Tribuna

La enfermedad europea

23.09.2016 | 01:36

Europa no es solamente un problema económico / sociológico, como se nos pretende vender. Cuando se fundó la Unión Europea, sobre la conciencia socialdemócrata y democristiana (urge recordarlo), se pretendía la creación de un «espacio continental» sólidamente basado en los principios cristianos y no menos nacidos en la Ilustración. Ya entonces, tras muchas conversaciones entre líderes que acumulaban horas de pensamiento serio y asumido, no solamente pragmatismo inmediatista ya entonces, aparecieron las inevitables amenazas del capital como gendarmes de aquella nueva ilusión que a tantos iluminó de cara al futuro. Y no en vano, con rapidez, dejamos de hablar de esa «Europa conceptual» para entregarnos a una «Europa del mercado común». Hace ocho años, cuando los grandes bancos norteamericanos se llevaron por delante tantas cosas, entre ellas la confianza de sus inversores de barras y estrellas, también aquel desastre repercutió en una Europa que se mostraba satisfecha de sí misma y para nada analizaba su desmesurado crecimiento. Y así nos encontramos, con el brexit como signo y seña no solamente británico sino también compartido por muchos grupos continentales de talante ultranacionalista, que golpean en los procesos electorales de casi todos los miembros de la citada Unión.

Así nos van las cosas, y España es un caso más del conjunto, si bien el fenómeno de la corrupción aumenta de forma escandalosa la situación. Nos creímos europeos, nos apoyamos en los dineros europeos, nos crecimos como país europeo pero fuimos desgraciadas víctimas de una conciencia precaria, de unos responsables venales y de una avaricia típica de nuevos ricos tras aquella larga marginación histórica. Nunca hemos sabido asumir el auténtico ser europeo. El oro gastado en batallas inútiles. Los conceptos aislados del provenir. El clasismo impuesto como estigma histórico. Y, repito, cuando conseguimos incorporarnos al sueño unitario continental, no supimos estar a la altura y preparamos un derrumbamiento que se llama paro, deuda, desprotección, y para colmo un tremendo ninguneo en los ámbitos internacionales. Que suceda lo que está sucediéndonos, para nada es una sorpresa intelectual aunque puede que sí histórica.

Los días de vino y rosas han desaparecido y florecen los grupos antisistema por razones de puro sentido común. Si pretendemos «escuchar el latido del pueblo», puede que ese pueblo nos regale arritmias que nos quiten el sueño de los injustos. Una delicia mientras sobran turistas pero Cáritas y muchas otras instituciones luchan contra la pobreza enquistada. Ya ven.

La enfermedad europea para nada es economicista, ni financiera, como tampoco tienen la culpa quienes se quejan mañana y tarde, y cada día se quejarán más. La enfermedad europea es sencillamente «axiológica», de valores ahora ya olvidados, de desesperanza que roza nuestro ADN continental, de impotencia para conjugar «crecimiento con humanismo cristiano», e insisto en lo de cristiano porque es fundamental en la Europa de la Reforma y de la Contrareforma. Pero de todas estas realidades hemos convenido ni hablar a estas alturas. La razón es sencilla: una tecnología omnipotente y omnipresente ha decidido arramblar con el hecho del pensamiento conceptual, que conlleva el exterminio de la lectura más sustanciosa y el imperio del low cost, síntoma de una sociedad en liquidación.

La precariedad de tantos se ha convertido en moda comercial. Axiología en derribo y pasarelas de moda para unos pocos que, por el contrario, tienen mucho más de cuanto necesitan. El fin de los valores sólidos. Una Europa vaciada porque los europeos, y los españoles con ellos y todavía más, hemos decidido entregarnos a la frivolidad conceptual e intelectual, echando por la borda lo mejor que teníamos: criterios para la neoconstrucción continental.
La inmigración como síntoma y como desafío. Merkel en el límite, tras ser la única en mostrar un talante algo humano ante los refugiados. Nadie escribe como Mann, ni como Steinbeck, pero tampoco como Martín Santos. La música es un desvarío, reino de los pinchadiscos. Pequeñas editoriales nos mantienen alerta aunque no sean gran negocio. Algunas personas se reúnen para rezar, que ya es decir. Y mucha clase media, tan golpeada, ayuda a quienes menos tienen sin que los poderosos reaccionen. Claro está que la vida sigue. Europa mientras tanto anda a la búsqueda de valores, de conceptos, de pensamiento sólido, más allá de correos, mensajes, palabras casi siempre vanas. Y España también.

Que en esta situación, casi el único que pronuncia palabras de «autenticidad histórica» sea el sucesor de Pedro, es todo un síntoma. Y sus palabras decimos que son estupendas, pero para nada las convertimos en praxis. Los europeos tenemos pánico a recuperar principios básicos aquellos que nos convirtieron en lo que fuimos y hemos dejado de ser. O reaccionamos o ese Oriente tan dulce acabará por sustituirnos.
Por cierto, ¿recuerdan a Cameron?

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