidente a raíz de la asonada, hay que bucear en los últimos años de Erdogan como primer ministro y presidente de Turquía.

Erdogan asumió como premier en 2002 con una agenda conservadora, arraigada en el islamismo político y con la necesidad de sacar a Turquía de la crisis económica en la que estaba sumida. Poco a poco logró debilitar a los sectores liberales del ejército, su principal oposición en el complejo equilibrio de fuerzas de la república turca, y minar a los cuadros progresistas de la administración y la judicatura. Con el horizonte cada vez más despejado y con el aval de su política económica, en 2005 comenzó a negociar la adhesión a la Unión Europea.

En 2011 ganó sus terceras elecciones legislativas y, gracias a la experiencia de las fracasadas primaveras árabes, cuando arrancaron las protestas de la plaza Taksim en 2013, decidió aprovechar el capital político acumulado –mano dura mediante– para presentarse a las elecciones a la jefatura del Estado. Un cargo vacío de contenido ejecutivo al que Erdogan pretendía dotar de amplios poderes mediante una reforma constitucional que convirtiera a Turquía en una república presidencialista.

El líder islamista ganó con holgura en 2014 las primeras presidenciales de la historia turca, pero, en las legislativas de junio de 2015, su partido (AKP) no sólo no logró la amplia mayoría precisa para reformar la Constitución sino que quedó en minoría. Erdogan maniobró contra la oposición, que había unido a socialistas, kemalistas (seguidores de la doctrina republicana de Atatürk, el fundador de la Turquía moderna) y kurdos. En estos últimos encontró el chivo expiatorio para lograr la repetición de los comicios, en noviembre de 2015, acusando a la coalición opositora de colaborar con los separatistas, a quienes ya bombardeaba aprovechando la herida abierta en Siria.

En la repetición de las elecciones, el primer ministro, Ahmed Davutoglu, su candidato, recuperó la mayoría necesaria para gobernar y convertirse en el brazo ejecutor de un Erdogan que en los últimos cinco años ha añadido un nuevo ingrediente a su conservadurismo islamista: el «neootomanismo». Esto es, tratar de recuperar influencia en el espacio que una vez ocupó el imperio. Bien basándose en el liderazgo económico, bien erigiéndose como voz religiosa aunque para ello hubiese de molestar a un antiguo aliado como Israel al enviar en 2010 una flotilla a Gaza.

Mientras eso sucedía en el interior, a su alrededor los tiempos se aceleraban. Una guerra de Irak irresoluta, Siria recién desangrándose y la aparición del Estado Islámico como ejército regular y autoridad religiosa, recrudecieron el secular conflicto en el Kurdistán. A su vez, Turquía jugaba su papel como miembro de la OTAN en su razón de ser primigenia: ser parapeto de una Rusia que, en 2014, se acababa de enfrascar en Ucrania con la anexión de Crimea pero con la que Erdogan mantenía, en paralelo, relaciones privilegiadas. La agencia nuclear Rosatom provee la inteligencia para la construcción de la primera central nuclear turca y ambos países planean un gaseoducto que cruce el mar Negro, un mar que más de cuatro millones de rusos sobrevuelan para veranear en la costa Esmeralda turca cada año.

Sin embargo, el derribo de un cazabombardero por artillería turca el pasado noviembre en el marco de las operaciones en Siria abrió un tenso paréntesis y enfrió a Moscú, que contemporizó ante un Erdogan arrogante en público, pero que canceló los bombardeos que le había encomendado la coalición internacional que combate en Siria tanto a los yihadistas como a Bachar al Asad, que tiene en Rusia e Irán sus principales apoyos. Putin pidió explicaciones y aguardó.

Entre tanto, Turquía le buscaba las cosquillas a la UE dejando salir hacia las islas griegas a cientos de miles de refugiados que inundaron el continente en su camino hacia Alemania y el norte de Europa. La oleada puso contra las cuerdas a la Unión hasta que, en febrero pasado, se firmó un pacto por el que Ankara se comprometía a cerrar el grifo de los refugiados a cambio de dinero y de una aceleración de las negociaciones para el ingreso turco en la UE. Sin embargo, la animadversión frente a Turquía de varias capitales europeas (con París a la cabeza) y la intensificación de la deriva autoritaria de Erdogan dejaron pronto el diálogo en punto muerto.

Así se llega a la noche del fallido golpe del 15 de julio que dejó 290 muertos y miles de heridos. Desde entonces, Erdogan no ha hecho sino acelerar con inusitada rapidez las etapas que venía quemando estos últimos años. La purga tras la intentona alcanza a 60.000 policías, funcionarios de todas las ramas de la administración y soldados. También a 2.800 jueces y 1.500 decanos de universidad. En las primeras horas, más de 100 militares de alta graduación fueron detenidos, descabezando así a la cúpula del Ejército. Asimismo, el presidente turco ha afirmado que no le temblará la mano si tiene que detener a 200.000 funcionarios para acabar con la organización de su otrora aliado, el clérigo exiliado en EEUU, Fetuhllah Gülen, a quien hace responsable de la asonada en unión de un Occidente al que acusa de no haberle apoyado tras el golpe y de ser «soporte de los terroristas». Con unos Estados Unidos muy reticentes a conceder la extradición de Gülen que les exige Turquía, el camino hacia los brazos de Rusia volvía a estar abierto.

Y Putin aguardaba. No iba a dejar pasar la oportunidad. La noche de la asonada, mientras los cazas volaban sobre Ankara y los tanques cruzaban el Bósforo, el presidente ruso vio como una ventana se abría. Mientras los gobiernos europeos y estadounidense se inhibían, el antiguo espía de la KGB fue el primero en confirmar su apoyo al gobierno electo de Turquía, ganándose para sí a un, hasta ahora y al menos nominalmente, aliado de Occidente.

El presidente ruso vivió en San Petersburgo, ya de vuelta de su servicio en la RDA, el golpe de Estado contra Gorbachov del que este agosto se cumplen 25 años y que precipitó el colapso de la URSS. Antes, de la experiencia de la reunificación alemana extrajo la conclusión de que Rusia iba a quedar aislada en el nuevo reparto de papeles en el tiempo posterior a la Guerra Fría. Hungría, Polonia y la República Checa se adhirieron a la OTAN en 1999 y las repúblicas bálticas lo hicieron en 2004, reafirmando a Putin en su temor. Además, a los ojos de Rusia, la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia, Rumanía y la propia Turquía se ha visto como una amenaza más que como un despliegue defensivo ante Irán, tal y como estaba diseñado. De tal manera que, durante la presidencia de Obama, éste ha sido uno de los puntos de fricción más ásperos de Washington con Moscú.

Desde que sucedió a Yeltsin, todos los pasos de Putin han ido encaminados a recuperar el control sobre lo que fue la esfera de influencia de la Unión Soviética. A este designio responden tanto su actividad en Ucrania ante la UE como su apoyo a Bachar al Asad en Siria, donde Rusia tiene una base naval mediterránea, sin olvidar la búsqueda de una salida al Índico desde Asia Central o los conflictos en el Cáucaso. La pieza de Turquía era la que le faltaba en el Mediterráneo.

La historiadora canadiense Margaret McMillan eligió aquella cita de Mark Twain que decía que «la historia no se repite, pero a veces rima» para subtitular el ensayo Lecciones de la Gran Guerra, en el que comparaba el mundo que se precipitó a la catástrofe de 1914 con el de hoy. En el ensayo alertaba de los peligros de una Europa nacionalista y ensimismada, como la de entonces, y la contraponía a la cooperación que había supuesto el Concierto de las Naciones durante el siglo XIX.

Dos años después de escribir aquel texto, en el Reino Unido ha triunfado el brexit y por toda Centroeuropa surgen partidos ultras y escépticos con la integración comunitaria. Alemania juega en su patio trasero que es el delantero de Rusia y, todo ello, ante la vacilante acción frente al Estado Islámico de unos EEUU receloso de verse envueltos en otra costosa guerra. El retraimiento es palpable. Por si fuera poco, ahora, en la frontera oriental de Europa se desperezan dos nacionalismos presidencialistas con ínfulas de lo que fueron: Imperios. La historia no se repite pero a veces rima, y Erdogan y Putin estaban condenados a entenderse.

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