Crónicas galantes

La corrupción de Robin Hood

18.09.2016 | 05:00

Con la ya expresidenta de Brasil Dilma Rousseff y su antecesor en el cargo Lula da Silva podría haberse inaugurado la figura del corrupto que ejerce de Robin Hood. El mito del bandolero generoso que roba a los ricos para dárselo a los pobres lo asumiría modernamente el partido deshonesto que dedica parte del dinero sustraído a las arcas públicas para comprar apoyos a su política social. Una especie de arquero de Sherwood en versión golfa y socializadora, por así decirlo.

A Rousseff acaba de destituirla el Senado de su país por una razón más bien pintoresca: la de haber maquillado el déficit presupuestario de Brasil. Nadie ignora, sin embargo, que el motivo de fondo fue en realidad la corrupción que pringaba a casi todo su partido –el de los Trabajadores– al cabo de trece años de gobierno.

Que esa corrupción afectase también a dos terceras partes del Parlamento, sin distinción de ideologías, es asunto que ya no llama la atención en Latinoamérica ni aun aquí, en la España que alumbró tantas repúblicas con o sin banana al otro lado del Atlántico. Tampoco sorprende de modo especial que a la exguerrillera izquierdista Rousseff la haya relevado en el cargo un político de derechas como Michel Temer, que hasta hace nada era su vicepresidente.

De estas complejidades de la política brasileira da cuenta el analista Alexander Sehmer en Open Democracy. Sostiene Sehmer que los votos comprados por Lula con los fondos de la corrupción enmascaran lo que él llama «una verdad incómoda». La de que ese dinero mal habido permitió al archicorrupto Partido de los Trabajadores ejecutar un programa de educación, salud y redistribución de ingresos que habría sacado de la pobreza extrema a treinta millones de brasileños. Dicho de otra manera, el partido de Lula y Rousseff habría sido una especie de Robin Hood, sin más que sustituir el robo a los ricos por el del petróleo del Estado. La fórmula consistía en desviar dinero de empresas públicas para la compra de votos de los parlamentarios de otros partidos, que a cambio de la mordida (allí llamada «mensalao») apoyaban las medidas socialdemócratas del Gobierno de Lula.

Para que esto no suene demasiado a cuento de Heidi, conviene subrayar que tanto el bandido generoso como el corrupto socializador suelen quedarse para su bolsillo con una parte sustanciosa del botín.

Lo hacía el original Robin de los Bosques y se conoce que lo han hecho también los numerosos dirigentes del Partido de los Trabajadores a quienes la Justicia impuso fuertes condenas por distraer dinero del contribuyente. Entre ellos, como es lógico, un tesorero del partido y un empresario que pasó de apellidarse Valerio a ser popularmente conocido como «Valerioducto», por su habilidad para trasvasar el dinero de las empresas públicas al bolsillo de los sobornados.

Nada de esto se contradice con el hecho de que Brasil, bajo el gobierno del corrupto partido de Lula, creciese a ritmos anuales del 7 por ciento, saldase sus deudas con el FMI y pasara de importador a exportador de alimentos. O que, como resultado de todo ello, millones de brasileiros pobres accediesen al estatus de clase media.

El propio Lula, que abandonó el cargo con un insólito 87 por ciento de popularidad, ha anunciado ya su propósito de concurrir a las elecciones presidenciales del año 2018. Igual está reinventando el mito de Robin Hood en clave de política actual.

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